Cap.08: El enano de la Telefónica y el nuevo descubrimiento del profesor Lindsacar
Capítulo 8: De cómo conocí al enano saboteador a sueldo de Telefonica
Enano saboteador
Cuando llegué a casa me encontré con la más que
desagradable sorpresa de que al desorden en que la había dejado
cuando salí, se superponía otro desorden más visceral, metódico y
malintencionado. Aquello estaba que daba pena verlo, todo tirado a
mala leche por los suelos, los cajones volcados, los armarios
desalojados con furia. En fin, un auténtico desastre. A mí no es
que me asuste el desorden, convivo con él con naturalidad,
coexistimos pacíficamente, él no se mete conmigo y yo no me meto
con él. Pero aquello no era desorden, era un derribo, y desde luego
no recordaba haber sido yo el causante de ello. Se me vinieron a la
cabeza las palabras del profesor Lindsacar previniéndome contra la
Gestapo, pero deseché la idea porque de haber sido la Gestapo habría
cruces gamadas pintadas por las paredes y frases amenazantes como
"Atchung, Juden" y cosas así.
Me puse a recoger un poco las bolas de ropa
desperdigadas por los suelos y a meterlas en los armarios, y cual no
sería mi sorpresa cuando al levantar una montaña de calzones y
calcetines que había tirada en el dormitorio, aparece debajo un tío
extraño, enano por más señas, con sombrero de gangster y cara de
malas intenciones, que sin más preámbulos me encañonó con un
pistolón a lo Jarry el cerdo, apuntándome directamente a las
pelotas, con perdón.
-¡No te muevas amiguito si quieres conservar tus
tristes atributos colgantes en su sitio habitual!- me dijo con voz de
pito que poco encajaba en el papel de gangster que había asumido.
-Vale, no me muevo, pero no me parece de recibo que
desprecie usted de esa gratuita manera mis preciadas pertenencias de
las que estoy medianamente satisfecho- le contesté con la verborrea
incontrolable que me posee cuando me ofenden sin motivo suficiente.
-¡Sharap!- gritó teatralmente- En esta peli manda el
menda que para eso tengo la Magnum, ¿Capichi?
Por como hablaba estaba claro que el tío además de
enano esta algo tocado de la olla, así que intenté hacerme con la
situación, es decir, con el pistolón, usando mucha mano izquierda,
antes de que se le fuera la olla del todo y se liara a tiros.
-Muy bien, pues hecha esta necesaria aclaración que
nos pone a cada uno en nuestro lugar, pasemos al segundo punto del
orden del día.- dijo arrugando intencionadamente un poco el labio
superior como el Janfri para mostrarme un diente de oro más falso
que Judas, que incluso me pareció que era una funda hecha de
plástico dorado como los gatos chinos de la suerte, esos que mueven
la mano sin parar.
-¡Joder cuanto formalismo!- le dije
-Es que las cosas bien hechas bien parecen, caballero-
contestó cogiendo con la mano libre un vaso que tenía sobre la
mesilla de noche en el que se había servido el culín de Bayleys
reseco que debía quedar en alguna botella olvidada debajo de mi
cama.
-Por cierto- dijo- me he permitido rebuscar algo de
beber mientras le esperaba, pero solo he encontrado esta mierda que
no había dios que la hiciera salir de la botella.
-Si, ya veo que el señor se ha tomado algunas
libertades.
-Bueno, privilegios del cargo.
-Por cierto, ¿Cual es ese cargo que le autoriza a
usted a entrar en mi casa y hacerme este desaguisado?
-¡Hombre! No me está permitido dar ese tipo de
información, pero como me ha caído usted bien voy a decírselo,
trabajo para la Telefónica.
-¿La Telefónica? ¡No me joda! ¿Esto es por lo de
los recibos impagados?
Al enano aquello le hizo gracia y su cara se descompuso
en una mueca horrible que dejaba expedita la visión de sus
espantosos dientes carcomidos. Era una sonrisa.
-Veo que se lo toma usted con sentido del humor y eso me
agrada porque así las cosas serán más fáciles. Mire, solamente
quiero que me diga la clave de acceso de su pedeá y me voy por donde
he venido.
-¿Pero de qué me habla usted, qué coño es una pedeá?
-¡Vaya hombre, y yo que creía que éramos amigos! La
vida está llena de desilusiones, ¿verdad? -dijo mientras acariciaba
con lascivia el cañón de su enorme pistola.
A mí ya me estaba tocando los cojones aquel enano
cabezón y cuando alguien me toca los cojones me sube un come come
hasta la coronilla que me ciega y me pongo de una mala leche difícil
de controlar.
-Mire usted, enano de mierda- le dije- no me venga con
gilipolleces y si quiere algo usted hable claro. ¿Qué coño es eso
de que trabaja usted para la Telefónica? ¿Desde cuándo los
empleados de la Telefónica van armados de esta manera y se comportan
como usted lo hace? Además no lleva usted identificación ninguna
que acredite ser empleado de Telefónica.
-No llevo identificación porque estoy en un
departamento especial de alto secreto de lucha contra el espionaje
industrial.
-Bueno, vale, vale, pero ¿Y yo qué coño tengo que ver
en todo eso del espionaje industrial si puede saberse?
-¡Eh, eh, que las preguntas las hago yo! ¿Vale? Tu
estás con el sabio húngaro ése que quiere jodernos con la
telepatía.
-¿Qué?
-Sí, no te hagas el tonto, lo sabemos todo. Sólo
quiero la clave de la pedeá y me abro.
-Pero, dale con la pedeá, pero que yo no tengo nada de
eso.
-¿Entonces esto qué es?- Dijo sacando la libreta roja
de un bolsillo con cara de abogado de película americana acorralando
a un testigo mentiroso con una prueba inesperada en el último
momento.
-¡Coño, la libreta!- Exclamé, y fue verla y, oye, sin
pensarlo se me fue la mano y se la quité de un viaje. Él se quedó
pasmao mirándome a mí y mirando la pistola alternativamente como
pensando: ¡Joder!, ¿y para esto tengo yo una pistola tan cojonuda?
Y antes de que reaccionara le metí un par de yoyas que le dejaron
las orejas temblando y por añadidura la pistola le salió disparada
de las manos y se estrelló contra la pared destrozando el cristal de
un horroroso cuadro que colgaba en medio en el que se veían unos
caballos azules cruzando un lago a la luz de la luna, momento de
estrépito y confusión que aprovechó dicho instrumento para soltar
por su propia cuenta un exabrupto del nueve largo que a poco no me
confecciona un túnel de oreja a oreja. El enano se abalanzó a coger
el instrumento de poder pero antes de que llegara le hice una chilena
y lo lanzé todo arrebuñao como un balón de reglamento deshinchado
contra la estantería, lo que provocó el lógico derrumbarse de los
miles de objetos de mi colección de chorradas diversas con el
consiguiente estrépito mientras cada uno de ellos botaba, rebotaba y
se desmenuzaba siguiendo sus propios impulsos. Aproveché la
confusión reinante para hacerme con el arma y encañonarle ahora yo
a él.
-¡Muy bien, enano de mierda, veremos quien manda ahora!
-¡No, por favor, no me mates!-Y el tipo se puso a
llorar, sin dignidad ninguna, como una Magdalena.
-¡Pero tío, no te pongas así, joder, que no te voy a
matar! Sólo quiero que me digas qué coño está pasando, qué es
toda esa leche de la Telefónica, la telepatía y esas zarandajas.
-¡Pero si ya te lo he dicho! Trabajo para la Telefónica
en el departamento para la prevención del espionaje industrial, y me
han encargado controlar los progresos en las investigaciones del
sabio húngaro amigo suyo.
-¡Y a vosotros qué carajo os importa lo que investigue
el tío ése!
-¡Nos ha jodío! La telepatía sería el fin del
negocio de los móviles.
-¡No puedo creerlo! ¡Serán hijos de puta!
-Pues todas las multinacionales de las
telecomunicaciones hacen lo mismo, no te vayas tu a creer. Han
formado una especie de asociación secreta para abortar los avances
en ese campo.
-Bueno, todo eso está muy bien, ¿pero tú si eres de
los malos por qué coño me lo cuentas?
-¡Joder, porque tienes la puta pistola! ¡Si no de qué!
-¡Ah, claro, lo había olvidado! Bueno, de todas formas
pincháis en hueso, porque el sabio ese ya no investiga nada que
tenga que ver con la telepatía, al parecer le salían mal todos los
experimentos y lo dejó.
El enano sonrió y dijo:
-No, si ya sé que se le jodían todos los
experimentos,¿Quien coño te crees tú que se encargaba de
jodérselos?
-No me lo digas, déjame adivinar. ¿No sería por
casualidad un enano cabezón tirando a hijo la gran puta, a sueldo
del capital multinacional frío y deshumanizado, verdad?
-¡Oye, sin ofender! ¿No has oído hablar del convenio
internacional de Ginebra sobre prisioneros de guerra?
-¿Pero de qué coño hablas?
-Pues de qué va a ser, de que yo soy tu prisionero y me
debes dar un trato respetuoso de acuerdo con mi rango.
-¿Pero tu estás de la olla? ¿De qué rango me hablas?
-Soy el encargado de sección, con funciones delegadas
de inspector de zona en ausencia del titular, con más antigüedad de
mi departamento. Se me debe un respeto.
-Bueno mira, ábrete de aquí pero ya, que me estás
poniendo de los nervios con tanta gilipollez.
El tío se levantó y muy dignamente sacudió con las
manos su chaqueta, de un espeluznante color verde moco por cierto, de
las muchísimas pelusas que se le habían pegado en el revolcón por
los suelos de mi casa, que tengo que reconocer que no estaba muy
limpia precisamente.
-Vale, me voy, pero si no te importa ¿Serías tan
amable de devolverme mi herramienta de trabajo?
-¿El qué, esto?- Le pregunté señalando la pistola-
¿Pero tú te crees que soy idiota? Además, ¿Para qué la quieres?
¿No me dirás que vas por ahí matando personal, verdad?
-¡No hombre, tampoco es eso! Pero date cuenta que
papelón el mío si vuelvo sin ella. ¡Vamos, me busco la ruina! Me
meten un paquete que pa qué, un puro de la hostia, hasta incluso
pueden trasladarme a oficinas y hacerme fichar y todo eso.
Aquello de que lo metieran en una oficina me dio tal
angustia que me solidaricé con él, cosas de la empatía que la
tengo por las nubes por no tratármela y así me va, así que le
devolví la Magnum, pero antes quise quitarle las balas como en las
pelis. Con una sola mano hice un rápido movimiento para hacer hacer
salir el tambor y vaciarlo, pero de poco lo que hago salir son mis
propios piños del guarrazo que me metí en toda la cara con el
cañón.
-¡Quillo, que te vas a desgraciar!- Me dijo el muy hijo
puta burlándose de mi torpeza. - Trae para acá, déjale estas cosas
a los profesionales.
Le pasé el arma, pero finalmente no creas que la
tarea de sacar las balas fue sencilla, era más jodida de lo
esperado, había que extraerlas una por una con las uñas. Una de las
vainas estaba hueca y caliente.
-¡Fíjate lo que ha podido pasar! -Le dije
enseñándosela-¿Te das cuenta?
-No, si ya.-contestó- Por eso yo suelo llevarla
descargada, pero me habían dicho que eras muy peligroso.
Aquello de que alguien me considerara peligroso elevó
mi autoestima, lo cual le agradecía pues la tenía bajo mínimos.
Por fin el enano se esfumó. Le oí bajar las escaleras
y ser perseguido por el perro de la del segundo, un auténtico coñazo
que se pasa prácticamente todo el día en el rellano, el cual tiene
marcao y requetemarcao con orines en las esquinas, y que,
invariablemente, te corre a ladridos un par de tramos de escalera
intentando pillarte las pantorrillas de un bocao. Pero el enano no se
quedaba a la zaga en escandalizar y con su voz de pito de mala
persona profería insultos blasfémicos a cual más terrorífico,
siendo el menor de ellos suficiente causa para la condenación eterna
de su alma, de haberla tenido, y de cien almas más que tuviera. No
me atrevo a plasmarlos en lenguaje escrito por temor a que los
esbirros de la inquisición en las sombras decidan hacer en mis
carnes un ejemplar escarmiento de esos que acostumbran, porque no sé
si los de la Gestapo aún pululan por ahí dando por culo como dice
el Lindsacar, pero los de la Inquisición tengo oído que sí.
Cuando cesaron ladridos y maldiciones me quedé a solas
con mis cavilaciones. Ya me estaba jodiendo todo aquel asunto por el
cual había cobrado treinta y pico miserables euros, una licuadora
Moulinex, un magnetoscopio Betamax y una colección de cintas
guarras que la que no se pillaba y se enredaba por las tripas del
vídeo que luego costaba dios y ayuda poderlas sacar, le vibraba la
imagen de tal forma que te dejabas los ojos intentando vislumbrar el
origen de los persistentes y rítmicos gemidos que emitía. Incluso
algunas estaban grabadas del Canal Plus sin decodificador.
Sonó el teléfono. Era el profesor Lindsacar. Intenté
contarle lo del enano y todo eso, pero no me escuchaba, estaba que se
salía de emocionado con sus descubrimientos. Me dijo que había
encontrado en antiguas crónicas históricas algunas referencias al
tal Alexander. Que estaba reuniendo un dosier cojonudo bajándose
documentos por internet de los archivos de las academias de historia
y que me necesitaba para intentar localizar el paradero actual del
sarcófago de la inmortalidad, del cual también había referencia en
algunos tratados de arqueología. Le dije, muy en mi papel, de
pagarme algo más en cash y tal y me contestó con voz grave:
-Señor Járrison, nosotros estamos ante
acontecimientos que van a cambiar la historia del ser humano y usted
me habla del vil metal. Lo que tenemos por delante es el secreto de
la vida eterna, amigo.¡No me hable de dinero! Pero si, no obstante,
es dinero lo que quiere, hágase cuenta del valor incalculable que
puede tener la inmortalidad. Si encontramos el sarcófago seremos los
hombres más ricos del universo.
Y tenía más razón que un santo, imagínate cuanto
pagaría el personal por ser inmortal, por vivir diez, veinte,
treinta, cien años más. La verdad es que no lo había pensado, pero
teníamos entre manos un rollete de los que te dan cagalera sólo de
imaginarlo.
Así que ni le conté lo del enano, que ante tales
perspectivas me parecía una chorrada, y quedé con él en que me
llamaría cuando averiguara donde podía estar ahora el sarcófago
ése de la inmortalidad.
Cuando colgó me di cuenta de que se me había olvidado
decirle que había recuperado la libreta que estaba en el sumario y
que me había desaparecido. Como mi teléfono no funcionaba para
llamar, decidí llamarle al día siguiente desde alguna cabina para
decírselo y quedar con él para pasársela, pues quizá él supiera
como encontrar en esa libreta hubiera algún dato para localizar el
sarcófago, y como había dormido mal y poco me quedé frito del
tirón en la piltra, mientras echaba cuentas de a cuánto habría que
cobrar el año de inmortalidad y de qué haría con tanta pasta. Soñé
con una fila de sarcófagos con contadores de años en los que, como
sesiones de rayos uva, el personal recibía sesiones de vida eterna a
tanto la sesión. Yo, con un uniforme de acomodador de circo ubicaba
por turno a la gente en los sarcófagos que iban quedando vacíos
metiendo la tarjeta de crédito de los clientes en una bacaladera
electrónica que tenía cada sarcófago para el pago de los años de
vida extra que se le iban a suministrar. Había una cola que te
cagas. En una pantalla salía a tiempo real un diagrama de barras en
el que se veía el monto total del saldo de mi cuenta corriente, el
cual crecía y crecía incansable hasta tal punto que la pantalla
empezaba a vibrar y a echar humo. Yo, desesperado, tocaba botones en
el teclado de un ordenador gigante intentando controlar el cataclismo
que se veía venir, pero era inútil, así que echaba a correr
gritando "¡Sálvese el que pueda!" Y una terrible
explosión lo mandaba todo a tomar por el culo. Yo corría a cámara
lenta y los trozos de sarcófago y de cliente descuartizado me
adelantaban volando y girando como el hueso que tira el mono de 2001.
Y yo pensaba: ¡Joder, joder, joder! ¡La que se ha liao, macho!
Me desperté envuelto en sudores fríos y sábanas
sucias. Era media tarde. El timbre de la puerta estaba sonando con
saña. Abrí envuelto en una colcha en la que salía un tigre de
bengala saltando y unas palmeras al fondo. Era mi vecina que me
pasaba una bandeja de cocretas, una mujer muy considerada y amable
que de cuando en cuando tenía estos detallazos. Como me veía así
como un poco desamparado y tal pues eso. Yo no discuto como se dice,
si croquetas o cocretas, pero las que hace mi vecina son cocretas,
porque las hace ella y dice que se llaman así. Habrá otra gente que
coma croquetas. Yo creo que son dos cosas distintas. Por lo que sé,
las cocretas chorrean aceite frito hasta por el carnet de identidad y
están cojonudas, llenas de tropezones de pollo y algún que otro
huesillo, y la croquetas vienen congeladas en una bolsa y son de
engrudo puro y duro.
-¡Pero mujer, no tenía que haberse molestado!
-Si no es molestia, hombre. Ya que me pongo lo mismo me
da hacer sinco que sincuenta- Absurdo argumento que yo no rebatía
por el interés que me iba en ello, y que podría tener sentido
hablando del cocido o las lentejas, pero para nada en el tema de las
cocretas que hay que hacerlas una por una.
-¡Claro, claro! Pues me vienen que ni pintadas, porque
tengo un hambre que no veo y la nevera la tengo, pa qué negarlo, un
poco dejada de la mano de Dios.
Lo que yo, alma cándida, no sabía es que nada se da
que no conlleve contraprestación a cambio, "do ut des" que
decían los juristas romanos, sabios ellos. Así pues, como supe a su
tiempo, mi vecina esperaba el momento adecuado para cobrarse con mis
carnes todas las cocretas que me había zampado. Al fin y al cabo la
viudedad es larga y las hambres, de toda índole, están hechas para
ser saciadas, que si no sólo de pan vive el hombre la mujer no le
queda a la zaga.
Me
tiré ante la tele y me cepillé toda la bandeja casi sin parar a
respirar. Con el estómago lleno las cosas se ven como con más
optimismo.

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