Cap.06 El laboratorio
Capítulo 6: De las vicisitudes para encontrar al profesor y de la visita a su laboratorio.
Había quedado con
el sabio en un bareto de tres al cuarto cercano al puente de
vallecas. Todo muy misterioso, muy de espías y tal. Me planté allí
con el legajo de papeles desencuadrados en que había quedado
convertido el sumario del infortunado Alexander y dispuesto a darle
mi veredicto sobre el resultado de las averiguaciones, que por
teléfono no quiso que le dijera por temor al espionaje industrial al
que decía estar siendo sometido. Mientras le esperaba en aquel bar
de poca monta pensé en el asunto, a veces pienso, no por nada, sino
por matar el rato y tal, y decidí que no le iba a dar mis
conclusiones, que llevaba escritas en un cacho de papel, si no
aflojaba la mosca. De acuerdo que el incidente del talón en blanco
había mermado mi capacidad de exigir pasta, pero con la solución
del asunto en mis manos me sentía moralmente respaldado para pasar
la minuta. Estaba dándole vueltas al tema de la cuantía que iba a
pedirle por mis servicios, cuestión nada fácil de resolver, pues
entre lo que me gustaría cobrar y lo que creía que estaría
dispuesto mi cliente a pagar sospechaba que habría discrepancias
irreconciliables de esas que sólo se arreglan a hostias o peor aún,
en los tribunales.
En esas estaba
cuando un tipo narizotas que te cagas, extrañamente ataviado con
unas escandalosas gafas de pega, calzando un sombrero mejicano con la
inscripción "recuerdo de Benidorm" bordada en dorado, un
bigote a lo Pancho Villa y una gabardina roñosa hasta la extenuación
con las lacias solapas a duras penas levantadas, se me plantó al
lado y empezó a hablarme entre dientes, pero como llevaba una
dentadura postiza, que parecía hecha a mano por algún fontanero
manitas, no había dios que le entendiera. Así a primera vista me
pareció un homosexual haciéndome proposiciones deshonestas, a las
que yo, muy amablemente contesté declinando sus ofertas. Pero como
quiera que el tipo insistía cada vez con mayor vehemencia fuime
poniendo nervioso. Además se le acumulaba salibilla en las comisuras
de los labios y salpicaba de cuando en cuando con ella al intentar
pronunciar efes y eses.
-¡Que me deje,
coño!- Le dije contrariado, pero él erre que erre.
-¿Pero quiere
dejarme en paz de una puta vez viejo loco- insistí empujándole un
poco para apartarlo de mí.
Pero el tipo era
inasequible al desaliento y seguía con su letanía entre dientes
venga de lanzarme aerolitos salivares espumosos que, como si de una
nevada madrileña se tratara, aterrizaban aquí y allá en mi persona
y se derretían a los pocos instantes de caer dejando infinidad de
diminutas manchitas de humedad en mi vestimenta propiamente dicha, y
para más inri cada vez se me acercaba más echándome su pestilente
aliento a gato muerto, y aunque yo reculara por la barra hacia el
fondo del establecimiento no me lo quitaba de encima pues me seguía
en mi huida. Finalmente me acorraló contra la pared en la que
terminaba el mostrador. Yo estaba la hostia de nervioso porque quería
ajustar la cantidad a pedirle a mi cliente antes de que llegara y ese
tipo me susurraba cada vez más cerca con su fétido aliento cosas
incomprensibles y me seguía bombardeando con aerolitos espumosos, al
mismo tiempo que me hacía extraños gestos de complicidad con las
cejas.
No me pude
contener más. Le descerrajé un soplamocos en plena cara a mano
abierta que sonó con el clásico plas escandalosamente fuerte y
provocó el vuelo simultáneo de gafas, dientes, narices y bigote, lo
que en un primer momento me llenó de horror, hasta que comprendí
que todos esos adminículos no eran propios del individuo en sí,
sino postizos, pero no te vayas a creer que eran piezas de calidad
como las que se usan en el cine o para espiar, eran en realidad unas
gafas con nariz y bigote y unos dientes de plástico de los que
venden en la plaza Mayor para fin de año, y al dejar al tipo
desprovisto de achiperres pude comprobar que no era otro que el
profesor Lindsacar, el cual, visiblemente traspuesto por el sonoro
guantazo que acababa de recibir se protegía tímidamente con las
manos por si había más hostias perdidas que quisieran
materializarse como tales en su sonrosada cara. Y la verdad es que la
bofetada había sonado tan bien que con gusto hubiera repetido, ahora
ya por el simple placer de sentir de nuevo contra mi mano el tacto de
globo lleno de agua de aquellos carrillos regordetes, pero me
contuve, al fin y al cabo aún tenía esperanzas de cobrar, dinero
quiero decir, aunque después de este incidente esas esperanzas me
iban pareciendo un poco más remotas si cabe.
-¡Hombre, profesor,
si es usted! No lo sabía, usted perdone, lo siento,- le dije
poniendo mi mejor cara de contricción.
-¡Calle, calle! No
diga mi nombre.-Dijo tapándose la cara con el ala del sombrero que
gracias a la goma, por cierto excesivamente apretada bajo su
barbilla, no había volado con el resto del atrezzo.
Le recogí sus
pertenencias que yacían desperdigadas por la poblada geografía del
del infecto suelo de aquel bar, confundiéndose entre colillas,
cáscaras de mejillón, palillos a medio uso y servilletas arrugadas.
Se puso a toda prisa las gafas, de las que colgaban malamente las
enormes narices de plástico con su bigote y todo. Los dientes hube
de arrebatárselos a un perrillo que, atado a la pata de una silla
había decidido matar su aburrimiento o quizá su hambre
masticándolos.
-Espere que se los
lavo-le dije con la sana intención de ir al lavabo a esterilizar
convenientemente aquella dentadura de pega, pero antes de que pudiera
hacerlo me los cogió y se los puso.
-¿Que fife?-me dijo
fefeando salivas con más ímpetu que antes.
-No, nada. Es igual.
Nos sentamos en una
mesa en un rincón recoleto, y como al tío no se le entendía de la
misa la mitá tomé la iniciativa del parloteo para intentar llegar
pronto al tema económico que era el que a mi principalmente me
interesaba tratar.
-Mire, le he
resuelto el enigma. Ha sido difícil y peligroso, pero ya tengo la
solución.
-Ufté me dirá
-Además he tenido
muchos gastos.
-Ya, ya, pero dígame
que ef lo que ha defcubierto, ¿Quien era el muerto?
-Bueno, esa
información le va a costar cien de los grandes.-Me salió así de
corrido, sin pensarlo, claro, de tanto oírlo en las pelis, pues ya
se sabe.
-¡Ah! Mi
comprender. Ufsté no tiene que preocuparfse de la cuefstión
monetaria. Le pagaré lo que ufsté diga.- No sabía si fiarme o no
de aquella promesa. La vida me ha hecho muy cauto en lo referente a
las pelas, y con el tiempo he descubierto que el personal no suelta
prenda en lo tocante a ellas si no es totalmente imprescindible.
-Por lo menos deme
un anticipo en señal de buena voluntad.
-Ef que no no llevo
dinero encima en efte momento.
-¡Vamos, no me
joda! ¡Algo llevará, digo yo!
-No, no, ef verdad,
no llevo nada de pafsta, si ufsted no lo cree mire mifs bolsillos.-Y
en diciendo esto se sacó para afuera los bolsillos de la cochambrosa
gabardina, y al hacerlo cayó al suelo un tabletón de chocolate
fumable tamaño barra libre de macro-fiesta de fin de año en Chauen.
-¡Oh! ¿Que ef
efsto?- dijo extrañado al verlo
-¿Que qué es? ¡Nos
ha jodío! Ná, que se te ha caído la merienda chaval.-Le dije
mientras con el pie me acercaba el toblerone que había ido a
esconderse debajo de la mesa.
-Efo no ef mi
merienda.-insistía el buen hombre.
-Vale, pues si no es
suyo me lo quedo yo en pago por mis servicios y estamos en paz.
-Pero, ¿Qué ef efa
cofa?- Yo no sé si se hacía el tonto o lo era en verdad.
-¡Pues que va a
ser! Un tarugo de costo de los que hacen historia- dije recogiéndolo
al fin con celeridad antes de que lo hiciera el perrillo, el cual,
era evidente que sabía de las virtudes de aquel pastillón de
estarlux porque tiraba como un desesperado de la cuerda para intentar
arrebatarme el tesoro, pero su amo, un viejete dormido con la mente
perdida en el paraíso de las pensiones, estaba sentado en la silla y
el pobre perrillo no tenía fuerzas para arrastrarla. Tanto le
apetecía al pobre animal hincarle el diente al chocolatillo que
gimoteaba relamiéndose, babeaba con gruesos goterones y porfiaba con
desesperación por acercarse rasgeando con sus uñas sobre el innoble
terrazo.
-¿Que le pafa al
perrillo?
-¿Que qué le pasa?
¡Mira, mira como lo busca!- Contesté paseando por delante de los
morros del animalillo la preciada mercancía. El bicho estaba ya
medio estrangulado con la correa, y los gimoteos sonaban como a
silbato estropeado de tren de vapor. Era algo digno de verse, tú.
Tenía los ojos fuera de sus órbitas y todo el pellejo de la cara
tirante, tirante para atrás en una mueca como de enorme sonrisa y le
colgaba una obscena y rollingiana lengua rosa, temblorosa y goteante.
Yo mantenía a pocos centímetros de sus narices el tabletamen
despidiendo inconfundibles aromas morunos, mientras le canturreaba
entre risas: ¡Lo verás pero no lo catarás! Era una bella escena.
El sol entrando por la puerta iluminaba al viejete dormido en la
silla, la correa tensa como la madre que la parió, el perrillo
ligeramente levantadas sus patas delanteras de tanto tirar,
gimoteando silbidos de tren antiguo, y con esa cara, y con esa
lengua... Y en la cúspide de la escena el monolito de 2.001, un
super tabletón que para sí quisieran doscientos hippies para
perderse en una isla desierta. Pero todo equilibrio tiende a romperse
por el punto más débil, y éste no fue otro que la pata de la
silla. Fue visto y no visto, sonó un crac y un barrabúm. El viejo
cayó a plomo gritando incongruencias sobre su pensión. El perrillo
me atenazó con los dientes el tesoro, yo tiré con fuerza, pero él
no soltaba la presa.
-¡Suelta jodío
bicho, que esto no es para ti!- Pero que si quieres arroz Catalina,
el animal gruñía como la niña del exorcista tirando con furia de
la tableta de risas concentradas. Era algo digno de verse aquel
animalillo tan pequeño y tan sabio. Finalmente la tableta se partió
y el bicho salió con su trofeo en la boca corriendo como alma que
lleva el diablo calle arriba arrastrando la correa de la que aún
colgaba la pata de la silla, la cual iba golpeando descontrolada
donde le venía en gana, ora en el escaparate cien veces roto de una
tienda de todo a cien regentada por un chino eternamente sonriente,
ora en la espinilla de un honrado cobrador del frac que a la sazón
andaba por allí buscando a un tal Jeremías Ponce. Yo intenté
correr tras él para recuperar la mercancía, pero al salir del bar
tropecé con el viejete que se revolvía por el suelo como poseído
por alguna extraña convulsión maldiciendo contra el gobierno, y
debí de pisarle sin querer en mala parte a juzgar por los
improperios que me dirigió. Aquel traspiés y mi nula preparación
física para la cosa del ejercicio físico deambulatorio, y sobre
todo el ver como corría la fiera acera arriba alejándose como un
cohete jaleado por el alegre tintineo de la pata la silla golpeando
contra el suelo, y para mayor abundamiento el hecho de que la calle
fuera en exceso empinada, me hicieron comprender que aquella
persecución estaba destinada al fracaso y que de ella no iba a sacar
sino momentos de asfixia en la primera esquina echando la pota. Así
que sabiamente desistí muy a mi pesar por haber perdido aquel regalo
de los dioses. Dios me lo dio, Dios me lo quitó, me dije emulando al
santo Job mientras volvía sobre mis escasos pasos para reunirme con
mi acompañante.
Al volver a entrar
en el bar vi que el profesor había desaparecido. El viejete seguía
maldiciendo mientras el barman estaba curando con el trapo de limpiar
las mesas previamente empapado en ginebra una herida que daba pena
verla que exhibía lastimosamente el cobrador del frac en su pobre
espinilla.
-¡No ha sío ná!
-decía el barman- Verá como con esto se queda como nuevo. El pobre
cobrador del frac aullaba de dolor por la cosa del escozor.
-¡Esa espinilla
está chascá!- decía la quiosquera de al lado apoyada en el quicio
de la puerta, la cual, al olor de la movida se había dejado caer por
allí para husmear y meter baza.-Ha sonao a astillamiento total. Le
van a salir astillas de hueso hasta por la pantorrilla, como a mi
primo, y aluego se le gangrenó y le tuvieron que amputar de rodilla
pabajo.
El pobre cobrador
del frac, hombre pálido por naturaleza y por exigencias del guión,
ya que, al igual que en otros curros te exigen buena presencia en
aquél la exigen mala, estaba poniéndose malísimo, y no me extraña,
los ojos se le iban y se le venían. Finalmente entre unos y otros
consiguieron su propósito y el pobre hombre puso los ojos en blanco
y se desmayó cuan largo era sobre el sucio pavimento.
-Eso metiéndole un
poco pimentón por las narices se le pasa en un periquete- Dijo la
quiosquera con aplomo.
-No señora- la
contestó el viejete- tiene que ser con cayena molida en el ojete.
-¿Pero qué dirá
el cascarrabias este?- Dijo la mujer en tono despreciativo.
-¡Señora,
cascarrabias lo será su señor padre de usted!
Mientras ellos se
lanzaban flores el tabernero se cebaba a bofetadas con el pobre y
honrado cobrador de morosos, no sé si con la intención de
despertarle o con la de vengarse in situ de agravios acumulados en su
larga trayectoria de deudor impenitente. Sea como fuere las bofetadas
terminaron por causar el efecto de hacerle volver a la vida, lo cual
fastidió al abofeteador por tener que dejar su tan grata tarea a la
que ya le había cogido el tranquillo y un cierto ritmillo afro.
Se incorporó y
pidió una copa, y el tabernero hubo de servirla pues, salvo que se
sea muy hijo de puta, no se le niega un coñac a un desvanecido. Creo
que hay una ley sobre eso.
Y como a río
revuelto ganancia de pescadores, aprovechando que el tabernero estaba
despistado pillé la botella de Soberano me serví un generoso vaso
que para no ser descubierto intenté beberme de un tirón como en las
pelis del oeste, pero el hijo puta se me fue por mal camino y me dio
un ataque de tos que por poco no lo cuento.
-Tome, tome, esto es
mano de santo- decía el viejete intentando meterme una pastilla
Juanola en la boca que sujetaba entre sus dedos de untar cayena,
retorcidos y amarillos, que apestaban a nicotina.
Cuando me recuperé
del lingotazo me di cuenta de que llevaba todavía en la mano un
señor pedazo de costo y me lo guardé rápidamente en el bolsillo
por si al olor de la movida se personaban los guripas a ver si
pillaban algo.
El viejo seguía
erre que erre con que le untáramos el ojete con cayena molida a
alguien, contando que en su pueblo se lo hacían a los burros para
que corrieran más.
El cobrador del
frac, una vez repuesto, tras meterse un par de generosos copazos de
Soberano que añadieron a su careto una estúpida sonrisa nada acorde
con la seriedad de su cometido, contó que andaba buscando a un tal
Jeremías Ponce, que vivía por los aledaños y que era un moroso
empedernido, el cual, al parecer, compraba de forma compulsiva y de
fiado aparatos electrónicos de toda índole y condición. Y como
quiera que no conocíamos nadie al susudicho, nos mostró una foto en
la que, cual no sería mi sorpresa, me veo al bueno del profesor
Lindsacar con cara de lechugino despistado, enfrascado en la
importante tarea de sacarse un moco delante de un escaparate.
-Es una foto un poco
cutre- se excusó el hombre- está tomada de la cámara de vigilancia
del Expert de Cuatro Caminos una de las veces que ha ido a hacer sus
compras. Al instante todos los allí presentes menos yo, que me callé
como una puta movido por el instinto natural de proteger mis cada vez
más escasas expectativas de cobrar algún día por mis servicios,
exclamaron casi al unísono.
-¡Hombre, si es el
sabio!
-¿Sabio?
-Si, un científico
loco que pulula por estos andurriales con los pelos de punta, que
bebe lo que no está en los escritos.-puntualizó el tabernero- tiene
por aquí un laboratorio o algo así, pero no le puedo decir donde.
Allí estaban esos
hijos de puta haciendo leña del árbol caído, echándole los perros
al pobre profesor, cantando todo lo que sabían de él para que lo
devoraran los buitres de la cobranza de letras.
-¿Pero no os da
vergüenza? ¡Delatar así a un co-parroquiano!
-¡Que
co-parromierdas ni qué niño muerto!-exclamó furibundo el
tabernero- Lo que es es un sinvergüenza. A mi que no pague las
letras me parece bien, pero la cuenta del bar es sagrada y ese tipo
me debe lo que no está escrito.
-¡A ese habría que
untarle cayena molida en el ojete! -terció el viejete que seguía
con su tema preferido.
-¡Y a usted le
tenían que quitar la pensión por hijo puta!-Le contesté porque me
salió del alma. Y oye, se montó una tangana de padre y muy señor
mío. Al parecer lo de hijo de puta le había pasado desapercibido,
pero lo de mentarle la pensión le puso fuera de sí. Me quería
moler a golpes el costillar con otra de las patas de la silla
previamente arrancada para dicha importante misión, mientras gritaba
a todo lo que daba, que era mucho más de lo que a primera vista, por
su frágil aspecto, hubiera podido parecer:
-¡Me cago en san
dios bendito, yo lo mato! ¡Sujetadme que lo mato!- Afortunadamente
no había por allí nadie dispuesto a llevar a cabo la consabida
tarea de sujetar a energúmenos para contenerlos en sus ataques de
furia, por lo que, al no ser sujetado, bajó el listón de sus
amenazas y en lugar de matarme se limitó a molerme a palos. Huyendo
de los golpes me refugié en el excusado, es decir, en el uvecé, o
sea, en el servicio, seguido de cerca por el energúmeno pensionista
herido en lo más profundo de su ser, que seguía gritando como un
poseso.
-¡La pensión ni
mentarla! ¿Me oye usted?, ¡Ni mentarla que lo mato!
Atranqué la puerta
por dentro como pude con el palo de una fregona que olía a pis hasta
escocerte los ojos, ya que, como está mandao, no había pestillo,
quiero decir cerrojo, porque pestillo del de atufar ya lo creo que
había, había un pestazo que no era normal, tanto que me extrañó,
me di la vuelta y vi al pobre sabio moroso sentado cuan bajito era en
la taza y con los pies colgando.
-¿Pero que coño
hace usted aquí?- le dije.
-¡Calle, no me
delate por lo que máfs quiera! Efofs Fon de la Gefstapo.
-¿De la Gestapo?
¡Pero que dice hombre, sólo le buscan para que pague sus deudas.
-¡Ja! Eso decir
ellofs para difimular. Me quieren liquidar para que no hable.
-Bueno, venga, así
disfrazado no le reconocerán, vámonos de aquí de una puta vez.
-No, no, ellos tener
rayofs equifs y me descubrirán.
-¡Pero que rayos
equis ni que leches! Además, con la mugre que tiene su gabardina no
hay rayos equis que puedan atravesarla. ¡Vamos, andando!
Le agarré con
decisión del brazo y tiré de él, pero justo en ese momento se oyó
el plof inconfundible de una más que generosa cantidad de sustancia
desechada por el organismo de aquel tipo, cayendo a plomo en el agua
del inodoro.
-¡Pero que hace,
joder! ¡No siga cagando tío guarro!
-¡Hombre, ef bueno
aprovechar cuando a uno le viene el apretón que fi no luego fe
exprime uno. Además llevaba un rato trabajándolo y no iba a echar
por la borda el efsfuerzo, ¿No le parece?
-Vale, vale, lo que
usted diga, pero se dice extriñe, no exprime
-¿Que?
-No, nada, déjelo,
le espero fuera- Allí empezaba a oler muy malamente, así que me
salí aprovechando que el viejete había dejado de vociferar y
golpear la puerta. Los viejos es lo que tienen, se agotan pronto.
Fuera estaban ya todos tranquilos, como si nada hubiese pasado. Di
los buenos días y salí a la calle. Al poco salió el profesor
Lindsacar tropezándose con todo de tan incrustado que llevaba el
sombrero para no ser reconocido.
-¡Sígame!- Me dijo
con decisión, y le seguí. Callejeamos erráticamente con la
evidente intención de desconcertar a posibles perseguidores, cosa
absurda si tenemos en cuenta que pasábamos varias veces por los
mismos sitios y mi acompañante llevaba todavía el absurdo sombrero
mejicano, con lo cual, más que deshacernos de perseguidores los
hubiéramos ido recolectando de haber habido alguno, pero no era el
caso. Al fin entramos en un garaje, recorrimos un pasillo llenos de
cubos de basura y abrió la puerta de un pútrido trastero.
-Pase.
-¿Aquí?
-Si, pase, pase.-
Encendió una luz de no más de quince watios y pasamos al interior.
Aquello no tendría más de diez o doce metros cuadrados y sin
ventanas. Estábamos rodeados de cachibaches variopintos de toda
índole y condición enchufados entre sí sin lógica aparente.
-¿Pero esto que es?
-Mi laboratorio,
caballero- Fue su lacónica respuesta tras quitarse los dientes de
pega.
Y efectivamente,
aquéllo era un laboratorio. A medida que mis ojos se iban
acostumbrando a la penumbra de aquella miserable bombilla amarillenta
iba descubriendo estantes con frascos de cristal en cuyo interior
flotaban cerebros en formol, ordenadores, aparatos de vídeo,
aparatos médicos, en fin, todo un montaje a lo Frankenstein pero en
cutre salchichero total.
-¿Y aquí puede
usted trabajar?- Le pregunté sinceramente alucinado y no por
molestar.
-No importa el
lugar, importan las ideas.
-No, si eso sí,
pero es que este antro es un horror con patas.
-Mire, mire.-me dijo
ignorando mis comentarios despectivos- ésto es el decodificador de
imágenes. ¿Ve? Por aquí meto los datos del escáner y poco a poco
va recomponiendo las imágenes.
Poco entendía yo
de ciencias y esas cosas. A lo más que llegaba era a la cosa ovni,
expediente equis y demás, pero en mi corto entender de la materia
aquello me parecía realmente alucinante. La ciencia es más mágica
que cualquier magia.
A lo que iba, el
sabio puso en marcha ordenadores y aparatos varios, y en una pantalla
empezaron a formarse imágenes, al principio difusas, inconexas,
absurdas, pero poco a poco se fue definiendo una más clara, era una
mujer desnuda.
-Esta imagen está
siendo obtenida del cerebro de una mujer. Seguramente esa es su
imagen en el espejo.
-Estaba buena, ¿Que
no?
-Bueno, yo mirar
solamente con ojos de científico.
-¡Ah, si, claro! Yo
tampoco, digo también- Pero la tía estaba que te tiraba de
espaldas.
-Por cierto,
¿Visionó usted la cinta de magnetoscopio que le envié?
-¿Magneto qué?
-La cinta de vídeo,
que si la vio.
-¿La cinta? ¡Ah,
sí! No, no pude, no sé, la metí en el vídeo y se petó. Se atoró
totalmente todo el mecanismo y sonaba como un gato pillado en
molinillo de café. No pude ni sacarla más que a cachos.
-¡Pero su
magnetoscopio de que sistema es?
-¿Pero que coño es
eso de magnetoleches?
-El aparato de vídeo
de usted, que de que sistema es.
-¿Sistema? No sé,
Basic Line Video Recorder no sé que hostias, creo.
-No, no, quiero
decir si es beta o VHS.
-Pues ni puta idea,
hasta ahí no llego.
-Seguramente será
VHS, la cinta era beta y por eso no funcionó y usted es un tarugo
técnicamente hablando.
-Oiga, sin faltar.-
¡Nos han jodío los sabios!, Son como los ingleses, que tienen que
ir al revés que todo el mundo.¡Que sé yo! Toman té, usan
Mackintos, Appel, videos Beta, ya sabes. Y lo hacen por hacerse los
interesantes no creas tú que es por otra cosa.
-Bueno, yo tengo
copia de todo, va a ver usted algo que le va a asombrar.
Metió una cinta
etiquetada con una numeración escrita a mano y ya lo creo que me
asombró, salió una escena tórrida de porno gay en la que se veían
un par de mendas, musculosos que te cagas, dando y recibiendo a manos
llenas con todo lujo de pelos y señales. Casi parecía un reportaje
médico de esos que te ponen malo.
-Pues sí que es
algo asombroso, ¿Pero que tiene que ver con nuestro asunto si se me
permite preguntar?
-¡Oh! Perdone
caballero. Esta cinta está errónea. Es que uso unas cintas viejas
de vídeo club que encontré en un contenedor, para grabar encima.-
dijo con un tono que me sonó a excusa barata sacando la cinta y
metiendo otra.
-Ésta es, aquí
tengo grabados recuerdos visuales de aquel hombre. Verá usted, verá
si no son extrañísimos.
Aparecieron en la
pantalla imágenes mezcladas, algunas difusas, entrecortadas. Eran
como fotos fijas, sin movimiento o con muy poco movimiento, solamente
ligeras oscilaciones de los objetos. Un paisaje desolado por el que
revolotea una hoja de periódico movida por el viento, un cara
sonriendo mientras dice algo, olas del mar, etc. Y, efectivamente,
como me había dicho aquel sabio medio loco, algunas de las imágenes
era de cosas ultramodernas. Ordenadores, aviones alucinantes,
aparatos desconocidos... pero curiosamente también se veían
paisajes y escenarios antiguos, medievales, de romanos, de
egipcios...
-¿Que le parece a
usted? ¿A que es extraño?
-Si, bueno, no
encaja con lo que he descubierto.
¡Ah! ¿Pero ha
descubierto usted algo?- aquello me dolió.
-¡Nos ha jodío!
Pero si se lo llevo diciendo todo el santo día, que sí, que he
descubierto algo importante.
¿Y qué es eso tan
importante?
-¡Que no, joder,
que no se lo voy a decir si no me paga por el trabajo que he hecho!.
- ¡Ah, si, pagar,
claro! No problemo, usted dígame el montante y yo le hago un cheque
y arreglado.
-No, más cheques
no. Pasta de verdad o no hay trato.
-Es que no dispongo
ahora de efectivo, pero puede llevarse algún aparato de esos de ahí
si le hace apaño, en pago por sus servicios.-Dijo señalando un
montón de trastos de todo tipo que poblaban un rincón de aquél
miserable trastero.
Así a primera
vista había muchas cosas apetecibles, aparatos de música, monitores
de ordenador, impresoras matriciales, en fin, de todo, pero lo que
más me llamó la atención fue una licuadora Moulinex. Siempre he
querido tener una para ser sano y atlético, pero por hache o por be
nunca la he tenido.
-Vale, me quedo con
la licuadora y un cerro de cintas porno de esas de allí.
-Como guste
caballero, coja una bolsa y llénela usted mismo, pero le recomiendo
que coja también uno de esos aparatos beta del fondo o no podrá
verlas.
Tenía un montón
de aparatos de vídeo beta que había ido recogiendo de las basuras a
medida que la gente se deshacía de ellos por obsoletos. Pillé uno
cojonudo lleno de botones de todos los colores y llené una bolsa del
Ahorramás con todas las cintas porno que pillé. Los títulos
prometían: "El butanero siempre llama dos veces", "Sin
faldas y a lo loco" y cosas de ese calibre, en fin, todas de
gran calidad, eso sí, un poco grasientas como de haber estado
almacenadas en la cocina de una freiduría. Una vez consideré que
el preciado contenido de la bolsa del Ahorramás y la licuadora
cubrían mis honorarios con creces, le desvelé el resultado de mis
pesquisas.
-Pues mire, el tipo
de cuyo cerebro extrajo usted estos recuerdos se llamaba Alexander y
era un vampiro que vivía en un sarcófago desde hace miles de años.
Se me quedó
mirando con cara de no entender.
-¿Un vampiro? No
entiendo que quiere usted decir con ello. ¿Como un vampiro?
-Pues está más
claro que el agua. Un vampiro. Uno de esos que van por ahí chupando
la sangre al personal y esas cosas. Ya sabe. No me dirá que no sabe
usted lo que es un vampiro.
-No, sí sé lo que
son los vampiros, lo que pasa es que yo le creía a usted persona
seria, y esta tontería de los vampiros no es seria precisamente.
-Mire, no sé si
será serio o no, pero el tío era vampiro y se lo cepillaron
clavándole una estaca en el corazón unos tipos que se dedicaban a
eliminar vampiros.
-¿Pero todo eso por
qué lo dice usted?.
-¡Joder, pues
porque es la puta verdad! El Juez que investigó el asunto lo
descubrió. ¡Hay mucho tomate en este asunto!
De pronto en la tele
apareció un rostro de mujer, hermoso como la espuma del mar
brillando al sol del amanecer y el corazón me dio un vuelco.
-¡Es ella!- Grité
alucinado.
-¿Qué? ¿Quien?
-Ella, ella, la
mujer que salía en la libreta mágica.
-¿Libreta mágica?,
De que usted estar hablando. ¿Se encuentra usted en sus “cabrales”?
-¡Ella, la mujer
más bella del mundo! ¡Es ella! Había una foto suya en una libreta
rara que encontré en un sobre que había entre los folios del
sumario. -Le dije-
-Veamos esa libreta-
dijo el sabio emocionado.
-Verá, es que no sé
donde está, creo que alguien entró en mi casa y me la robó.
-Maldición, los de
la Gestapo nos pisan los talones- dijo él- ¿Aquello me sobrepasaba,
a ver si iba a tener razon aquel loco?
La cinta terminó
y el sabio apagó el magnetospio.
-Bueno, señor
Járrison, ¿Le parecen a usted éstos los recuerdos de un vampiro
del siglo XIX? Los que le mataron cometieron un grave error. Este
hombre para nada era un vampiro.
-Bueno, ya que me ha
pagado le doy lo que ha quedado del sumario sobre su muerte y unas
fotos que había dentro.
-¿Fotos? ¡Déjeme
ver!-
Observó con
detenimiento las fotos durante un buen rato.
-Hum, que curioso.
Son las mismas imágenes que hay en su cerebro. Fíjese, aquí pone
que éstos son Anaximandro y él en el templo de Heres en Samotracia.
Observe usted que el templo esta recién construido, eso quiere decir
que la foto es del 700 antes de cristo.¿Como podría haber una
máquina fotográfica en aquella época? Todo esto es inexplicable,
inexplicable…- decía meneando la cabeza.
-Pero hombre- le
dije- será un escenario de película como los de Almería y eso,
¿no?
-No creo, no- decía
cabilando con esa cara que ponen los sabios cuando cabilan- No lo
creo Aquel tío sabía un huevo de todo. Al final iba a resultar que
era un sabio de verdad.
-Es posible que el
secreto esté en el sarcófago ese que usted dice. Quizá fuera una
máquina para detener el envejecimiento. Pero estas fotos y las
imágenes del futuro no tienen explicación. Bueno, usted dejeme los
papeles y las fotos y yo voy estudiar a fondo el tema. Le mantendré
informado de mis avances. Sólo me queda pedirle que sea usted
prudente.
-¿Que quiere decir,
que no conduzca bebido o algo así?- Le dije de coña.
-No, que no cuente a
nadie esta historia. Usted no ha estado aquí, no ha visto nada, no
sabe nada. Es por su seguridad. La Gestapo esta en acoso de mis
descubrimientos.
-¿Pero esos no eran
de cuando Hitler?
-¡Ay, amigo, mala
hierba nunca muere! ¡Téngalo usted por seguro! Hace tiempo yo conté
mi descubrimiento a un colega judío y me dijo que Alemania aun se
conserva en formol muchos cerebros de personas asesinadas en las
cámaras de gas y él quería aplicar mi método mío para extraerles
los recuerdos visuales y obtener imágenes de las cosas horribles que
ocurrieron allí. Él iba a enterarse donde estaban guardados esos
cerebros pero hace unos días mi colega ha sido atropellado por un
tranvía en Viena. Eso es sin duda cosa de la Gestapo.
-No sé, a lo mejor
fue un accidente.-Se me ocurrió decir.
-Nada es accidental
en esta vida puta, ni el vuelo de una paloma, ni la ráfaga de viento
que levanta una hoja caída en el parque, téngalo en cuenta amigo
mío, ¿Acaso no conoce la lotería en Babilonia de Borges?- me dijo
mirándome fijamente y levantando mucho las cejas.
-Pues no, de Borges
sólo conozco los cacahuetes dulces que están cojunudos, y las
ciruelas de California para el extreñimiento.-Contesté.
-No me hable de
ciruelas, es horrible expulsar luego los huesos cuando se atraviesan
en conducto de salida.
Nuestra
conversación se había desviado del tema principal por derroteros
absurdos que no conducían a nada, y no tenía visos de terminar, así
que agarré mis trofeos, es decir, la bolsa llenas de cintas guarras
y la licuadora Moulinex y me despedí, dejándole allí con sus
locuras.
Mientras subía por
la calle arriba, casi llegando a la avenida de la Albufera iba yo
dándole vueltas a la licuefacción que iba a confeccionarme con mi
flamante licuadora Moulinex para cepillármela delante del televisor
visionando mis nuevas pelis, cuando hasta mis oídos llegó el
inequívoco sonido de una escandalera de sirenas de bomberos,
policías y demás vehículos provistos de altavoces aullantes. Había
un mogollón de personal señalando hacia arriba y ¿a quien dirás
que me veo allí, en lo alto del arbol, haciendo equilibrios suicidas
y aullando como un lobo en celo? Pues al perrillo del bar, que no me
puedo explicar como cojones habría podido trepar tan alto. Llevaba
un cuelgue que ni el Bob Marley en sus mejores tiempos. Se conoce que
se había zampado la tableta y claro, estaba ciego total. Tenía una
cara de coña que era digna de verse. Miraba al personal que se
arremolinaba en la calle con unos ojos alucinantes. No parecía un
perro, tú, parecía una persona, y cuando pasé por debajo de él te
juro que me pareció ver como me guiñaba un ojo.
Al llegar a casa
metí en la licuadora todo lo que pillé en la nevera, zanahorias, un
kiwi, un tomate.... Por la boquilla iba saliendo caldo de todos los
colores. Ya iba a licuar una morcilla pero me reprimí, me pareció
que así, cruda no sería muy sano, en todo caso frita. Para rematar
metí un quesito. En mala hora. Se quedó el aparato lleno de pasta
blanca que no había dios que lo pudiera limpiar. Consejo: No licuar
quesitos con la licuadora Moulinex.
Cargado con mi
enorme vaso de sanísimos líquidos variados, tengo entendido que
todo lo que pases por la licuadora se convierte en saludable, me
senté en el sillón de mis entretelas dispuesto a visionar las
películas que traía y a meditar por ver de descubrir el enigma de
Alexander, el hombre inmortal asesinado por la brigada anti-vampiros
en 1898. Y por mejor meditar me confeccioné una trompeta de las que
derriban las murallas de Jericó, con tres papeles Abadie, un billete
de metro caducado, dos fortunas desmigados y una generosa ración del
trozo del doble caldo estarlux marroquí que había podido salvar de
las ansias devoradoras del perrillo drogota de marras, que dicho sea
de paso y con todo respeto, estaba que tiraba de espaldas.
Una vez
convenientemente encegotao, y tras una eternidad de tiempo eligiendo
cual película iba a visionar en primer lugar, puse "Tetanic",
una versión mejorada de la famosa peli de Cameron que empezaba con
la escena de los dos pipiolos en la quilla del barco con algo menos
de ropa y algo más de acción, y de ahí en adelante la cosa no
tenía desperdicio. Y como decía la canción, lo que después
sucedió ni lo cuentan las crónicas ni lo contaré yo. Solo diré
que al final, el doble de Leonardo termina bailando salsa,
completamente semidesnudo, con movimientos pélvicos exagerados a lo
Elvis, sobre la tabla de salvación flotante, junto a la exuberante
piba que, en posición maja desnuda, se agarraba voluptuosamente a
una de sus fornidas piernas como si fueran las de Conan, y no paraba
de echar besitos y guiños a la cámara. Una verdadera obra de arte.
Hasta me puse en pie con los ojos llorosos por la emoción y aplaudí.
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