Cap.05: Las pertenencias de la víctima


Capítulo 5: De lo que había dentro del sobre de las pertenencias de la víctima

Había entre los legajos un sobre cerrado con las pertenencias de la víctima. En su interior había una libreta, tamaño agenda de bolsillo, de color rojo, que así a bote pronto llamaba la atención por lo nueva que parecía para tener más de cien años. Estaba hecha con materiales que no eran ni mucho menos antiguos. Las tapas eran de algo parecido al plástico pero delicadamente metalizadas. También había unas fotos, las que uno de los testigos decía que eran de carnaval, en las que se veía a diversas personas vestidas de antiguos, y una cajita de pastillitas. Era algún tipo de medicina que yo no conocía, lo cual es extraño porque soy bastante experto en la materia. No sólo me automedico asiduamente, contraviniendo los constantes consejos del estamento sanitario, sino que receto a las amistades como buen conocedor en carnes propias de las cualidades y efectos secundarios de todos y cada uno de los medicamentos interesantes que salen al mercado. Cada uno tiene sus aficiones.
Abrí la libreta, estaba llena de anotaciones, signos matemáticos, versos, esquemas. Todo ello bastante incomprensible para mí, sobre todo porque estaba escrito en extranjero, y a mi me sacas del español y estoy perdido. Si acaso pillo algo el andaluz, si no es muy cerrado, y gracias.
En vista de que ya no me quedaba nada por leer me tentó el probar esas pastillitas para ver de descubrir cual era su función. Un experimento científico, vaya. ¿Que mal podría hacerme una sola? Así que, ni corto ni perezoso me cepillé una pildorita con el último sorbo de cerveza. Siempre me ha tirado la cosa de la investigación, de la curiosidad.
Al poco de tomarme la pastillita me di cuenta del tema de la caducidad. ¡Hostia, tú, no veas el bajonazo que me pegó! Aquella pastilla tenía que estar mas caducada que la sábana santa. Tendría por lo menos cien años. Y encima me la había tomado con cerveza, con lo contraindicado que está el alcohol para todo. Me dio como un sudor frío que te cagas. Intenté leer el prospecto para ver si ponía algo agradable, pero era del todo inútil, las letritas eran tan pequeñitas que cuando intentaba fijar la mirada en ellas se escapaban de un lado para otro sin que pudiera verlas bien. Las había de colores diversos, al parecer según el carácter de cada una de ellas. Se juntaban en un lado del papel agrupándose por tamaños y formas, las mayúsculas por aquí, las minúsculas por allá, las cursivas hacia abajo, las negritas hacia arriba. Desfilaban ordenadamente como soldaditos el día de la jura al compás de la música. Era tarde y en la radio sonaban melodías maravillosas, eternas, sin principio ni fin. Luego las letras empezaron a salirse del prospecto y subírseme por las manos. Aquello me dio mal rollo, me las sacudí como pude y la libreta roja, con los manotazos salió disparada contra la pared, y al caer al suelo sonó como un transistor que cogiera radios extranjeras. ¡Coño! ¡Así que resulta que la libretita era también una radio! Me acerqué a recogerla y me di cuenta de que era fosforescente, como las virgencitas de Fátima esas que cuando las ves en las oscuridad parecen fantasmitas verdosos y te cagas por la pata abajo. Pero esta fosforescencia no era verdosa sino anaranjada o rosácea y no infundía temor sino todo lo contrario. La cogí alucinado, emitía vocecillas diversas, parecían grabaciones de mala calidad. La abrí y fui pasando páginas, y empecé a entender lo que ponía. En la primera hoja ponía "Ella" con unas letras doradas como abultadas, como si hubieran sido escritas con oro líquido y luego se hubiera solidificado, acaricié esas letras, eran suaves y cálidas, un poco gomosas. Al momento aparecíó la cara de una mujer tan bella que me dio como un burbujeo intercostal de grado 10 en cualquier escala que convencionalmente se estableciera para medir burbujeos interiores inducidos. Me sublibellé absoluta y completamente. Hablando mal y pronto, me enamoré ¡Que narices! ¡Que todo hay que decirlo! Me enamoré como un bellaco, como un perdido, como un bobo. No es cierto que el amor verdadero se sienta en el corazón, se siente en las tripas, se te sueltan súbitamente, aunque me esté mal el decirlo, pero las cosas son como son. Sólo dos veces en la vida me he enamorado, la otra fue con trece o catorce años cuando vi a Marilyn en una película en la tele. Nunca había visto cosa igual. Se me nublaron los ojos y se me hizo un nudo en la garganta. ¡Joder macho, es que echaba luz! A Marylin le salía luz de los ojos, de los labios, de la cara, luz difuminada, y me miraba con esa mirada terriblemente seductora que te desmembra ipso facto poniendo los morritos húmedos y esa media sonrisita, y ese lunar...Me hubiera tirado de cabeza dentro del televisor sin encomendarme a dios ni al diablo. Ambos saben que si no lo hice fue porque estaba rodeado de mi numerosa familia, que ajenos al arrebato que me estaba poseyendo veían también la película sin sentir nada especial. O al menos eso me parecía. Me levanté y me fui al baño boqueando como un pez que se ahoga, sin poder respirar. ¡Que coño, si es que me estaba ahogando literalmente! Además tenía los ojos arrasados en jugos lacrimales incomprensibles. Tuve refugiarme en mi cuarto para esconder mi turbación. Tiempo después tuve más turbaciones, pero nunca pensando en Marylin, y es que nada hay más cierto como que no es lo mismo el amor que el sexo, y se nota, ya lo creo que se nota. Si se te revienen las entrañas mientras miras a una tía del cuello para abajo es sexo y es amor si le estás mirando del cuello para arriba, y no hay más tu tía. Todo lo demás es literatura. Y no se hable más. Ahora, lo que tiene que ser la hostia en bote es la conjunción de ambas cualidades en una sola mujer, posibilidad considerada unánimemente por toda la comunidad científica como quimérica, ente de ficción, juego de palabras, hipótesis de trabajo. Pero los axiomas de la ciencia están para ser desbaratados como ya verás. Bueno, a lo que iba, que me dan cuerda y me subo a un pino, así que estaba absolutamente embelesado, atravesado por cien mil flechas de cupido que no dejaban un lugar de mi cuerpo sin punzada y la imagen se pone en movimiento y la tía, perdón, la mujer, se pone a hablar con una voz dulce que te cagas, en francés descarao con sus gru gru grús y todo. Era como una película. Me decía cosas que no entendía, pero por si acaso yo contestaba: "Si prenda, si amor, lo que tu digas princesa, " y otras cosas por el estilo. Cuando uno se enamora adquiere unos derechos que les están vedados al resto de los mortales, y uno de ellos es el de poder usar ese tipo de lenguaje cursi que en cualquier otra ocasión sería motivo de apaleamiento público. Habían pasado ya muchos años de aquel mi primer amor y el olvido, que todo destruye, había acabado por amontonarse sobre mi Marylin dejándola lejana y difusa. Aunque seguía enamorado de ella ya no era lo mismo que al principio, cuando con catorce años cada vez que cerraba los ojos la veía iluminada como una aparición de la virgen.¡Cuantos versos no la habré escrito mientras la adolescencia me crujía los huesos y osificaba mis partes! Versos de amor, no de guarrerías. Las guarrerías son otra cosa. Están de puta madre, pero pertenecen a otro ámbito de la vida.
Al cabo de un rato me di cuenta de que aquélla diosa no estaba hablando conmigo, que en realidad era como una grabación, cada vez que rozaba con un dedo la imagen repetía las mismas palabras y gestos. Así que el segundo amor de mi vida, amor con mayúsculas, amor auténtico, era también una película en una pantalla. Cerré los ojos y un torbellino de imágenes corriendo hacia mí al compás de la música me hicieron sentir que volaba en pos de ellas. Como un superman avanzaba por un universo de cosas que aparecían a lo lejos se formaban y deformaban y desaparecían por los lados. Por allí desfilaron personas conocidas y por conocer. Pasaba de cuando en cuando el muy sabio profesor Lindsacar metiendo lonchas de cabeza de jabalí, en una unidad de CD Rom, y salían en el monitor imágenes como de películas familiares antiguas en blanco y negro en ocho milímetros. Escenas de bodas, bautizos y comuniones en las que aparecían niños empujándose por ponerse delante de la cámara y saludando con rapidísimos movimientos de mano mientras sacaban la lengua y se ponían bizcos, adultos estrangulados por el nudos de corbatas enormes sonriendo forzadamente y pasándose el pañuelo para secarse el sudor de la frente, mujeres vestidas de fiesta con enormes flores de tela en la pechera haciendo como que medio tapan el canalillo formado por sus generosos pechos pugnando entre sí por asomarse al escaparate de sus prietos e insinuantes escotes, riendo a carcajadas con exagerado batimiento de mandíbulas. Y todo ello aderezado con los consabidos rayajos y fogonazos de quemazones producidos por haber puesto muchas veces la foto fija, y aparición de matojos de pelos moviéndose como patas de arañas aplastadas por el ángulo superior derecho.

Yo alucinaba en colores tío. Entre tanta marabunta de gente, de cuando en cuando veía a mi diosa, la mujer cuyo bellísimo rostro habíame turbado hasta el punto de hacerme perder la razón y lo que hiciera falta. Intentaba llamarla, correr hacia ella o por mejor decir orientar el objetivo de aquella cámara de televisión que era mi cabeza y haciendo zoom enfocarla de cerca, pero una y otra vez se me perdía literalmente deglutida por riadas de imágenes.
Vime de niño en pantalón corto, rodillas desolladas, cabeza rapada, jugando al fútbol en harinosos descampados, recibiendo pedradas inmisericordes de implacables enemigos infantiles. Vi profesores de religioso colegio postguérrico a los que juré odio eterno y venganza fiera si llegaba algún día a ser mayor, recordándome que tenía todavía cuentas pendientes que saldar.
Vi jovenzuelos melenudos fumando como cosacos todo lo que se les pusiera por delante y bebiendo alcohol en tubos de ensayo y probetas, y hippies sentados en corro iluminados apenas por el resplandor de una chicharra de agonizante porro bobmarliano.
Vi el baile de los vampiros de Polansky compuesto por todos mis parientes más lejanos y decrépitos devorando croquetas y bebiendo ingentes cantidades de alcohol, y contorsionándose ligeramente al compás de lejanas marchas militares emitidas por discos de la Voz de su Amo girando a 78 revoluciones por minuto, que un capellán castrense, pistola en mano, ponía en un tocadiscos de cuerpo entero y brazo de baquelita marrón.
Y entre tantas y tantas personas yo buscaba desesperado a mi amada, la llamaba por su nombre inexistente, por su nombre silencio, y ella aparecía durante unas milésimas de segundo, yo intentaba forzar la vista, recomponer su angelical rostro pieza a pieza, recordar aquellas facciones, pero apenas comenzaba a vislumbrarla se desvanecía devorada por el torrente de imágenes que surgían a borbotones del centro de la pantalla como el pobre Dumbo cuando se encogorza con champán, que digo yo que algo, además de champán, habría echado Timoteo en el cubo de agua ese.
Luego empezaron a deformarse los rostros y los cuerpos de los aparecidos y se tornaban monstruos antes de desaparecer. Abrían sus bocas y me mostraban espeluznantes dentaduras amarillas de amenazadores dientes y colmillos, echaban sus manos hacia mí y las uñas les crecían como puñales venecianos. Yo estaba acojonado total, a la cabeza se me vino la idea de que sólo encontrar a la mujer de mis sueños me sacaría de aquella pesadilla terrible. Recordé que en algún lado estaba escrito su nombre. Sabía que si era capaz de pronunciarlo ella aparecería haciendo desaparecer a los malos, como si de las trompetas del séptimo de caballería se tratara y los indios fueran los malos. Rebusqué en los detalles más insignificantes de las cosas que el tornado de imágenes me mostraba, pero todo pasaba tan deprisa que me era imposible leer ninguna de las muchas palabras que encontraba escritas, y si alguna conseguía leer se trataba de letras imposibles de pronunciar o de palabras sin significado conocido. Una mujer mostraba su ombligo del que pendía un aro sujetando una etiqueta que decía "siviux". Luego su ombligo era un túnel del tiempo de una serie de televisión antigua y por él caían hacia el infinito Tony y Douglas mientras una voz desía con asento mejicano"...dos sientíficos se han perdido en el inmenso laberinto entre el pasado y el futuro en el más grande experimento:¡El túnel del tiempo !". Esta voz repetía de forma machacona la frase cada vez más fuerte, mientras el túnel, pintado en espiral con rayas negras y blancas a lo pop-art se me acercaba lenta pero inexorablemente como si me fuera a engullir mientras de él salían personajes reales y de ficción de todos las épocas y al pasar a mi lado cada uno me decía alguna frase en el idioma de los estropajos del caribe. Entre ellos un bote de Gior con su cara y sus manos caminaba balanceándose y cantando: "Un poco de pasta basta". Eso era la señal de que mi fin estaba cerca, ya me venía perdido, engullido por el túnel del tiempo, cuando sobre una de las máquinas llenas de lucecitas de colores que había en la sala donde varios científicos de bata blanca manipulaban palancas y botones diversos con la sana intención de recuperar a Tony y a Douglas, vi la libreta abierta, mi ya vieja y querida libreta. Fue como encontrar algo conocido en un mundo en el que todo te es extraño y hostil, como encontrar algo familiar, como si en medio de un planeta lleno de marcianos encuentras una barra de pan igual que las que venden en tu barrio y te agarras a ella como quien se agarra a la pierna de su mamá en un bosque de piernas desconocidas. Intenté estirar la mano para cogerla, pero mis brazos eran cortísimos, no obstante pude ver que la libreta estaba abierta por la página donde había visto la foto de la mujer, y en la parte de arriba había un nombre escrito en letras de oro líquido. Yo sabía que allí estaba escrito el nombre de ella, y que mi única salvación era llamarla para que viniera y lo llenara todo con su presencia ahuyentando a los monstruos, así que en un esfuerzo supremo estiré el cuello y éste se alargó y alargó llevándome la cabeza hasta la libreta. El nombre allí escrito en letras de oro líquido era "Ella". No hizo falta pronunciarlo, en cuanto lo leí todo cambió. Los monstruos huyeron y me encontré e un campo verde esmeralda lleno de girasoles amarillos bajo un cielo de Van Gog. Ella avanzaba hacia mí. Vestía una túnica al viento. Parecía griega. Yo repetía incesantemente Ella, Ella, Ella... para evitar que se desvaneciera. Ella llegó junto a mí, me sonrió y me tendió la mano, yo se la di, estaba fresca, como recién lavada con agua de un arroyo, pero las puntas de los dedos eran cálidas. Me llevó volando en aquel cielo de brochazos de colores hacia la puesta del sol. Yo me dejaba llevar a donde fuera por aquel ángel en cuyas manos había decidido ponerme para lo que me restara de vida. Morir o vivir eran palabras huecas junto a Ella. De cuando en cuando se giraba y me sonreía. Cada vez estábamos más cerca del sol, cada vez había más luz. En un momento dado acercó sus labios a mi oído y con la más dulce voz que imaginarse pueda un ser humano me dijo:
-Búscame, te necesito.
Luego soltó mi mano y abrí los ojos. Estaba en mi sillón, había amanecido y un insolente sol se paseaba por el suelo como un buitre devorando las migajas de la noche, dándome con sus rayos en la cara. A mi alrededor había restos de alguna batalla. Cosas tiradas, papeles desbaratados, hojas del sumario desperdigadas por todos los rincones. Me sentía agotado. Me arrastré al váter. Mi cara en el espejo era de pesadilla.
-Ahora estás enamorado hasta el colodrillo, Járrison, a ver que haces para sobrevivir macho.-Me dije en voz alta. El agua del grifo hizo su trabajo y poco a poco fui volviendo al mundo de los vivos. No hay mala noche que no pueda arreglarse con un prolongado chorro de agua fría en la nuca y un enorme vaso de café negro como los ojos de una caribeña en celo.
Todo estaba revuelto que era una cosa mala. No sabía lo que podría haber pasado. No recordaba haberlo tirado todo por los suelos. En el dormitorio igual. Todo hecho una pena. A medida que volvía en mí me iba haciendo mi composición de lugar. Vi en el suelo la cajita de pastillas y me acordé de que me había tomado una medicina caducada de la hostia y me había hecho alguna reacción extraña y que por poco no lo cuento.
¿Pero todo aquel desorden lo había causado yo mientras alucinaba entre la vida y la muerte? Me acordé de la libreta pero por más que la busqué y rebusqué no pude encontrarla, había desaparecido.

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