Cap.10: El Bar del Moro
En los días
siguientes traté de quedar con Celine pero por hache o por be
siempre rechazaba los planes que yo proponía. Empecé a sospechar
que mis sutiles intentos de llevarla al huerto no eran para ella tan
sutiles. Ya se sabe que las mujeres tienen un sexto sentido que
utilizan con pericia para detectar intentos de infringir el sexto
mandamiento con ellas. Sin embargo cuando quieren chascan los dedos y
allá que vamos nosotros como perrillos tras la pelota de tenis. Me
gustaría ser un castigador como el Pichi de la Verbena de La Paloma,
pero yo creo que eso de que si te haces el duro vienen a ti como
moscas a la miel le pasará a gente como Bogart, que nunca conoció a
una mujer que no comprendiera lo que significa una bofetada en la
boca o una bala del 45, pero lo que es yo, que tengo clarísimo lo
que es que me den una bofetada en la boca, estoy seguro de que si le
doy calabazas a una tía fijo que no vuelvo a verla el pelo.
Poco a poco
la melancolía íbase adueñando de mi ánimo. Cuando volvía a casa
sacaba la libreta, de la que no me separaba nunca, y la acariciaba
como Aladino a su lámpara para ver el rostro sonriente de aquella
mujer que me tenía loco por sus huesos, y sobre todo por sus carnes.
¡Que bien encajaría aquí esa frase que dice que a la vejez
viruelas! Estaba yo enamorado como un adolescente. El amor no sabe de
edades.
Tenía
bastante olvidado el tema de la búsqueda del sarcófago de la
inmortalidad. Al fin y al cabo, inconsciente de mí, pensaba como
buen enamorado neófito, que de nada sirve ser inmortal si no
encuentras a la mujer de tus sueños.
En ese
impasse de perpetuo suspiro me hallaba cuando un buen día recibo una
llamada del muy sabio profesor al que ya casi que daba yo por muerto
y desguazado por la jauría de pirañas que a punto habían estado de
acabar conmigo.
-iSeñor
Járrison, supongo?- Me dijo con su perfecto acento guiri.
-Profesor,
¿donde está usted? Fui a buscarle a su laboratorio y por poco no me
matan sus vecinos, menudos salvajes.
-Oh, vaya lo
siento mucho, debe ser que están enfadados porque no pago las
derramas. Bueno, escuche, yo estoy en la trena, enchironao como
chorizo revilla. Parece ser que señoría suya acúsame de pederastía
galopante internetiana. Yo creía que era por el contrabando de
cerebros esponjiformes de vacas locas, pero no, esto es otra cosa.
-iPero, alma
de dios! ¿Es que está usted metido en todos los fregaos?
-Aquello sí
lo hice, pero era solamente por interés científico, para extraer
imágenes de sus memorias, ya sabe. Es que estaban muy baratos, en
cambio yo no sé nada de este rollo pederástico, pero señoría suya
la jueza, va a piñón fijo y no hay dios que la meta en razón. Yo
soy cabeza de turco que se come el marrón.
¡Joder como
había mejorado el vocabulario de aquel tipo con unos días en el
talego!
-¿Podría
usted hacer el favor de venir a verme? Tengo que darle información
confidencial en persona y unos documentos importantes. Estoy en la
prisión que le dicen la del Bar del Moro,.
-¿Y
eso por donde queda?
-No
sé, me trajeron en furgoneto sin ventanillos, pensé que usted como
es autóctono sabría donde queda, aquí todo el mundo parece
conocerlo, debe ser famoso.
A
mi eso de autóctono como que me sonaba a insulto, algo así como
inculto, idiota o similar, como tonto que se hizo a sí mismo.
-jOiga,
sin faltar, que uno no tenga estudios no significa que sea un
ignorante!- le dije ofendido.
-Si,
ya sé que es usted ignorante de todo, no se preocupe, cuando venga
le pondré en antecedentes.
-jAh!
¿Es que ya tenia usted antecedentes? Pues entonces la cosa está
chunga, no le van a dar la provisional ni de coña.- le dije para
joderle porque ya me estaba tocando los cojones con su tonito de
superioridad intelectual. Es que a mi los intelectuales, cuando se
ponen pedantes me dan ganas de patearles el cogote.
En
esas estábamos cuando sonó el pitidito ese que te avisa que o echas
más pasta o se va a cortar la llamada por falta de monetario, cosa
que efectivamente ocurrió.
Tras
unos minutos de concentración llegué a la conclusión de que quizá
podría enterarme de donde estaba el dichoso Bar del Moro, si era,
como decía el profesor, realmente un establecimiento de renombre,
mirando en la guía de restaurantes de mi mapa de carreteras, uno de
esos de Cepsa que tenía un compendio cojonudo de establecimientos de
hostelería de todas las ciudades. Recordé que estaba en una bolsa
de plástico con las pocas cosas aprovechables que tenía en el coche
cuando lo entregué para el desguace. Esa bolsa que es como la caja
que se llevan los americanos cuando los despiden de la empresa y que
guardas durante años sin saber para qué con un gato, un juego de
bombillas obsoletas, un rascador del hielo de los cristales y cosas
así.
Mi
pobre coche que Dios tenga en su gloria en justo premio a los muchos
años que me sirvió de picadero, pues por aquel entonces mi casa no
era muy practicable para esos fines, ya que padecía las
consecuencias de un síndrome de Diógenes galopante que me había
poseído, y era de todo punto imposible subir allí con nadie con
quien quisiera practicar el noble arte del galanteo previo al combate
cuerpo a cuerpo propiamente dicho.
Incluso
los últimos años de su vida este uso como picadero pasó a ser su
única dedicación, ya que de su uso como medio de transporte hube de
desistir debido a su incansable empeño en pillar todas las
enfermedades mecánicas propias de los vehículos de edad avanzada,
de las que únicamente podía sacarlo a base de pagar facturas de
reparaciones a cual más espeluznantemente alta.
Hasta
entonces yo no sabía que los coches tuvieran en sus entrañas tantas
piezas susceptibles de joderse. Y las del mío tenían la
desagradable costumbre de irse averiando una tras otra sin darme
tiempo a reponer mi maltrecha economía, ni la generosidad de mis
amigos, de los sucesivos hachazos.
El
mapa estaba hecho jirones y muchas de las hojas pegadas entre sí con
restos orgánicos regurgitados por una piba a la que no le sentó
bien el gazpacho manchego que había confeccionado con mis propios
muñones por lo de agasajarla para ver si pillaba cacho en
compensación a mis desvelos, y que nos habíamos cenado en un
tuperware dentro del coche, acompañado de una sidra El Mayador no lo
suficientemente fría, más bien, bastante calentorra.
En
honor a la verdad he de decir que nunca me ha salido bien el gazpacho
manchego. No sé por qué me empeñaba siempre en hacerlo. Hay que
echarle unos trozos como de galletas sosas para que se empapen y den
consistencia al invento, pero a mí se me arrebuñan formando pelotas
horrorosas de tragar y no te quiero contar los dolores de parto que
sufría para deshacerme luego de ello por el conducto reglamentario.
Además es una comida de las de tomar caliente por lo de la grasa y
tal, y la verdad es que aquel día estaba frío y solidificado.
A
pesar de todo la chica lo comió haciendo un esfuerzo titánico,
ignoro el motivo, pero no se me ocurre otro que el puro y duro
masoquismo, o que se hubiera criado en un orfanato tipo Oliver Twist.
Así que, de forma harto temeraria, arrambló con una más que
generosa ración de aquel, por qué no decirlo ya de una vez
claramente y sin más tapujos, emplasto inmundo.
Al
poco rato, me puse a hurgar en la guantera simulando buscar una
casete de los Chichos, pero en realidad estaba rebuscando algún
preservativo no muy quebradizo, porque casi todos estaban jodidos a
causa del inhumano calor que produce el sol dentro de los coches, y
aunque soy muy de aprovechar las cosas caducadas, en lo tocante a la
profilaxis genital y a la paternidad responsable soy muy mirao, que
tampoco es cosa de joderse la vida tal como está el patio, todo ello
mientras, para despistar, disertaba citando a Oscar Wilde, tratando
de convencerla de la importancia de echarse un casquete con una
persona llamada Ernesto, que era como yo le había dicho que me
llamaba, pues normalmente prefiero no dar mi nombre auténtico por lo
que pueda pasar. Entonces ella empezó a ponerse verdosa y sin
encomendarse a Dios ni al diablo, y lo que es peor, sin sacar la
cabeza por la ventanilla, potó como potan los volcanes de los
documentales de la hora de la siesta, llenándolo todo de magma
anaranjado con consistencia similar a la del cemento que mana de las
hormigoneras. Mira, he visto potadas, pero como aquella pocas.
Parecía la de la niña del exorcista en versión manchega. Fue una
erupción con forma de trompeta que lo impregnó absolutamente todo,
entre otras cosas el contenido íntegro de la guantera donde guardaba
el mapa origen de esta ya excesivamente larga divagación, cuya
intención no era otra que la de dar cumplida explicación del motivo
por el cual era tan lamentable su estado.
En
honor a la verdad no es que mi coche fuera precisamente un dechado de
limpieza, pero después de aquéllo quedó definitivamente
inutilizado para ésta, como he dicho, en aquellos días su
única utilidad y me vi finalmente obligado a darlo para el desguace
pues fue del todo punto imposible arrancar de él aquel cemento
petrificado y aquel olor a vomitona resistente a todo tipo de
ambientadores y sustancias corrosivas con las que intenté
erradicarlo, por lo que desde aquel aciago día no me comí una rosca
pues las mujeres no lo pasaban por alto y, alegando cualquier
estúpida excusa, salían huyendo de mi apestoso coche.
Y no te vayas
creer que era una mierda de coche, era un puto Chrysler 150 cojonudo
con radio casete Blue Sky Estéreo y un poco auto-reverse si le
hostiabas con diligencia en el momento adecuado, y que las más de
las veces no pillaba las cintas. Ahora, eso sí, si lo hacía ya te
podías despedir de ellas porque no había dios que se las hiciera
soltar sin que antes las destripara totalmente.
Bueno, pues a
lo que iba, cogí el mapa, que estaba sujeto con una goma revenida
para que no se desperdigaran los cachos y con cuidado fui rompiendo
el cemento manchego hasta llegar a la lista de bares de Madrid y
alrededores, pero por más que
busqué allí no salía ese Bar por ningún lado. Aparecía Bar del
Río, Bar de Fuentes, y otros Bares por el estilo, pero del Moro
nada.
Sonó
el timbre de la puerta. Era mi vecina ataviada con su muy afamada
bata de guachiné en avanzado estado de descomposición. Es que los
años no pasan en balde ni para las batas de calidad. Era curioso de
ver como en la parte más prominente de sus prominentes pechos, el
tejido había sufrido una mayor erosión que en el resto, lo que
había producido la rotura de la primera capa de tela, dejando
escapar por las aberturas una erupción de guata despeluchada cuyos
flecos colgantes se bamboleaban graciosamente con el natural vaivén
de la zona en cuestión.
-¡Hola
Jarronsito! ¿No tendrás una poca de asúcar, corasón? Es que estoy
jasiendo torrijas y me he quedado sin gota.- Desde que falleció su
marido había ido acentuando sus seseos cual serpiente tentadora en
una especie de hablar incitador al vicio. Rescoldos de sus tiempos de
encargada de la guardarropía del club de alterne de postín en el
que trabajaba de soltera, que en el otoño de su lívido se avivaban
con el viento vivificador de la libertad que da la viudedad. Con
razón dice el dicho: "¡A la vejez, viudas!"
-¡Cómo
no!- Le dije dándole el paquete de azúcar arrugado a medio gastar
que tenía sobre la mesa de la cocina.- Está un poco petrificada. Es
que se me ha hecho bloque porque se me cayó en la pila llena de
agua, pero rascando sale bien, o si no la machaca con el mazo y ya
está.-Nunca en la vida he usado azucarero. ¿Para que?
-¡Grasias
resalaete!- Me dijo con una voz que me dejó todo pelopinchado- En
cuanti que las acabe te paso unas pocas. Ya verás que buenas que me
salen.
Reponiéndome
a duras penas del subidón que sus siseos me producían en el
cerebelo, más o menos en la zona que regula los movimientos
espasmódicos de los órganos autónomos de naturaleza erógena
propiamente dicha, le pregunté:
-jAh,
por cierto! ¿Usted que ha trabajado en hostelería no sabrá por
casualidad donde está el Bar del Moro?
-Por
casualidá no, hijo mío, sino porque allí reside mi hermanito del
arma querida por curpita de una mala mujé.
-Hombre!
¿Y por donde queda?- Pregunté omitiendo voluntariamente interesarme
por la triste historia de su hermano por temor a desatar sus ansias
verborreicas y no podérmela quitar de encima en lo que restaba de
tarde.
-Pues
está mayormente por la parte de la carretera de Andalusía.
-¿Pero
qué es? ¿Un bar de carretera?
-Que
va, quillo, es más bien como una residensia en mitad del campo.
-¿Y
sabe como puedo ir allí?
-Mu
fásil, te vas a donde salen las camionetas en Embajadores y le
preguntas al condustor cuála es la que te lleva ar pená de
Vardemoro.
Le
agradecí la información y con habilidad nacida de la larga práctica
fui haciendo que reculara hacia el descansillo. A regañadientes la
mujer terminó por volver a su casa. Yo sabia que, por el cariz que
iba tomando mi relación semi-incestuosa con la vecina, y por el
monto creciente de mi deuda con ella en forma de cocretas, torrijas o
huevos rellenos, algún día que me pillara con la guardia baja y la
lanza en ristre, acabaría cediendo y perdería mi honra, y si la
tuviera seguro que mi hacienda también, refocilándome entre
aquellas carnes sedientas de carne, pero de momento, así en frío,
no me sentía yo inspirado para ello.
Siguiendo
sus indicaciones me planté en embajadores y pillé, cómo no, la
camioneta equivocada, la cual me dejó a tomar por culo de la
prisión, que, por cierto, lo que estaba es junto al pueblo que se
llama Valdemoro. !Cuantas tribulaciones me habría ahorrado si el
dichoso profesor aprendiera de una puta vez a hablar con propiedad en
español!
Así
que los últimos dos o tres kilómetros me los tuve que hacer
a patita por descampados llenos de desguaces de coches, donde me
llevé la gran sorpresa de ver a mi querido Chrysler 150, del que ya
he hablado, allí subido a modo de reclamo en un pedestal de hierros
oxidados, bajo un enorme cartel que rezaba: "Desguaces El
Hostión", que también tiene guasa ponerle ese nombre a un
negocio de destripamiento y reciclaje de coches espachurrados. Me
acerqué a verlo. Siempre me ha encantado pasearme por los que
antiguamente se llamaban cementerios de automóviles y en el futuro
seguramente plantas de reciclado de vehículos de motor. Ves cada uno
que tienen unos hostiones que te ponen los pelos de punta, macho.
Efectivamente era mi ex-coche el que decoraba en las alturas el
cartel, no había duda, incluso en la distancia me pareció que aún
soltaba algo de ese aroma inconfundible a gazpacho manchego potado
que me obligó a deshacerme de él. Un coche es como un perro, se le
coge cariño, termina siendo como de la familia, y el verle allí
subido me dio como un cierto orgullo mezclado con un gran alivio por
saberle vivo, ya que arrastraba un poso de mala conciencia desde que
lo abandoné a su suerte como se lleva a un perro viejo a la perrera
a morir eutanasiado en lugar de cuidarle lo que le queden de vida en
justa reciprocidad por la fidelidad que siempre nos demostró,
aunque, si he de ser sincero, mi coche fiel, fiel, lo que se dice
fiel no puede decirse que hubiera sido. Me dejaba tirado cuando le
venia en gana y le parecía bien sin importarle si estábamos en vía
transitable o paraje desolado, para que los de las grúas me
sangraran a base de bien por llevarlo al taller más lejano que
conocieran. Los coche son como los melones, que unos te salen buenos
y otros no. Éste era de los que no, y estaba lleno de achaques. Sólo
me fue fiel los años que, como he dicho, lo tuve aparcado como
pisito de soltero. No se movía del sitio que le había asignado la
providencia ni para ir a mear y acompañaba con rítmicos vaivenes
chirriantes los movimientos peristálticos, digo espasmódicos,
propios de las actividades que en su interior llevaba a cabo
normalmente acompañado de personas del sexo enemigo, digo contrario.
También me
reconcomía que había dejado olvidada en la guantera siniestrada la
mariconera con mi maravillosa colección de casetes de los Chichos,
alguna de ellas originales, que eran uña y carne con mi coche cuando
ponía el radiocasete a toda caña echando chispas y watios por los
cuatro costados, acompañando la percusión con palmetones de mi
callosa mano izquierda contra la chapa de por fuera de la puerta que
retumbaban como subwoofers endemoniados.
Pero más que
las casetes de los Chichos, que al fin y al cabo podía volver a
reunir en cualquier gasolinera venida a menos, lo que más me dolía
haber perdido era una casete con una grabación pirata del Tubular
Bells que me había hecho mi camellito, y a pesar de todo amigo, "el
Pelanas", que en paz descanse si es que puede, grabando a pelo
del tocadiscos al radiocasete, en la que se oían en los momentos
álgidos, no sólo los aullidos originales del disco, sino los del
propio Pelanas en evidente estado alterado de la conciencia, llegando
al éxtasis satánico con sus propios aullidos y jadeos guturales.
Era una auténtica joya única en su género, una maqueta original,
la cual merecía un lugar en los altares de la música underground,
así que decidí que tenía que hacer lo que fuera para recuperarla.
Había por
allí un individuo, por llamarle de alguna manera, con aspecto de
damnificado de algún tipo de escape radioactivo o vertido de
residuos químicos, que parecía como el encargado de aquello.
Intenté establecer contacto verbal con él pero sin éxito, ya que
hablaba un extraño idioma lleno de chasquidos tipo bosquimano
tartamudo al tiempo que daba unos horribles sorbetones nasales que
hacían de todo punto imposible una comunicación fluida. Bueno, ni
fluida ni de ningún otro tipo. Yo le preguntaba si por casualidad no
habrían encontrado ese coche que tenían allí arriba una mariconera
con casetes, y el tipo ponía cara de pez reseco y emitía sonidos a
cual más desagradable cuyo significado me era absolutamente
imposible averiguar. Finalmente, viendo que era inútil todo intento
de entendimiento entre nosotros le pregunté a voces por la prisión,
y poniendo cara toda guiñada como de saber del tema, y mientras
mascullaba algo así como una letanía del rosario de la aurora en
trebujeño, me señaló hacia el campo con un dedo índice en forma
de gancho, con lo cual no sabía si seguir la dirección de la punta
del dedo o la del resto del mismo. Oteé el horizonte y en lontananza
se divisaba entre la calima una inequívoca torre de vigilancia
penitenciaria que me sacó de dudas y hacia allí encaminé mis pasos
por una carretera solitaria y polvorienta orlada de cardos pasados de
fecha. Las prisiones no son lugares agradables. Ni siquiera éstas
tan modernas con todos los adelantos. Nada más ver esos muros
altísimos de cemento llenos de alambres con pinchos por arriba se te
encoge el alma. Tuve suerte, era sábado, día de visita. Me hice
pasar por pariente del profesor para que me dejaran verle, y allí
estaba el tipo, más pirao que de costumbre, con todos los pelos
espurriaos de forma multidireccional. Parecía talmente el Einstein
ése.
-jJarrison!-
Me dijo en tono trascendente- Tenemos entre manos el mayor
descubrimiento dela humanidad desde que se inventó el bolígrafo
Bic, ¡La inmortalidad! Tienes que conseguir ese sarcófago cueste lo
que cueste. Según mis averiguaciones está oculto en el templo de
Hera en el golfo de Corinto, en el Peloponeso.
-¿Que ponga
qué?- Ese hombre usaba siempre palabras raras mal pronunciadas, era
difícil entenderle.
-Yo no le he
dicho que ponga nada.- Entre que no estábamos ninguno muy lúcidos
precisamente, y que no se oía de la misa la mitá, a través de
aquel telefonillo de mierda, no me estaba enterando de nada. El
profesor, por mi cara de lechuguino debió percatarse de mi escasez
de conocimientos y con voz condescendiente me aclaró que tenía que
ir a Grecia.
-No, si yo
encantado, pero ya me dirá usted de donde saco la pasta para el
viaje.- objeté algo molesto ya de mi falta de emolumentos.
-Mire, ahora
le paso con el vigilante unos papeles donde lo pone todo, y le
escribo por detrás el número de teléfono de mi colega Hans. Dígale
de mi parte que le dé lo que le haga falta, que no repare en gastos.
-¿Bueno, y
usted tiene para mucho tiempo aquí dentro?
-Y quien lo
sabe! Esto de la justicia es cosa de mucha risa, aquí dentro ninguno
hemos sido condenados todavía. Sólo
te dan permisos o la condicional cuando te condenan. Es el mundo al
revés. Yo estaré aquí prisionero mientras su señorita el Juez
piense que si me suelta se lo comen los periódicos y las teles.
Cuando tengan otro tema del que hablar en los telediarios y se
olviden un rato de la cosa pornografía infantil en internet me
sueltan.
-¿Pero
usted ha hecho algo?
-Nada,
nada malo creo, lo que pasa es que vecinos locos denunciáronme por
brujo y policía requisome cintas de vídeo con imágenes obtenidas
de cerebros de muertos y uno de ellos de un profesor de colegio de
curas de Zamora de los años cuarenta. Ya puede imaginarse lo que
allí había. Parece que a aquel tipo le gustaban los niños más que
comer con los dedos. Como además le envié las grabaciones a un
colega por email, pues blanco y en botella.
-¿Y
no tiene usted un abogado que le defienda?
-¿Abogado?
¡Ah, si! Me han puesto uno de oficio que mira para otro sitio cuando
yo le hablo, y les cuenta chistes de chorizos a los policías. No
quiere saber nada de mí. Si conoce usted un buen abogado que sea de
fiar, dígale que venga a verme.
-Hombre,
los abogados, por definición no son mucho de fiar...
-No,
no necesito que me fíe mucho, algo de cash tengo y el resto ya se lo
pagaré cuando tengamos el sarcófago.
-Pues
la verdad es que no conozco ningún abogado, ni de fiar, ni que fíe,
ni de nada. Procuro mantenerme lejos de ellos. Me dan mucho miedo.
-Bueno,
no worries, aquí se está bien. Digo yo que al final se cansarán de
darme de comer a diario y me soltarán.
-
Ok, pues me voy a Grecia. Cuando vuelva vendré a verle.
-Llama
antes por si he salido a algún recado- Dijo riendo su ocurrencia.
La
verdad es que el tío tenía un sentido del humor a prueba de bombas.
Salí
de allí y en lugar de esperar el autobús que pasa de uvas a peras a
recoger al personal que ha ido a visitar familiares, me eché a andar
por la carreterucha hasta el desguace donde estaba mi ex-coche, para
ver si había alguien con quien me pudiera entender. No iba a volver
a Madrid sin intentar recuperar mis casetes.
Por
el camino iba yo entregado a mis ensoñaciones. Me veía en una playa
nudista griega con un par de macizas aborígenes de perfiles
angulosos y rizado pelo color negro azabache en cabeza, axilas y
pubis, y yo en medio palmeando con un arte que no se pué aguantar la
memorable canción de los Chichos "Vete, me has hecho daño",
con el tanga verde fosforito de Borat que me entró de regalo en un
sobre sorpresa que gané tirando al blanco en las fiestas de Sanse y
que todavía no me había atrevido a estrenar aunque me lo había
puesto en muchas ocasiones para hacer posturitas delante del espejo
del baño, aunque por más que guiñaba los ojos no había forma de
verme bruñido, bronceado, y lleno de músculos vibrantes, como me
gustaría.
Como
la distancia a recorrer no era pequeña se me fue haciendo de noche
por el camino. En esa época del año las tardes son cortas. El cielo
se puso rosa y malva, y contra él se recortaba la gloriosa silueta
en alto de mi querido coche bajo el cartel de El Hostión.
Cuando
llegué al cementerio de automóviles ya no había nadie por allí,
ni siquiera el hombre de naendertal con el que había intentado sin
éxito establecer comunicación anteriormente. Ya se sabe que los
neandertales y los cromañones de nunca nos hemos entendido muy bien.
Llamé un poco por aquí y por allá con el consabido "¡Oiga!"
pero nadie contestó salvo un perro casposo que con voz afónica se
puso a ladrar para molestar un poco, pero detrás de la valla de
alambre, por lo que no podía salir a devorarme como en un primer
momento había temido. Entristecido ante la imposibilidad de intentar
recuperar mis casetes ya iba a marcharme cuando se me ocurrió la
feliz idea de trepar por los hierros hasta mi coche. No parecía muy
difícil y al fin y al cabo a mí, cuando era pequeño, en el cole,
me llamaban el mono porque trepaba de puta madre a los árboles.
Siempre me tocaba subir a por los balones que se quedaban encajados
entre las ramas. Así que, ni corto ni perezoso, me puse a ello y
cuando me quise dar cuenta estaba a varios metros del suelo abrazado
como un desesperado a un tubo de hierro sin poder seguir subiendo ni
bajar. Encima el hijo puta del perro afónico ladraba sin parar como
un poseso lanzándose una y otra vez contra la valla de alambres que
amenazaba con caer de un momento a otro. La verdad es que el coche
estaba mucho más alto de lo que a primera vista me había parecido,
y entre los kilitos de más y la falta de entrenamiento los brazos no
me respondían como hubiera sido menester. Además el vértigo vino a
erosionar mi presencia de ánimo, me dio un tembleque que era cosa de
verse y me puse a sudar como un pollo, y con las manos mojadas me
empecé resbalar. Decidí bajar lentamente antes de que terminara por
caerme y darme un hostión del que con seguridad no saldría nada
bien parado, sobre todo teniendo en cuenta que los hierros que
sujetaban el cartel y el coche estaban cimentados sobre un enorme
bloque de hormigón semienterrado contra el que habría de
espachurrarme yo si caía, pero al intentar maniobrar para comenzar
el descenso se me cayó un zapato. Oye, fue verlo caer el perro
asmático y de un alucinante salto al estilo Fósbury pasó por
encima de la alambrada, lo agarró al vuelo y con unos gruñidos
espantosos, sin más preámbulos, alli mismo lo devoró por completo.
No dejó ni los rabos, tú. Luego, cuando terminó de relamerse se
puso justo debajo de mí con las patas delanteras apoyadas en el tubo
de hierro por el que tenía que bajar y empezó de nuevo a ladrar,
pero ahora con un tonillo de alguien que sabe que tiene la batalla
ganada y que solamente tiene que esperar a que el enemigo caiga en
sus fauces. Y por cierto, vistas desde mi posición las mencionadas
fauces eran de tal calibre que de caer en su radio de acción a buen
seguro que también darían cuenta de mi persona en un visto y no
visto. ¡Menudos colmillos calzaba el susodicho! Dicen que el miedo
da alas, y no saben cuanta razón tienen. Fue ver aquellos colmillos
esperándome abajo e imaginármelos clavados en mis pobres posaderas
y, como Popeye al comer espinacas, saqué fuerzas de flaqueza
suficientes para trepar a toda leche hacia arriba sin mirar atrás
hasta la plataforma sobre la que estaba mi querido coche. Me quedé
allí taquicárdico perdido y asfixiado por el enorme esfuerzo pero
feliz de haber escapado de la amenaza inmediata y de haber comprobado
que aún guardaba casi intactas mis facultades trepadoras. Ya se sabe
que quien tuvo retuvo. Cuando recuperé el resuello, lo cual tardó
bastante rato en ocurrir, ya casi era noche cerrada y solamente la
tenue luz de un farolillo cutre que había en las cercanías
iluminaba a duras penas lo suficiente para ver que el perro, aunque
ya sin ladrar, había decidido montar guardia al pie de mi atalaya
pensando seguramente que todo lo que sube baja. Como perro viejo era
todo sabiduría y paciencia. Esos son los peores. Caminando con mucho
cuidado sobre hierros mal soldados para no caerme, porque aquella
estructura era una chapuza auténtica, seguramente construida por el
hombre de neandertal ése, y se movía con crujidos amenazantes a
cada paso que daba, llegué hasta el coche, abrí la puerta me metí
dentro a rebuscar lo que me había traído hasta allí, mis casetes,
pero como la luz del farolillo venía de abajo, dentro del coche no
se veía tres en un burro, además olía a podrido que te cagas.
Pensé que el gazpacho manchego habría alcanzado con el tiempo y la
solanera que debía hacer por esos lares en verano, un nuevo estado
de la materia y se había convertido en gaseoso. Bajé la ventanilla
para ventilar, que ya se sabe que no es bueno para los pulmones
respirar gases con metales pesados, operación que me resultó harto
difícil debido a que la manivela se salia del eje, achaque que le
venía de lejos según podía recordar. Saqué la cabeza fuera para
tomar aire y luego, aguantando la respiración, hurgué con ciertos
reparos en la guantera, dentro de la cual había pétreas
estalagtitas de gazpacho manchego regurgitado, pero no estaba la
mariconera de mis amores. Entonces tuve un arranque de memoria y
recordé que a veces la guardaba debajo del asiento. Tanteando a
ciegas entre objetos de difícil identificación, aunque por su tacto
a tela reseca, arrugada y acartonada diríase que podrían tratarse
de calcetines, calzoncillos, bragas o demás prendas de mal vivir. Di
por fin con algo que tenía todas las trazas de ser mi muy amada
mariconera, pero se había quedado como tiesa y revenida, como se
quedan los restos de un perro atropellado en la cuneta con el paso
del tiempo, por lo que no podía sacarla con facilidad, y al tirar de
ella se me enganchó en los alambres y resortes que hay por ahí
abajo. Forcejeé con furia, ya al borde de la asfixia, y terminé por
derrotar al enemigo, y sacar al conejo fiambre de la madriguera como
los magos lo hacen de las chisteras ¡Tatachán! Ahí estaba. ¡Menudo
alegrón, macho! Me asomé de nuevo a respirar y a comprobar a la luz
del farolillo si dentro estaban mis casetes, pero sea por los
nervios o de puro gilipollas que soy, al ir a abrir la cremallera,
como estaba atorada total, pegué un tirón y mi querida mariconera
salió despedida de mis manos soltando una tras otra mis queridas
casetes en una elegante parábola hacia el espacio exterior,
dejándome con cara de idiota y con el cabezal de la cremallera
cogido entre los dedos. El perro que lo vio saltó de nuevo y, con su
proverbial habilidad, la cogió al vuelo.
-¡Como te la
comas te capo! - Le grité fuera ya de mis casillas ante tanta
desgracia, pero al parecer lo de caparle ya llegaba tarde, alguien se
me había adelantado, y dicha amenaza no le hizo mella alguna, no
obstante tampoco tenía intención de comérsela, con ella en la boca
se encaminó hacia sus dominios entre los coches amontonados
seguramente para esconderla, para hacerla propia.
-¡Eh,
chorizo, deja eso ahí ahora mismo!-Le gritaba yo desesperado, pero
él haciendo caso omiso de mis amenazas siguió su camino, y al pasar
cerca del farolillo paró un momento para echar una meadita, yo diría
que para regodearse en la victoria, para dejar una placa
conmemorativa como prueba de su triunfo, como hacen los alcaldes para
dejar huella de sus desmanes, pero el karma es sabio y quiso que las
cosas no quedaran así. Súbitamente un chispazo terrible saltó
desde la base del farolillo al perro a través del chorrillo,
iluminándolo como si se tratara de un tubo fluorescente en peligro
de ignición. El animal pegó un grito agudísimo, como el chirrido
de los frenos de un carricoche de helados, y cayó al suelo
revolcándose como un loco, contorsionándose desesperadamente y
lamiéndose con fruición las partes afectadas por la descarga, y hay
que reconocer que demostraba una larga experiencia en dicha sana
habilidad, hay cosas en las que evidentemente los perros nos
aventajan.
Simultáneamente
a todo ello sonó un zumbido a mi alrededor como de condensadores o
transformadores eléctricos volviendo a la vida tras un largo
letargo, y de pronto una enorme bocanada de parpadeante luz roja lo
inundó todo. Era el cartel anunciador en el que ponía "EI
Hostión" que al parecer de alguna manera interactuaba con el
circuito del farolillo, y al fundirse algo en éste, se encendió
como por arte de magia.
Gracias a
esta nueva iluminación pude ver que mi mariconera yacía cerca del
farolillo, el animal bastante tenía ahora con lo suyo que no paraba
de lamerse, y que tenía todo el aspecto de una morcilla de Burgos en
avanzado estado de carbonización, despidiendo un humillo grisáceo
que ponía los pelos de punta. Hasta mí llegaba el olor a barbacoa
pasada de vueltas. A la vista del inesperado giro que habían dado
los acontecimientos decidí intentar la bajada aprovechando la
oportunidad, hacerme con mis casetes y abrirme de allí, pero al ir a
abrir la puerta para salir me di un susto de muerte, en el asiento
del acompañante había un fiambre ya en los huesos, con la calavera
sonriendo y los restos de un pitillo entre los dientes, e incluso
diría que tenía los pantalones medio bajados y una mano posada
donde en otro tiempo debieron estar sus partes nobles, que, como todo
lo efimero y bello, al carecer de hueso habíanse disuelto en el
devenir de los tiempos. Hasta ese momento no lo había visto debido a
la poca luz y a que el asiento estaba reclinado todo lo que daba que
era mucho porque ya me había yo encargado en su momento de apañarlo
para el uso principal para el que fue concebido. Fue tal la impresión
que dejé escapar un alarido, pero como no tenía costumbre me salió
francamente ridículo, sonó algo así como los lloriqueos del Flaco,
el del Gordo y el Flaco. Intenté salir cagando virutas de allí pero
la puerta, como tenía por costumbre, se negaba a abrirse, y tanto
tiré de la manija que me quedé con ella en la mano, aquello, unido
al olor nauseabundo que ahora ya sabía de donde salía, a los
aullidos lastimeros del perro y al parpadeo epiléptico de la luz
roja del anuncio que se iba y se venía, me hizo perder los nervios y
la cordura, si es que alguna vez la he tenido, y sin pensármelo dos
veces me encaramé para salir por la ventanilla que estaba a medio
bajar, y fueron tales mis movimientos histéricos de desesperación
incontrolada que estando con medio cuerpo ya fuera me dio un latigazo
en las lumbares de esos que te dejan la espalda doblada sin poder
moverte. Ya pensaba que no podían ocurrirme más desgracias juntas
cuando aquel entramado de cachos de hierro malamente soldados que
sujetaba el cartelón anunciador y mi querido coche, empezó a
oscilar y crujir más de lo conveniente, seguramente debido a mis
movimientos desesperados por huir de aquel esqueleto que me miraba
sonriente con sus enigmáticas gafas de sol y su pitillo
milagrosamente conservado. Poco a poco aquella estructura fue sonando
cada vez peor y bamboleándose con mayor amplitud de movimientos sin
que tuviera en absoluto visos ningunos de quedarse quieta, hasta que
finalmente los cables de hierro anclados al suelo que la sujetaban
empezaron a arrancarse de sus anclajes. Lo vi tan negro que, a pesar
del repelús que me causaba mi esquelético compañero, me dejé caer
de nuevo dentro del coche pensando que si íbamos al derrumbe total
allí estaría más protegido. Aún tardó en caer aquella mole,
aquel engendro de la ingeniería, que aguantaba crujiendo y gimiendo
más de lo que parecía lógico. Parecía que estuviera montado en
una atracción de feria, ahí dentro gritando como un energúmeno a
cada vaivén e iluminado por esa luz roja intermitente, hasta que al
fin, como era de esperar, todo se vino abajo con un enorme estrépito
de hierros retorcidos chirriando. Quise encomendarme a algún santo,
pero sólo me salia lo de San Cucufato los cojones te ato. Ya ves, el
cerebro nos juega esas malas pasadas, y cuando más lo necesitas te
gasta bromas pesadas. El caso es que me encomendé a San Cucufato,
qué remedio, repitiendo a toda prisa muchas veces el versito de
marras y quien sabe si fue por eso, que haberlas haylas, el caso es
que cuando todo acabó yo seguía vivo. Incluso ya ni me dolía la
espalda. Tenía heridas y golpes por todo el cuerpo pero estaba de
una pieza. Prometí ir en pegrinación a donde fuera que estuviera
San Cucufato de cuerpo presente a besarle los cojones. Estaba
totalmente cubierto de huesos de mi pobre acompañante que no había
tenido tanta suerte como yo y se había desguazado por completo. ¿Y
te puedes creer que estando ahí, haciendo recuento de mis órganos
por hacer balance de cuantos estaban enteros y cuantos reventados,
oigo a mi lado un gemidillo lastimero y me veo allí al perro
hijoputa totalmente arrepentido de sus actos, orejas gachas,
mirándome con cara de suplicar perdón, con mi mariconera en la boca
para devolvérmela? Entre el achicharramiento del pito y la
destrucción de su hábitat creería que yo era una especie de dios
que había descargado mi ira sobre él. Así que en un gesto de
magnanimidad divina, acaricié la cabeza del pobre animal acojonado,
el cual ronroneó como un gato e intentó a la recíproca lamerme la
mano que por supuesto retiré con aprehensión, pero llegados a ese
grado de intimidad me permití obsequiarle con un hueso de mi
desmembrado anónimo acompañante. Y de darle un subidón de síndrome
de Estocolmo y decidido a no separarse de mi lo que le quedara de su
perra vida, dio un salto y se coló por la ventanilla acomodándose
en el asiento que mi desperdigado huesudo acompañante no parecía ya
necesitar. Pero el destino, que como tengo dicho hasta la saciedad es
caprichoso y voluble, quiso que el hermoso equilibrio, que se mantuvo
durante la escena de encuentro entre especies que protagonizamos el
perro y un servidor, se rompiera cuando aquél se metió en el coche,
debido, seguramente, a que|el umbral de peso había con ello
sobrepasado alguna especie de límite, por lo que empezamos a caer
marcha atrás por un largo terraplén pedregoso dirigiéndonos
inexorablemente hacia una profunda y oscura grieta que, para jodernos
bien jodidos, había sido allí colocada por la dichosa providencia y
que mucho me temía que acabara en los mismísimos infiernos.
Haciendo gala de mi cuya provervial capacidad para tomar decisiones
erróneas en los momentos más críticos, y debido también, porqué
no decirlo, a mi falta de práctica reciente en las lides
automovilísticas, pisé como un desesperado el pedal del embrague
creyéndolo el del freno,y aquél engendro de satanás se lanzó a
tumba abierta, la mía para ser exactos, que a los perros les basta y
les sobra como última morada con una triste cuneta, pegando botes y
chirriando malamente a cada volantazo que daba a derecha e izquierda
intentando enderezar la marcha hacia cualquier otro lugar que no
fuera la horrible sima que parecía abrir sus fauces deleitándose
con la esperanza de deglutirnos cruelmente. Pero ya se sabe que en
yendo marcha atrás, cuando tuerces el volante para un lado, el
vehículo, para tu sorpresa, lo hace para el otro, misterios de la
ciencia recreativa, el caso es que hiciera lo que hiciera continuaba
mi inexorable marcha hacia el abismo como atraído por éste, igual
que cuando aprendía a montar en bici siempre iba enfilado sin
poderlo evitar hacia el único árbol que había en la praderona
donde practicaba, hasta terminar invariablemente hostiándome contra
él.
A mi lado el
perro aullaba como un lobo afónico seguramente sintiendo renacer sus
más selváticos instintos ancestrales gracias al salvaje olor a
adrenalina reinante en el ambiente. Al darme cuenta de que aquél no
era el pedal correcto dejé de apretarlo con la intención de pisar
algún otro que por allí hubiera ,movido por la lejana esperanza de
acertar con el del freno, y al hacerlo, el motor, exhalando un
espantoso sonido de engranajes agonizando, se embragó, con perdón
de la expresión, y milagrosamente se puso en marcha, lo cual, lejos
de solucionar mi situación la empeoró, al acelerarse, gracias al
concurso del motor, la marcha hacia la oscura muerte que
pacientemente nos esperaba. Aturdido, tiré del freno de mano y, como
era de esperar, arranqué la palanca. Estaba de Dios que nos
hostiáramos ya mismo y muy malamente. Ya se sabe que Dios y las
hostias tienen una extraña relación y no hay uno sin la otra y
viceversa. Bueno, no recuerdo bien cual era la historia, pero algo
había entre las hostias y Dios. No obstante, afortunadamente no sólo
Dios decide en este jodido mundo, a veces hay otros factores mas
prosaicos que toman cartas en el asunto, y cuando, como en las pelis
de Indiana Jones, ya estábamos al borde del abismo, mi canoso
acompañante, como si supiera de la cosa de conducir más que yo
mismo, lo cual no era muy difícil dicho sea de paso, empujó con su
patita la palanca de cambios, de cuya existencia hasta ese momento no
me había acordado, y sonando un ruido como de mil engranajes
jodiéndose a perpetuidad metió la primera, lo cual refrenó nuestra
marcha hacia atrás bruscamente. Ebrio de emoción por la posible
victoria de los buenos en aquella película me armé de valor y
raciocino y en un alarde de control de la situación, cosa extraña
en mí, apreté el pedal del acelerador, y como cosa de magia mi
maravilloso Chrysler 150, bufando como una fiera enronquecida, se
lanzó hacia adelante haciendo ruedas y dando botes y tumbos y
rompiendo la quietud de la noche a escape libre con un porropompero
atronador. Nos habíamos salvado del barranco, pero ahora no había
dios que pudiera parar a aquella fiera fuera de sí. Parecía como si
durante todos esos años en el dique seco hubiera acumulado un feroz
furor uterino, como un trapense el día que decide colgar los hábitos
y los calzoncillos, y que en lugar de haberse quedado atrofiado había
acumulado gasolina gota a gota para ese momento. Entonces recordé
que uno de los motivos por los que dejé de usarlo es que se le
quedaba encajado el pedal del acelerador en los momentos más
inoportunos. Y eso era lo que pasaba, íbamos en primera, a oscuras y
con el motor a todo lo que daba sin poderlo remediar. A mi lado el
perro seguía aullando. Los huesos del fiambre se esparcían más y
más a cada bote. De alguna manera tenía que acabar aquéllo. No iba
a durar eternamente ese viaje en montaña rusa, así que de pronto
nos vimos unos faros enormes de frente y oímos un atronador bocinazo
de un camión de cuatro ejes con un mastodóntico remolque de esos
marca Fruehauff o algo así que, vaya usted a saber por qué,
circulaba a toda hostia por la diminuta carretera secundaria del tres
al cuarto que habíamos terminado por invadir alevosamente. Los
acontecimientos se precipitaron, y el camión también. Por
esquivarnos perdió el control de su vida, y saliéndose de su camino
natural se empotró en un enorme muro que por allí andaba a lo suyo.
Se armó un tremendo revuelo de sirenas y focos. Resultó que el muro
era el de la prisión, y por el boquete empezaron a salir una manta
de presos que no te puedes hacer idea. Las criaturas iban gritando de
alegría que era cosa digna de verse. Se oían voces de alto y tiros
por todos los lados. Ya se sabe, cosas de la guardia civil que tiene
esas costumbres. Y allí en medio estábamos el perro, el coche y yo,
testigos mudo de la movida, con el coche al ralentí en la cuneta
porque del susto el acelerador se le había desencajado. Y,
casualidades de la vida, de pronto oigo a mi lado la inconfundible
voz del sabio profesor Lindsakar que con una exquisita educación
decía:
-Por favor
caballero. ¿Sería usted tan amable de llevarme a la ciudad? Es que
a esta horas no pasan autobuses y ...
-¡Pero
hombre, profesor, si soy yo! ¿No me conoce? ¡Suba, suba!- le dije
emocionado.
Así que
subió al coche, y con él un extraño individuo mudo que le
acompañaba.
-Le presento
a mi compa de celda. Se llama camarada no se qué, es un tío legal.
Y no te lo
vas a creer, ¿sabes quién era? Pues nada más y nada menos que el
Chepas, el mismo que viste y calza. Salimos de allí a toda pastilla,
mis pies y mis manos ya se habían calentado y habían recuperado
como por ensalmo su afamada habilidad para manejar aquella bestia
mecánica. No todo el mundo era capaz de conducir como yo lo hacía
un Chrysler 150 como si fuera un Mini de los de la peli "Un
Trabajo en Italia". Atravesamos descampados sorteando ex
convictos que corrían alegremente a su libre albedrío disfrutando
su recientemente ganada libertad. Desde el asiento de atrás el
Chepas me dijo con su inconfundible y cavernosa voz:
-Camarada
Jarri, en nombre de la clase proletaria le agradezco este asalto al
palacio de invierno que acaba de perpetrar para liberarme del yugo
opresor del estado burgués, no desaprovecharé su arriesgada gesta,
y me pondré a la cabeza de esta gloriosa revolución que hoy
comienza.
Emocionado
con sus palabras iba a contestarle algo a la altura de las mismas,
pero no suelo dar la talla cuando la historicidad del momento lo
requiere, así que solo acerté a decir.
-De nada
camarada Chepas, a mandar que para eso estamos.
Entonces se
puso a roer curruscos de pan. El hijoputa se había llevado de la
prisión un saco de pan duro que había junto a los contenedores de
basuras pegados al muro y se estaba poniendo las botas.
Y cuando
pasábamos junto a un grupo de presos fugados que se escondían tras
una montaña de escombros el Chepas bajó la ventanilla y puño en
alto se puso a cantar "A las Barricadas" a todo pulmón, y
del esfuerzo se le fueron por mal camino las migas resecas que estaba
masticando y le dio un ataque de tos que por poco no lo cuenta, y que
nos dejó los cogotes y el parabrisas por dentro como de gotelé
amarillento.
Al llegar a
la autovía nos perseguía un Jeep de la Guardia Civil aullando como
un descosido, y entre los nervios de la situación y que no
llevábamos luces porque no era capaz de recordar cual era la
posición adecuada de la maneta, la cogimos a contrapelo. No quieras
saber que difícil es conducir en dirección contraria. Deberían
prepararnos para ello en las autoescuelas. Todos los coches nos daban
las largas y pasaban a derecha o izquierda pitando como energúmenos.
Y entre que por delante no se veía casi nada por el gotelé de pan
duro y por detrás el Chrysler estaba empezando a echar un humo negro
y espeso, debido seguramente a que le había cambiado el metabolismo,
íbamos a la deriva dando bandazos de acá para allá, mientras por
la otra calzada nos hacía aspavientos el guardia civil que conducía
el Jeep en paralelo a nosotros, mientras su acompañante nos miraba
malamente sacándole brillo a su fusil y sujetando con la boca un
cartucho que iba a meter dentro para descerrajarnos un tiro a
bocajarro. Estaba claro que pintaban bastos.
En eso el
Chepas dice:
-Atención
camaradas, estamos entre Pinto y Valdemoro, esto es tierra de nadie,
zona franca, aquí no tiene jurisdicción ni la Santa Inquisición,
párate allí.- Y señaló un viejo motel gasolinera que parecía
abandonado.
-Como me pare
nos trincan fijo y nos cae la perpetua- dije yo intentando poner algo
de sensatez sobre la mesa.
-Hágale
caso- dijo el profesor- más sabe el diablo por viejo que por diablo.
Miré al
perro y se encogió de hombros, el muy cabrón me acababa de jurar
fidelidad eterna y a la primera de cambio me traicionaba abrazándose
cobardemente a la mayoría, así que reconociendo democráticamente
que me encontraba en minoría absoluta me eché a un lado y paré el
coche delante del motel.
La Guardia
Civil paró al otro lado de la autovía y con el altavoz nos
conminaba a salir del coche y entregarnos bajo amenaza de abrir
fuego.
-Ni puto
caso-dijo el Chepas- es un farol. No pueden hacernos nada.
Entonces
empezaron a llegar más coches y furgonetas de la Guardia Civil y de
la policía Nacional por todos los lados, con tan mala fortuna de que
con las prisas entre ellos hubo varios hostiones, que produjeron el
incendio de algunos de los vehículos, incendio que se iba
contagiando de unos a otros. En el revuelo hubo incluso hostias entre
miembros de uno y otro cuerpo acusándose mutuamente de haber sido
los causantes de las colisiones y mientras tanto, los cartuchos de
lanzar balas de goma y botes de humo que llevaban dentro de las
furgonetas, con el fuego empezaron a dispararse solos. Menudo
espectáculo digno de la loca academia de policía de la Warner, que
por cierto estaba allí al lado. Desde un paso elevado la gente de
Pinto y desde el otro la gente de Valdemoro vitoreaban alborozados al
ver a las fuerzas y miembros de seguridad del estado correr
despavoridos por la autovía perseguidos por botes de humo y balas de
goma como si fueran los buscapiés valencianos de las fallas.
-Bueno,
señores, sé que el espectáculo lo merece, pero no tenemos toda la
noche- nos dijo el Chepas. Así que recogimos cada uno nuestras
cosas, yo cogí los papeles del Profesor y mis casetes que estaban
desperdigadas por el coche, las metí de nuevo en la mariconera y se
la di a llevar al perrillo, y le vi brillar los ojos de emoción ante
tal prueba de confianza. Luego nos abrimos de allí los cuatro.
-Lo
importante- nos dijo el chepas-caminar por este riachuelo sin sacar
los pies del agua. Mientras estemos dentro no nos alcanza
jurisdicción ninguna.
Y así fue
como en medio de la noche nos metimos siguiendo el riachuelo entre
vertederos de escombros y polígonos industriales, aplaudidos por los
ciudadanos que iban congregándose a uno y otro lado del riachuelo
dándonos bocatas y cervezas, y mientras el Chepas recitaba en verso
con su tronante voz el famoso cuento del borracho que saltaba de un
lado a otro del río diciendo ahora estoy en Pinto, ahora estoy en
Valdemoro, la gente que nos acompañaba iba también saltando
alegremente de lado a lado para finalmente tirarse al rio diciendo a
coro "ahora estoy entre Pinto y Valdemoro", tras lo cual
irrumpían en fuertes aplausos y risas.
Fueron
momentos hermosos. El Chepas tenía los ojos brillantes por la
emoción.
-Es la
Revolución, amigo- me decía de cuando en cuando. Y a todo esto la
poli seguía a lo suyo en la autovía, así que al llegar a un
carretera donde el riachuelo desaparecía dentro de un tubo de
alcantarilla, viendo que había allí una marquesina donde paraban
las camionetas para Madrid, nos sentamos a comernos los bocatas con
los que el pueblo nos había obsequiado a esperar que pasara alguna,
y mientras allí estábamos a lo nuestro el Chepas saludaba puño en
alto a los viandantes que se acercaban a darnos hamburguesas y
coca-colas de un McDonalds cercano y les daba a cada uno mendrugo de
pan duro de su saco diciéndoles "Salud camarada, cada uno da de
lo que tiene", "Socialismo o muerte", dejándoles, la
verdad, poco convencidos de la conveniencia de tan desigual trueque,
al contrario que nuestro querido perro, que devoraba BigMacs como un
bendito, y hasta sabía sorber la coca-cola por la pajita.
Finalmente
llegó nuestro autobús y nos subimos, cargados con las bolsas de
hamburguesas que quedaban, y el conductor, al ver al Chepas se cuadró
diciendo "a sus órdenes, comandante". El Chepas le saludó
militarmente diciendo "camarada conductor, llévanos a Madrid".
Dicho y
hecho, el autobusero nos llevó del tirón sin parar en ninguna
parada más hasta el final de la línea en Embajadores, pero a
petición del chepas nos acercó a Atocha.
Como
obviamente el Profesor no podía volver a su casa y el Chepas tres
cuartos de lo mismo yo les dije de venirse a mi piso, pero éste me
dijo que mejor se iban los dos a un piso franco de un
excorreligionario suyo de su etapa troskista que estaba por esa zona,
así que nos despedimos diciéndome el profesor que me leyera los
papeles que me había pasado y que él llamaría a su colega Hans
para que nos subvencionara el viaje a Grecia, y ya cuando me iba me
acordé de que tenía la libreta del tal Aleksander y se lo dije. Así
que nos metimos en un bar a tomar unas cañas y él se puso sus gafas
de leer, que estaban que daba pena y no debía ver con ellas tres en
un burro, y lo que son los sabios, en un momento le pilló el
tranquilo y no sé que coño hizo pero de pronto en la libreta se
escribió solo una especie de diario con montones de gráficos,
fórmulas, planos y cosas incomprensibles de similar calibre.
-Interesante,
hum, muy interesante- decía- Esto lo cambia todo.
-¿Pero qué
pone?- pregunté impaciente.
-Tengo que
estudiarlo a fondo, ya le contaré. De momento dejamos en suspenso el
viaje a Grecia.
-Pues vaya
putada, mi gozo en un pozo, con la ilusión que me hacía- le dije.
-Señor
Járrison- me contestó- no estamos aquí para nuestro solaz y
esparcimiento, sino para desentrañar unos de los mayores misterios
de la humanidad.
-Y para
conseguir una sociedad sin clases- apostilló el Chepas.
Así que con
el rabo entre las piernas arramblé con un par de generosas bolsas
del McDonalds para curar mis penas, nos despedimos y nos fuimos el
perrillo y yo para mi casa dispuestos a lamernos mutuamente las
heridas y ponernos ciegos de hamburguesas oyendo el Tubular Bells a
todo meter y a mirar los papeles que me había dado el Profesor en la
secreta e inconfesable esperanza de que en ellos hubiera imágenes
eróticas de esas que sacaba de los cerebros antiguos, imágenes de
cabareteras como la Fornarina y otras por el estilo que me ponen
cantidad.

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