Cap.10: El Bar del Moro

Capítulo 10: El Bar del Moro

Mi coche

         En los días siguientes traté de quedar con Celine pero por hache o por be siempre rechazaba los planes que yo proponía. Empecé a sospechar que mis sutiles intentos de llevarla al huerto no eran para ella tan sutiles. Ya se sabe que las mujeres tienen un sexto sentido que utilizan con pericia para detectar intentos de infringir el sexto mandamiento con ellas. Sin embargo cuando quieren chascan los dedos y allá que vamos nosotros como perrillos tras la pelota de tenis. Me gustaría ser un castigador como el Pichi de la Verbena de La Paloma, pero yo creo que eso de que si te haces el duro vienen a ti como moscas a la miel le pasará a gente como Bogart, que nunca conoció a una mujer que no comprendiera lo que significa una bofetada en la boca o una bala del 45, pero lo que es yo, que tengo clarísimo lo que es que me den una bofetada en la boca, estoy seguro de que si le doy calabazas a una tía fijo que no vuelvo a verla el pelo.
Poco a poco la melancolía íbase adueñando de mi ánimo. Cuando volvía a casa sacaba la libreta, de la que no me separaba nunca, y la acariciaba como Aladino a su lámpara para ver el rostro sonriente de aquella mujer que me tenía loco por sus huesos, y sobre todo por sus carnes. ¡Que bien encajaría aquí esa frase que dice que a la vejez viruelas! Estaba yo enamorado como un adolescente. El amor no sabe de edades.
Tenía bastante olvidado el tema de la búsqueda del sarcófago de la inmortalidad. Al fin y al cabo, inconsciente de mí, pensaba como buen enamorado neófito, que de nada sirve ser inmortal si no encuentras a la mujer de tus sueños.
En ese impasse de perpetuo suspiro me hallaba cuando un buen día recibo una llamada del muy sabio profesor al que ya casi que daba yo por muerto y desguazado por la jauría de pirañas que a punto habían estado de acabar conmigo.
-iSeñor Járrison, supongo?- Me dijo con su perfecto acento guiri.
-Profesor, ¿donde está usted? Fui a buscarle a su laboratorio y por poco no me matan sus vecinos, menudos salvajes.
-Oh, vaya lo siento mucho, debe ser que están enfadados porque no pago las derramas. Bueno, escuche, yo estoy en la trena, enchironao como chorizo revilla. Parece ser que señoría suya acúsame de pederastía galopante internetiana. Yo creía que era por el contrabando de cerebros esponjiformes de vacas locas, pero no, esto es otra cosa.
-iPero, alma de dios! ¿Es que está usted metido en todos los fregaos?
-Aquello sí lo hice, pero era solamente por interés científico, para extraer imágenes de sus memorias, ya sabe. Es que estaban muy baratos, en cambio yo no sé nada de este rollo pederástico, pero señoría suya la jueza, va a piñón fijo y no hay dios que la meta en razón. Yo soy cabeza de turco que se come el marrón.
¡Joder como había mejorado el vocabulario de aquel tipo con unos días en el talego!
-¿Podría usted hacer el favor de venir a verme? Tengo que darle información confidencial en persona y unos documentos importantes. Estoy en la prisión que le dicen la del Bar del Moro,.
-¿Y eso por donde queda?
-No sé, me trajeron en furgoneto sin ventanillos, pensé que usted como es autóctono sabría donde queda, aquí todo el mundo parece conocerlo, debe ser famoso.
A mi eso de autóctono como que me sonaba a insulto, algo así como inculto, idiota o similar, como tonto que se hizo a sí mismo.
-jOiga, sin faltar, que uno no tenga estudios no significa que sea un ignorante!- le dije ofendido.
-Si, ya sé que es usted ignorante de todo, no se preocupe, cuando venga le pondré en antecedentes.
-jAh! ¿Es que ya tenia usted antecedentes? Pues entonces la cosa está chunga, no le van a dar la provisional ni de coña.- le dije para joderle porque ya me estaba tocando los cojones con su tonito de superioridad intelectual. Es que a mi los intelectuales, cuando se ponen pedantes me dan ganas de patearles el cogote.
En esas estábamos cuando sonó el pitidito ese que te avisa que o echas más pasta o se va a cortar la llamada por falta de monetario, cosa que efectivamente ocurrió.
Tras unos minutos de concentración llegué a la conclusión de que quizá podría enterarme de donde estaba el dichoso Bar del Moro, si era, como decía el profesor, realmente un establecimiento de renombre, mirando en la guía de restaurantes de mi mapa de carreteras, uno de esos de Cepsa que tenía un compendio cojonudo de establecimientos de hostelería de todas las ciudades. Recordé que estaba en una bolsa de plástico con las pocas cosas aprovechables que tenía en el coche cuando lo entregué para el desguace. Esa bolsa que es como la caja que se llevan los americanos cuando los despiden de la empresa y que guardas durante años sin saber para qué con un gato, un juego de bombillas obsoletas, un rascador del hielo de los cristales y cosas así.
Mi pobre coche que Dios tenga en su gloria en justo premio a los muchos años que me sirvió de picadero, pues por aquel entonces mi casa no era muy practicable para esos fines, ya que padecía las consecuencias de un síndrome de Diógenes galopante que me había poseído, y era de todo punto imposible subir allí con nadie con quien quisiera practicar el noble arte del galanteo previo al combate cuerpo a cuerpo propiamente dicho.
Incluso los últimos años de su vida este uso como picadero pasó a ser su única dedicación, ya que de su uso como medio de transporte hube de desistir debido a su incansable empeño en pillar todas las enfermedades mecánicas propias de los vehículos de edad avanzada, de las que únicamente podía sacarlo a base de pagar facturas de reparaciones a cual más espeluznantemente alta.
Hasta entonces yo no sabía que los coches tuvieran en sus entrañas tantas piezas susceptibles de joderse. Y las del mío tenían la desagradable costumbre de irse averiando una tras otra sin darme tiempo a reponer mi maltrecha economía, ni la generosidad de mis amigos, de los sucesivos hachazos.
El mapa estaba hecho jirones y muchas de las hojas pegadas entre sí con restos orgánicos regurgitados por una piba a la que no le sentó bien el gazpacho manchego que había confeccionado con mis propios muñones por lo de agasajarla para ver si pillaba cacho en compensación a mis desvelos, y que nos habíamos cenado en un tuperware dentro del coche, acompañado de una sidra El Mayador no lo suficientemente fría, más bien, bastante calentorra.
En honor a la verdad he de decir que nunca me ha salido bien el gazpacho manchego. No sé por qué me empeñaba siempre en hacerlo. Hay que echarle unos trozos como de galletas sosas para que se empapen y den consistencia al invento, pero a mí se me arrebuñan formando pelotas horrorosas de tragar y no te quiero contar los dolores de parto que sufría para deshacerme luego de ello por el conducto reglamentario. Además es una comida de las de tomar caliente por lo de la grasa y tal, y la verdad es que aquel día estaba frío y solidificado.
A pesar de todo la chica lo comió haciendo un esfuerzo titánico, ignoro el motivo, pero no se me ocurre otro que el puro y duro masoquismo, o que se hubiera criado en un orfanato tipo Oliver Twist. Así que, de forma harto temeraria, arrambló con una más que generosa ración de aquel, por qué no decirlo ya de una vez claramente y sin más tapujos, emplasto inmundo.
Al poco rato, me puse a hurgar en la guantera simulando buscar una casete de los Chichos, pero en realidad estaba rebuscando algún preservativo no muy quebradizo, porque casi todos estaban jodidos a causa del inhumano calor que produce el sol dentro de los coches, y aunque soy muy de aprovechar las cosas caducadas, en lo tocante a la profilaxis genital y a la paternidad responsable soy muy mirao, que tampoco es cosa de joderse la vida tal como está el patio, todo ello mientras, para despistar, disertaba citando a Oscar Wilde, tratando de convencerla de la importancia de echarse un casquete con una persona llamada Ernesto, que era como yo le había dicho que me llamaba, pues normalmente prefiero no dar mi nombre auténtico por lo que pueda pasar. Entonces ella empezó a ponerse verdosa y sin encomendarse a Dios ni al diablo, y lo que es peor, sin sacar la cabeza por la ventanilla, potó como potan los volcanes de los documentales de la hora de la siesta, llenándolo todo de magma anaranjado con consistencia similar a la del cemento que mana de las hormigoneras. Mira, he visto potadas, pero como aquella pocas. Parecía la de la niña del exorcista en versión manchega. Fue una erupción con forma de trompeta que lo impregnó absolutamente todo, entre otras cosas el contenido íntegro de la guantera donde guardaba el mapa origen de esta ya excesivamente larga divagación, cuya intención no era otra que la de dar cumplida explicación del motivo por el cual era tan lamentable su estado.
En honor a la verdad no es que mi coche fuera precisamente un dechado de limpieza, pero después de aquéllo quedó definitivamente inutilizado para ésta, como he dicho, en aquellos días su única utilidad y me vi finalmente obligado a darlo para el desguace pues fue del todo punto imposible arrancar de él aquel cemento petrificado y aquel olor a vomitona resistente a todo tipo de ambientadores y sustancias corrosivas con las que intenté erradicarlo, por lo que desde aquel aciago día no me comí una rosca pues las mujeres no lo pasaban por alto y, alegando cualquier estúpida excusa, salían huyendo de mi apestoso coche.
Y no te vayas creer que era una mierda de coche, era un puto Chrysler 150 cojonudo con radio casete Blue Sky Estéreo y un poco auto-reverse si le hostiabas con diligencia en el momento adecuado, y que las más de las veces no pillaba las cintas. Ahora, eso sí, si lo hacía ya te podías despedir de ellas porque no había dios que se las hiciera soltar sin que antes las destripara totalmente.
Bueno, pues a lo que iba, cogí el mapa, que estaba sujeto con una goma revenida para que no se desperdigaran los cachos y con cuidado fui rompiendo el cemento manchego hasta llegar a la lista de bares de Madrid y alrededores, pero por más que busqué allí no salía ese Bar por ningún lado. Aparecía Bar del Río, Bar de Fuentes, y otros Bares por el estilo, pero del Moro nada.
Sonó el timbre de la puerta. Era mi vecina ataviada con su muy afamada bata de guachiné en avanzado estado de descomposición. Es que los años no pasan en balde ni para las batas de calidad. Era curioso de ver como en la parte más prominente de sus prominentes pechos, el tejido había sufrido una mayor erosión que en el resto, lo que había producido la rotura de la primera capa de tela, dejando escapar por las aberturas una erupción de guata despeluchada cuyos flecos colgantes se bamboleaban graciosamente con el natural vaivén de la zona en cuestión.
-¡Hola Jarronsito! ¿No tendrás una poca de asúcar, corasón? Es que estoy jasiendo torrijas y me he quedado sin gota.- Desde que falleció su marido había ido acentuando sus seseos cual serpiente tentadora en una especie de hablar incitador al vicio. Rescoldos de sus tiempos de encargada de la guardarropía del club de alterne de postín en el que trabajaba de soltera, que en el otoño de su lívido se avivaban con el viento vivificador de la libertad que da la viudedad. Con razón dice el dicho: "¡A la vejez, viudas!"
-¡Cómo no!- Le dije dándole el paquete de azúcar arrugado a medio gastar que tenía sobre la mesa de la cocina.- Está un poco petrificada. Es que se me ha hecho bloque porque se me cayó en la pila llena de agua, pero rascando sale bien, o si no la machaca con el mazo y ya está.-Nunca en la vida he usado azucarero. ¿Para que?
-¡Grasias resalaete!- Me dijo con una voz que me dejó todo pelopinchado- En cuanti que las acabe te paso unas pocas. Ya verás que buenas que me salen.
Reponiéndome a duras penas del subidón que sus siseos me producían en el cerebelo, más o menos en la zona que regula los movimientos espasmódicos de los órganos autónomos de naturaleza erógena propiamente dicha, le pregunté:
-jAh, por cierto! ¿Usted que ha trabajado en hostelería no sabrá por casualidad donde está el Bar del Moro?
-Por casualidá no, hijo mío, sino porque allí reside mi hermanito del arma querida por curpita de una mala mujé.
-Hombre! ¿Y por donde queda?- Pregunté omitiendo voluntariamente interesarme por la triste historia de su hermano por temor a desatar sus ansias verborreicas y no podérmela quitar de encima en lo que restaba de tarde.
-Pues está mayormente por la parte de la carretera de Andalusía.
-¿Pero qué es? ¿Un bar de carretera?
-Que va, quillo, es más bien como una residensia en mitad del campo.
-¿Y sabe como puedo ir allí?
-Mu fásil, te vas a donde salen las camionetas en Embajadores y le preguntas al condustor cuála es la que te lleva ar pená de Vardemoro.
Le agradecí la información y con habilidad nacida de la larga práctica fui haciendo que reculara hacia el descansillo. A regañadientes la mujer terminó por volver a su casa. Yo sabia que, por el cariz que iba tomando mi relación semi-incestuosa con la vecina, y por el monto creciente de mi deuda con ella en forma de cocretas, torrijas o huevos rellenos, algún día que me pillara con la guardia baja y la lanza en ristre, acabaría cediendo y perdería mi honra, y si la tuviera seguro que mi hacienda también, refocilándome entre aquellas carnes sedientas de carne, pero de momento, así en frío, no me sentía yo inspirado para ello.
Siguiendo sus indicaciones me planté en embajadores y pillé, cómo no, la camioneta equivocada, la cual me dejó a tomar por culo de la prisión, que, por cierto, lo que estaba es junto al pueblo que se llama Valdemoro. !Cuantas tribulaciones me habría ahorrado si el dichoso profesor aprendiera de una puta vez a hablar con propiedad en español!
Así que los últimos dos o tres kilómetros me los tuve que hacer a patita por descampados llenos de desguaces de coches, donde me llevé la gran sorpresa de ver a mi querido Chrysler 150, del que ya he hablado, allí subido a modo de reclamo en un pedestal de hierros oxidados, bajo un enorme cartel que rezaba: "Desguaces El Hostión", que también tiene guasa ponerle ese nombre a un negocio de destripamiento y reciclaje de coches espachurrados. Me acerqué a verlo. Siempre me ha encantado pasearme por los que antiguamente se llamaban cementerios de automóviles y en el futuro seguramente plantas de reciclado de vehículos de motor. Ves cada uno que tienen unos hostiones que te ponen los pelos de punta, macho. Efectivamente era mi ex-coche el que decoraba en las alturas el cartel, no había duda, incluso en la distancia me pareció que aún soltaba algo de ese aroma inconfundible a gazpacho manchego potado que me obligó a deshacerme de él. Un coche es como un perro, se le coge cariño, termina siendo como de la familia, y el verle allí subido me dio como un cierto orgullo mezclado con un gran alivio por saberle vivo, ya que arrastraba un poso de mala conciencia desde que lo abandoné a su suerte como se lleva a un perro viejo a la perrera a morir eutanasiado en lugar de cuidarle lo que le queden de vida en justa reciprocidad por la fidelidad que siempre nos demostró, aunque, si he de ser sincero, mi coche fiel, fiel, lo que se dice fiel no puede decirse que hubiera sido. Me dejaba tirado cuando le venia en gana y le parecía bien sin importarle si estábamos en vía transitable o paraje desolado, para que los de las grúas me sangraran a base de bien por llevarlo al taller más lejano que conocieran. Los coche son como los melones, que unos te salen buenos y otros no. Éste era de los que no, y estaba lleno de achaques. Sólo me fue fiel los años que, como he dicho, lo tuve aparcado como pisito de soltero. No se movía del sitio que le había asignado la providencia ni para ir a mear y acompañaba con rítmicos vaivenes chirriantes los movimientos peristálticos, digo espasmódicos, propios de las actividades que en su interior llevaba a cabo normalmente acompañado de personas del sexo enemigo, digo contrario.
También me reconcomía que había dejado olvidada en la guantera siniestrada la mariconera con mi maravillosa colección de casetes de los Chichos, alguna de ellas originales, que eran uña y carne con mi coche cuando ponía el radiocasete a toda caña echando chispas y watios por los cuatro costados, acompañando la percusión con palmetones de mi callosa mano izquierda contra la chapa de por fuera de la puerta que retumbaban como subwoofers endemoniados.
Pero más que las casetes de los Chichos, que al fin y al cabo podía volver a reunir en cualquier gasolinera venida a menos, lo que más me dolía haber perdido era una casete con una grabación pirata del Tubular Bells que me había hecho mi camellito, y a pesar de todo amigo, "el Pelanas", que en paz descanse si es que puede, grabando a pelo del tocadiscos al radiocasete, en la que se oían en los momentos álgidos, no sólo los aullidos originales del disco, sino los del propio Pelanas en evidente estado alterado de la conciencia, llegando al éxtasis satánico con sus propios aullidos y jadeos guturales. Era una auténtica joya única en su género, una maqueta original, la cual merecía un lugar en los altares de la música underground, así que decidí que tenía que hacer lo que fuera para recuperarla.
Había por allí un individuo, por llamarle de alguna manera, con aspecto de damnificado de algún tipo de escape radioactivo o vertido de residuos químicos, que parecía como el encargado de aquello. Intenté establecer contacto verbal con él pero sin éxito, ya que hablaba un extraño idioma lleno de chasquidos tipo bosquimano tartamudo al tiempo que daba unos horribles sorbetones nasales que hacían de todo punto imposible una comunicación fluida. Bueno, ni fluida ni de ningún otro tipo. Yo le preguntaba si por casualidad no habrían encontrado ese coche que tenían allí arriba una mariconera con casetes, y el tipo ponía cara de pez reseco y emitía sonidos a cual más desagradable cuyo significado me era absolutamente imposible averiguar. Finalmente, viendo que era inútil todo intento de entendimiento entre nosotros le pregunté a voces por la prisión, y poniendo cara toda guiñada como de saber del tema, y mientras mascullaba algo así como una letanía del rosario de la aurora en trebujeño, me señaló hacia el campo con un dedo índice en forma de gancho, con lo cual no sabía si seguir la dirección de la punta del dedo o la del resto del mismo. Oteé el horizonte y en lontananza se divisaba entre la calima una inequívoca torre de vigilancia penitenciaria que me sacó de dudas y hacia allí encaminé mis pasos por una carretera solitaria y polvorienta orlada de cardos pasados de fecha. Las prisiones no son lugares agradables. Ni siquiera éstas tan modernas con todos los adelantos. Nada más ver esos muros altísimos de cemento llenos de alambres con pinchos por arriba se te encoge el alma. Tuve suerte, era sábado, día de visita. Me hice pasar por pariente del profesor para que me dejaran verle, y allí estaba el tipo, más pirao que de costumbre, con todos los pelos espurriaos de forma multidireccional. Parecía talmente el Einstein ése.
-jJarrison!- Me dijo en tono trascendente- Tenemos entre manos el mayor descubrimiento dela humanidad desde que se inventó el bolígrafo Bic, ¡La inmortalidad! Tienes que conseguir ese sarcófago cueste lo que cueste. Según mis averiguaciones está oculto en el templo de Hera en el golfo de Corinto, en el Peloponeso.
-¿Que ponga qué?- Ese hombre usaba siempre palabras raras mal pronunciadas, era difícil entenderle.
-Yo no le he dicho que ponga nada.- Entre que no estábamos ninguno muy lúcidos precisamente, y que no se oía de la misa la mitá, a través de aquel telefonillo de mierda, no me estaba enterando de nada. El profesor, por mi cara de lechuguino debió percatarse de mi escasez de conocimientos y con voz condescendiente me aclaró que tenía que ir a Grecia.
-No, si yo encantado, pero ya me dirá usted de donde saco la pasta para el viaje.- objeté algo molesto ya de mi falta de emolumentos.
-Mire, ahora le paso con el vigilante unos papeles donde lo pone todo, y le escribo por detrás el número de teléfono de mi colega Hans. Dígale de mi parte que le dé lo que le haga falta, que no repare en gastos.
-¿Bueno, y usted tiene para mucho tiempo aquí dentro?
-Y quien lo sabe! Esto de la justicia es cosa de mucha risa, aquí dentro ninguno hemos sido condenados todavía. Sólo te dan permisos o la condicional cuando te condenan. Es el mundo al revés. Yo estaré aquí prisionero mientras su señorita el Juez piense que si me suelta se lo comen los periódicos y las teles. Cuando tengan otro tema del que hablar en los telediarios y se olviden un rato de la cosa pornografía infantil en internet me sueltan.
-¿Pero usted ha hecho algo?
-Nada, nada malo creo, lo que pasa es que vecinos locos denunciáronme por brujo y policía requisome cintas de vídeo con imágenes obtenidas de cerebros de muertos y uno de ellos de un profesor de colegio de curas de Zamora de los años cuarenta. Ya puede imaginarse lo que allí había. Parece que a aquel tipo le gustaban los niños más que comer con los dedos. Como además le envié las grabaciones a un colega por email, pues blanco y en botella.
-¿Y no tiene usted un abogado que le defienda?
-¿Abogado? ¡Ah, si! Me han puesto uno de oficio que mira para otro sitio cuando yo le hablo, y les cuenta chistes de chorizos a los policías. No quiere saber nada de mí. Si conoce usted un buen abogado que sea de fiar, dígale que venga a verme.
-Hombre, los abogados, por definición no son mucho de fiar...
-No, no necesito que me fíe mucho, algo de cash tengo y el resto ya se lo pagaré cuando tengamos el sarcófago.
-Pues la verdad es que no conozco ningún abogado, ni de fiar, ni que fíe, ni de nada. Procuro mantenerme lejos de ellos. Me dan mucho miedo.
-Bueno, no worries, aquí se está bien. Digo yo que al final se cansarán de darme de comer a diario y me soltarán.
- Ok, pues me voy a Grecia. Cuando vuelva vendré a verle.
-Llama antes por si he salido a algún recado- Dijo riendo su ocurrencia.
La verdad es que el tío tenía un sentido del humor a prueba de bombas.
Salí de allí y en lugar de esperar el autobús que pasa de uvas a peras a recoger al personal que ha ido a visitar familiares, me eché a andar por la carreterucha hasta el desguace donde estaba mi ex-coche, para ver si había alguien con quien me pudiera entender. No iba a volver a Madrid sin intentar recuperar mis casetes.
Por el camino iba yo entregado a mis ensoñaciones. Me veía en una playa nudista griega con un par de macizas aborígenes de perfiles angulosos y rizado pelo color negro azabache en cabeza, axilas y pubis, y yo en medio palmeando con un arte que no se pué aguantar la memorable canción de los Chichos "Vete, me has hecho daño", con el tanga verde fosforito de Borat que me entró de regalo en un sobre sorpresa que gané tirando al blanco en las fiestas de Sanse y que todavía no me había atrevido a estrenar aunque me lo había puesto en muchas ocasiones para hacer posturitas delante del espejo del baño, aunque por más que guiñaba los ojos no había forma de verme bruñido, bronceado, y lleno de músculos vibrantes, como me gustaría.
Como la distancia a recorrer no era pequeña se me fue haciendo de noche por el camino. En esa época del año las tardes son cortas. El cielo se puso rosa y malva, y contra él se recortaba la gloriosa silueta en alto de mi querido coche bajo el cartel de El Hostión.
Cuando llegué al cementerio de automóviles ya no había nadie por allí, ni siquiera el hombre de naendertal con el que había intentado sin éxito establecer comunicación anteriormente. Ya se sabe que los neandertales y los cromañones de nunca nos hemos entendido muy bien. Llamé un poco por aquí y por allá con el consabido "¡Oiga!" pero nadie contestó salvo un perro casposo que con voz afónica se puso a ladrar para molestar un poco, pero detrás de la valla de alambre, por lo que no podía salir a devorarme como en un primer momento había temido. Entristecido ante la imposibilidad de intentar recuperar mis casetes ya iba a marcharme cuando se me ocurrió la feliz idea de trepar por los hierros hasta mi coche. No parecía muy difícil y al fin y al cabo a mí, cuando era pequeño, en el cole, me llamaban el mono porque trepaba de puta madre a los árboles. Siempre me tocaba subir a por los balones que se quedaban encajados entre las ramas. Así que, ni corto ni perezoso, me puse a ello y cuando me quise dar cuenta estaba a varios metros del suelo abrazado como un desesperado a un tubo de hierro sin poder seguir subiendo ni bajar. Encima el hijo puta del perro afónico ladraba sin parar como un poseso lanzándose una y otra vez contra la valla de alambres que amenazaba con caer de un momento a otro. La verdad es que el coche estaba mucho más alto de lo que a primera vista me había parecido, y entre los kilitos de más y la falta de entrenamiento los brazos no me respondían como hubiera sido menester. Además el vértigo vino a erosionar mi presencia de ánimo, me dio un tembleque que era cosa de verse y me puse a sudar como un pollo, y con las manos mojadas me empecé resbalar. Decidí bajar lentamente antes de que terminara por caerme y darme un hostión del que con seguridad no saldría nada bien parado, sobre todo teniendo en cuenta que los hierros que sujetaban el cartel y el coche estaban cimentados sobre un enorme bloque de hormigón semienterrado contra el que habría de espachurrarme yo si caía, pero al intentar maniobrar para comenzar el descenso se me cayó un zapato. Oye, fue verlo caer el perro asmático y de un alucinante salto al estilo Fósbury pasó por encima de la alambrada, lo agarró al vuelo y con unos gruñidos espantosos, sin más preámbulos, alli mismo lo devoró por completo. No dejó ni los rabos, tú. Luego, cuando terminó de relamerse se puso justo debajo de mí con las patas delanteras apoyadas en el tubo de hierro por el que tenía que bajar y empezó de nuevo a ladrar, pero ahora con un tonillo de alguien que sabe que tiene la batalla ganada y que solamente tiene que esperar a que el enemigo caiga en sus fauces. Y por cierto, vistas desde mi posición las mencionadas fauces eran de tal calibre que de caer en su radio de acción a buen seguro que también darían cuenta de mi persona en un visto y no visto. ¡Menudos colmillos calzaba el susodicho! Dicen que el miedo da alas, y no saben cuanta razón tienen. Fue ver aquellos colmillos esperándome abajo e imaginármelos clavados en mis pobres posaderas y, como Popeye al comer espinacas, saqué fuerzas de flaqueza suficientes para trepar a toda leche hacia arriba sin mirar atrás hasta la plataforma sobre la que estaba mi querido coche. Me quedé allí taquicárdico perdido y asfixiado por el enorme esfuerzo pero feliz de haber escapado de la amenaza inmediata y de haber comprobado que aún guardaba casi intactas mis facultades trepadoras. Ya se sabe que quien tuvo retuvo. Cuando recuperé el resuello, lo cual tardó bastante rato en ocurrir, ya casi era noche cerrada y solamente la tenue luz de un farolillo cutre que había en las cercanías iluminaba a duras penas lo suficiente para ver que el perro, aunque ya sin ladrar, había decidido montar guardia al pie de mi atalaya pensando seguramente que todo lo que sube baja. Como perro viejo era todo sabiduría y paciencia. Esos son los peores. Caminando con mucho cuidado sobre hierros mal soldados para no caerme, porque aquella estructura era una chapuza auténtica, seguramente construida por el hombre de neandertal ése, y se movía con crujidos amenazantes a cada paso que daba, llegué hasta el coche, abrí la puerta me metí dentro a rebuscar lo que me había traído hasta allí, mis casetes, pero como la luz del farolillo venía de abajo, dentro del coche no se veía tres en un burro, además olía a podrido que te cagas. Pensé que el gazpacho manchego habría alcanzado con el tiempo y la solanera que debía hacer por esos lares en verano, un nuevo estado de la materia y se había convertido en gaseoso. Bajé la ventanilla para ventilar, que ya se sabe que no es bueno para los pulmones respirar gases con metales pesados, operación que me resultó harto difícil debido a que la manivela se salia del eje, achaque que le venía de lejos según podía recordar. Saqué la cabeza fuera para tomar aire y luego, aguantando la respiración, hurgué con ciertos reparos en la guantera, dentro de la cual había pétreas estalagtitas de gazpacho manchego regurgitado, pero no estaba la mariconera de mis amores. Entonces tuve un arranque de memoria y recordé que a veces la guardaba debajo del asiento. Tanteando a ciegas entre objetos de difícil identificación, aunque por su tacto a tela reseca, arrugada y acartonada diríase que podrían tratarse de calcetines, calzoncillos, bragas o demás prendas de mal vivir. Di por fin con algo que tenía todas las trazas de ser mi muy amada mariconera, pero se había quedado como tiesa y revenida, como se quedan los restos de un perro atropellado en la cuneta con el paso del tiempo, por lo que no podía sacarla con facilidad, y al tirar de ella se me enganchó en los alambres y resortes que hay por ahí abajo. Forcejeé con furia, ya al borde de la asfixia, y terminé por derrotar al enemigo, y sacar al conejo fiambre de la madriguera como los magos lo hacen de las chisteras ¡Tatachán! Ahí estaba. ¡Menudo alegrón, macho! Me asomé de nuevo a respirar y a comprobar a la luz del farolillo si dentro estaban mis casetes, pero sea por los nervios o de puro gilipollas que soy, al ir a abrir la cremallera, como estaba atorada total, pegué un tirón y mi querida mariconera salió despedida de mis manos soltando una tras otra mis queridas casetes en una elegante parábola hacia el espacio exterior, dejándome con cara de idiota y con el cabezal de la cremallera cogido entre los dedos. El perro que lo vio saltó de nuevo y, con su proverbial habilidad, la cogió al vuelo.
-¡Como te la comas te capo! - Le grité fuera ya de mis casillas ante tanta desgracia, pero al parecer lo de caparle ya llegaba tarde, alguien se me había adelantado, y dicha amenaza no le hizo mella alguna, no obstante tampoco tenía intención de comérsela, con ella en la boca se encaminó hacia sus dominios entre los coches amontonados seguramente para esconderla, para hacerla propia.
-¡Eh, chorizo, deja eso ahí ahora mismo!-Le gritaba yo desesperado, pero él haciendo caso omiso de mis amenazas siguió su camino, y al pasar cerca del farolillo paró un momento para echar una meadita, yo diría que para regodearse en la victoria, para dejar una placa conmemorativa como prueba de su triunfo, como hacen los alcaldes para dejar huella de sus desmanes, pero el karma es sabio y quiso que las cosas no quedaran así. Súbitamente un chispazo terrible saltó desde la base del farolillo al perro a través del chorrillo, iluminándolo como si se tratara de un tubo fluorescente en peligro de ignición. El animal pegó un grito agudísimo, como el chirrido de los frenos de un carricoche de helados, y cayó al suelo revolcándose como un loco, contorsionándose desesperadamente y lamiéndose con fruición las partes afectadas por la descarga, y hay que reconocer que demostraba una larga experiencia en dicha sana habilidad, hay cosas en las que evidentemente los perros nos aventajan.
Simultáneamente a todo ello sonó un zumbido a mi alrededor como de condensadores o transformadores eléctricos volviendo a la vida tras un largo letargo, y de pronto una enorme bocanada de parpadeante luz roja lo inundó todo. Era el cartel anunciador en el que ponía "EI Hostión" que al parecer de alguna manera interactuaba con el circuito del farolillo, y al fundirse algo en éste, se encendió como por arte de magia.
Gracias a esta nueva iluminación pude ver que mi mariconera yacía cerca del farolillo, el animal bastante tenía ahora con lo suyo que no paraba de lamerse, y que tenía todo el aspecto de una morcilla de Burgos en avanzado estado de carbonización, despidiendo un humillo grisáceo que ponía los pelos de punta. Hasta mí llegaba el olor a barbacoa pasada de vueltas. A la vista del inesperado giro que habían dado los acontecimientos decidí intentar la bajada aprovechando la oportunidad, hacerme con mis casetes y abrirme de allí, pero al ir a abrir la puerta para salir me di un susto de muerte, en el asiento del acompañante había un fiambre ya en los huesos, con la calavera sonriendo y los restos de un pitillo entre los dientes, e incluso diría que tenía los pantalones medio bajados y una mano posada donde en otro tiempo debieron estar sus partes nobles, que, como todo lo efimero y bello, al carecer de hueso habíanse disuelto en el devenir de los tiempos. Hasta ese momento no lo había visto debido a la poca luz y a que el asiento estaba reclinado todo lo que daba que era mucho porque ya me había yo encargado en su momento de apañarlo para el uso principal para el que fue concebido. Fue tal la impresión que dejé escapar un alarido, pero como no tenía costumbre me salió francamente ridículo, sonó algo así como los lloriqueos del Flaco, el del Gordo y el Flaco. Intenté salir cagando virutas de allí pero la puerta, como tenía por costumbre, se negaba a abrirse, y tanto tiré de la manija que me quedé con ella en la mano, aquello, unido al olor nauseabundo que ahora ya sabía de donde salía, a los aullidos lastimeros del perro y al parpadeo epiléptico de la luz roja del anuncio que se iba y se venía, me hizo perder los nervios y la cordura, si es que alguna vez la he tenido, y sin pensármelo dos veces me encaramé para salir por la ventanilla que estaba a medio bajar, y fueron tales mis movimientos histéricos de desesperación incontrolada que estando con medio cuerpo ya fuera me dio un latigazo en las lumbares de esos que te dejan la espalda doblada sin poder moverte. Ya pensaba que no podían ocurrirme más desgracias juntas cuando aquel entramado de cachos de hierro malamente soldados que sujetaba el cartelón anunciador y mi querido coche, empezó a oscilar y crujir más de lo conveniente, seguramente debido a mis movimientos desesperados por huir de aquel esqueleto que me miraba sonriente con sus enigmáticas gafas de sol y su pitillo milagrosamente conservado. Poco a poco aquella estructura fue sonando cada vez peor y bamboleándose con mayor amplitud de movimientos sin que tuviera en absoluto visos ningunos de quedarse quieta, hasta que finalmente los cables de hierro anclados al suelo que la sujetaban empezaron a arrancarse de sus anclajes. Lo vi tan negro que, a pesar del repelús que me causaba mi esquelético compañero, me dejé caer de nuevo dentro del coche pensando que si íbamos al derrumbe total allí estaría más protegido. Aún tardó en caer aquella mole, aquel engendro de la ingeniería, que aguantaba crujiendo y gimiendo más de lo que parecía lógico. Parecía que estuviera montado en una atracción de feria, ahí dentro gritando como un energúmeno a cada vaivén e iluminado por esa luz roja intermitente, hasta que al fin, como era de esperar, todo se vino abajo con un enorme estrépito de hierros retorcidos chirriando. Quise encomendarme a algún santo, pero sólo me salia lo de San Cucufato los cojones te ato. Ya ves, el cerebro nos juega esas malas pasadas, y cuando más lo necesitas te gasta bromas pesadas. El caso es que me encomendé a San Cucufato, qué remedio, repitiendo a toda prisa muchas veces el versito de marras y quien sabe si fue por eso, que haberlas haylas, el caso es que cuando todo acabó yo seguía vivo. Incluso ya ni me dolía la espalda. Tenía heridas y golpes por todo el cuerpo pero estaba de una pieza. Prometí ir en pegrinación a donde fuera que estuviera San Cucufato de cuerpo presente a besarle los cojones. Estaba totalmente cubierto de huesos de mi pobre acompañante que no había tenido tanta suerte como yo y se había desguazado por completo. ¿Y te puedes creer que estando ahí, haciendo recuento de mis órganos por hacer balance de cuantos estaban enteros y cuantos reventados, oigo a mi lado un gemidillo lastimero y me veo allí al perro hijoputa totalmente arrepentido de sus actos, orejas gachas, mirándome con cara de suplicar perdón, con mi mariconera en la boca para devolvérmela? Entre el achicharramiento del pito y la destrucción de su hábitat creería que yo era una especie de dios que había descargado mi ira sobre él. Así que en un gesto de magnanimidad divina, acaricié la cabeza del pobre animal acojonado, el cual ronroneó como un gato e intentó a la recíproca lamerme la mano que por supuesto retiré con aprehensión, pero llegados a ese grado de intimidad me permití obsequiarle con un hueso de mi desmembrado anónimo acompañante. Y de darle un subidón de síndrome de Estocolmo y decidido a no separarse de mi lo que le quedara de su perra vida, dio un salto y se coló por la ventanilla acomodándose en el asiento que mi desperdigado huesudo acompañante no parecía ya necesitar. Pero el destino, que como tengo dicho hasta la saciedad es caprichoso y voluble, quiso que el hermoso equilibrio, que se mantuvo durante la escena de encuentro entre especies que protagonizamos el perro y un servidor, se rompiera cuando aquél se metió en el coche, debido, seguramente, a que|el umbral de peso había con ello sobrepasado alguna especie de límite, por lo que empezamos a caer marcha atrás por un largo terraplén pedregoso dirigiéndonos inexorablemente hacia una profunda y oscura grieta que, para jodernos bien jodidos, había sido allí colocada por la dichosa providencia y que mucho me temía que acabara en los mismísimos infiernos. Haciendo gala de mi cuya provervial capacidad para tomar decisiones erróneas en los momentos más críticos, y debido también, porqué no decirlo, a mi falta de práctica reciente en las lides automovilísticas, pisé como un desesperado el pedal del embrague creyéndolo el del freno,y aquél engendro de satanás se lanzó a tumba abierta, la mía para ser exactos, que a los perros les basta y les sobra como última morada con una triste cuneta, pegando botes y chirriando malamente a cada volantazo que daba a derecha e izquierda intentando enderezar la marcha hacia cualquier otro lugar que no fuera la horrible sima que parecía abrir sus fauces deleitándose con la esperanza de deglutirnos cruelmente. Pero ya se sabe que en yendo marcha atrás, cuando tuerces el volante para un lado, el vehículo, para tu sorpresa, lo hace para el otro, misterios de la ciencia recreativa, el caso es que hiciera lo que hiciera continuaba mi inexorable marcha hacia el abismo como atraído por éste, igual que cuando aprendía a montar en bici siempre iba enfilado sin poderlo evitar hacia el único árbol que había en la praderona donde practicaba, hasta terminar invariablemente hostiándome contra él.
A mi lado el perro aullaba como un lobo afónico seguramente sintiendo renacer sus más selváticos instintos ancestrales gracias al salvaje olor a adrenalina reinante en el ambiente. Al darme cuenta de que aquél no era el pedal correcto dejé de apretarlo con la intención de pisar algún otro que por allí hubiera ,movido por la lejana esperanza de acertar con el del freno, y al hacerlo, el motor, exhalando un espantoso sonido de engranajes agonizando, se embragó, con perdón de la expresión, y milagrosamente se puso en marcha, lo cual, lejos de solucionar mi situación la empeoró, al acelerarse, gracias al concurso del motor, la marcha hacia la oscura muerte que pacientemente nos esperaba. Aturdido, tiré del freno de mano y, como era de esperar, arranqué la palanca. Estaba de Dios que nos hostiáramos ya mismo y muy malamente. Ya se sabe que Dios y las hostias tienen una extraña relación y no hay uno sin la otra y viceversa. Bueno, no recuerdo bien cual era la historia, pero algo había entre las hostias y Dios. No obstante, afortunadamente no sólo Dios decide en este jodido mundo, a veces hay otros factores mas prosaicos que toman cartas en el asunto, y cuando, como en las pelis de Indiana Jones, ya estábamos al borde del abismo, mi canoso acompañante, como si supiera de la cosa de conducir más que yo mismo, lo cual no era muy difícil dicho sea de paso, empujó con su patita la palanca de cambios, de cuya existencia hasta ese momento no me había acordado, y sonando un ruido como de mil engranajes jodiéndose a perpetuidad metió la primera, lo cual refrenó nuestra marcha hacia atrás bruscamente. Ebrio de emoción por la posible victoria de los buenos en aquella película me armé de valor y raciocino y en un alarde de control de la situación, cosa extraña en mí, apreté el pedal del acelerador, y como cosa de magia mi maravilloso Chrysler 150, bufando como una fiera enronquecida, se lanzó hacia adelante haciendo ruedas y dando botes y tumbos y rompiendo la quietud de la noche a escape libre con un porropompero atronador. Nos habíamos salvado del barranco, pero ahora no había dios que pudiera parar a aquella fiera fuera de sí. Parecía como si durante todos esos años en el dique seco hubiera acumulado un feroz furor uterino, como un trapense el día que decide colgar los hábitos y los calzoncillos, y que en lugar de haberse quedado atrofiado había acumulado gasolina gota a gota para ese momento. Entonces recordé que uno de los motivos por los que dejé de usarlo es que se le quedaba encajado el pedal del acelerador en los momentos más inoportunos. Y eso era lo que pasaba, íbamos en primera, a oscuras y con el motor a todo lo que daba sin poderlo remediar. A mi lado el perro seguía aullando. Los huesos del fiambre se esparcían más y más a cada bote. De alguna manera tenía que acabar aquéllo. No iba a durar eternamente ese viaje en montaña rusa, así que de pronto nos vimos unos faros enormes de frente y oímos un atronador bocinazo de un camión de cuatro ejes con un mastodóntico remolque de esos marca Fruehauff o algo así que, vaya usted a saber por qué, circulaba a toda hostia por la diminuta carretera secundaria del tres al cuarto que habíamos terminado por invadir alevosamente. Los acontecimientos se precipitaron, y el camión también. Por esquivarnos perdió el control de su vida, y saliéndose de su camino natural se empotró en un enorme muro que por allí andaba a lo suyo. Se armó un tremendo revuelo de sirenas y focos. Resultó que el muro era el de la prisión, y por el boquete empezaron a salir una manta de presos que no te puedes hacer idea. Las criaturas iban gritando de alegría que era cosa digna de verse. Se oían voces de alto y tiros por todos los lados. Ya se sabe, cosas de la guardia civil que tiene esas costumbres. Y allí en medio estábamos el perro, el coche y yo, testigos mudo de la movida, con el coche al ralentí en la cuneta porque del susto el acelerador se le había desencajado. Y, casualidades de la vida, de pronto oigo a mi lado la inconfundible voz del sabio profesor Lindsakar que con una exquisita educación decía:
-Por favor caballero. ¿Sería usted tan amable de llevarme a la ciudad? Es que a esta horas no pasan autobuses y ...
-¡Pero hombre, profesor, si soy yo! ¿No me conoce? ¡Suba, suba!- le dije emocionado.
Así que subió al coche, y con él un extraño individuo mudo que le acompañaba.
-Le presento a mi compa de celda. Se llama camarada no se qué, es un tío legal.
Y no te lo vas a creer, ¿sabes quién era? Pues nada más y nada menos que el Chepas, el mismo que viste y calza. Salimos de allí a toda pastilla, mis pies y mis manos ya se habían calentado y habían recuperado como por ensalmo su afamada habilidad para manejar aquella bestia mecánica. No todo el mundo era capaz de conducir como yo lo hacía un Chrysler 150 como si fuera un Mini de los de la peli "Un Trabajo en Italia". Atravesamos descampados sorteando ex convictos que corrían alegremente a su libre albedrío disfrutando su recientemente ganada libertad. Desde el asiento de atrás el Chepas me dijo con su inconfundible y cavernosa voz:
-Camarada Jarri, en nombre de la clase proletaria le agradezco este asalto al palacio de invierno que acaba de perpetrar para liberarme del yugo opresor del estado burgués, no desaprovecharé su arriesgada gesta, y me pondré a la cabeza de esta gloriosa revolución que hoy comienza.
Emocionado con sus palabras iba a contestarle algo a la altura de las mismas, pero no suelo dar la talla cuando la historicidad del momento lo requiere, así que solo acerté a decir.
-De nada camarada Chepas, a mandar que para eso estamos.
Entonces se puso a roer curruscos de pan. El hijoputa se había llevado de la prisión un saco de pan duro que había junto a los contenedores de basuras pegados al muro y se estaba poniendo las botas.
Y cuando pasábamos junto a un grupo de presos fugados que se escondían tras una montaña de escombros el Chepas bajó la ventanilla y puño en alto se puso a cantar "A las Barricadas" a todo pulmón, y del esfuerzo se le fueron por mal camino las migas resecas que estaba masticando y le dio un ataque de tos que por poco no lo cuenta, y que nos dejó los cogotes y el parabrisas por dentro como de gotelé amarillento.
Al llegar a la autovía nos perseguía un Jeep de la Guardia Civil aullando como un descosido, y entre los nervios de la situación y que no llevábamos luces porque no era capaz de recordar cual era la posición adecuada de la maneta, la cogimos a contrapelo. No quieras saber que difícil es conducir en dirección contraria. Deberían prepararnos para ello en las autoescuelas. Todos los coches nos daban las largas y pasaban a derecha o izquierda pitando como energúmenos. Y entre que por delante no se veía casi nada por el gotelé de pan duro y por detrás el Chrysler estaba empezando a echar un humo negro y espeso, debido seguramente a que le había cambiado el metabolismo, íbamos a la deriva dando bandazos de acá para allá, mientras por la otra calzada nos hacía aspavientos el guardia civil que conducía el Jeep en paralelo a nosotros, mientras su acompañante nos miraba malamente sacándole brillo a su fusil y sujetando con la boca un cartucho que iba a meter dentro para descerrajarnos un tiro a bocajarro. Estaba claro que pintaban bastos.
En eso el Chepas dice:
-Atención camaradas, estamos entre Pinto y Valdemoro, esto es tierra de nadie, zona franca, aquí no tiene jurisdicción ni la Santa Inquisición, párate allí.- Y señaló un viejo motel gasolinera que parecía abandonado.
-Como me pare nos trincan fijo y nos cae la perpetua- dije yo intentando poner algo de sensatez sobre la mesa.
-Hágale caso- dijo el profesor- más sabe el diablo por viejo que por diablo.
Miré al perro y se encogió de hombros, el muy cabrón me acababa de jurar fidelidad eterna y a la primera de cambio me traicionaba abrazándose cobardemente a la mayoría, así que reconociendo democráticamente que me encontraba en minoría absoluta me eché a un lado y paré el coche delante del motel.
La Guardia Civil paró al otro lado de la autovía y con el altavoz nos conminaba a salir del coche y entregarnos bajo amenaza de abrir fuego.
-Ni puto caso-dijo el Chepas- es un farol. No pueden hacernos nada.
Entonces empezaron a llegar más coches y furgonetas de la Guardia Civil y de la policía Nacional por todos los lados, con tan mala fortuna de que con las prisas entre ellos hubo varios hostiones, que produjeron el incendio de algunos de los vehículos, incendio que se iba contagiando de unos a otros. En el revuelo hubo incluso hostias entre miembros de uno y otro cuerpo acusándose mutuamente de haber sido los causantes de las colisiones y mientras tanto, los cartuchos de lanzar balas de goma y botes de humo que llevaban dentro de las furgonetas, con el fuego empezaron a dispararse solos. Menudo espectáculo digno de la loca academia de policía de la Warner, que por cierto estaba allí al lado. Desde un paso elevado la gente de Pinto y desde el otro la gente de Valdemoro vitoreaban alborozados al ver a las fuerzas y miembros de seguridad del estado correr despavoridos por la autovía perseguidos por botes de humo y balas de goma como si fueran los buscapiés valencianos de las fallas.
-Bueno, señores, sé que el espectáculo lo merece, pero no tenemos toda la noche- nos dijo el Chepas. Así que recogimos cada uno nuestras cosas, yo cogí los papeles del Profesor y mis casetes que estaban desperdigadas por el coche, las metí de nuevo en la mariconera y se la di a llevar al perrillo, y le vi brillar los ojos de emoción ante tal prueba de confianza. Luego nos abrimos de allí los cuatro.
-Lo importante- nos dijo el chepas-caminar por este riachuelo sin sacar los pies del agua. Mientras estemos dentro no nos alcanza jurisdicción ninguna.
Y así fue como en medio de la noche nos metimos siguiendo el riachuelo entre vertederos de escombros y polígonos industriales, aplaudidos por los ciudadanos que iban congregándose a uno y otro lado del riachuelo dándonos bocatas y cervezas, y mientras el Chepas recitaba en verso con su tronante voz el famoso cuento del borracho que saltaba de un lado a otro del río diciendo ahora estoy en Pinto, ahora estoy en Valdemoro, la gente que nos acompañaba iba también saltando alegremente de lado a lado para finalmente tirarse al rio diciendo a coro "ahora estoy entre Pinto y Valdemoro", tras lo cual irrumpían en fuertes aplausos y risas.
Fueron momentos hermosos. El Chepas tenía los ojos brillantes por la emoción.
-Es la Revolución, amigo- me decía de cuando en cuando. Y a todo esto la poli seguía a lo suyo en la autovía, así que al llegar a un carretera donde el riachuelo desaparecía dentro de un tubo de alcantarilla, viendo que había allí una marquesina donde paraban las camionetas para Madrid, nos sentamos a comernos los bocatas con los que el pueblo nos había obsequiado a esperar que pasara alguna, y mientras allí estábamos a lo nuestro el Chepas saludaba puño en alto a los viandantes que se acercaban a darnos hamburguesas y coca-colas de un McDonalds cercano y les daba a cada uno mendrugo de pan duro de su saco diciéndoles "Salud camarada, cada uno da de lo que tiene", "Socialismo o muerte", dejándoles, la verdad, poco convencidos de la conveniencia de tan desigual trueque, al contrario que nuestro querido perro, que devoraba BigMacs como un bendito, y hasta sabía sorber la coca-cola por la pajita.
Finalmente llegó nuestro autobús y nos subimos, cargados con las bolsas de hamburguesas que quedaban, y el conductor, al ver al Chepas se cuadró diciendo "a sus órdenes, comandante". El Chepas le saludó militarmente diciendo "camarada conductor, llévanos a Madrid".
Dicho y hecho, el autobusero nos llevó del tirón sin parar en ninguna parada más hasta el final de la línea en Embajadores, pero a petición del chepas nos acercó a Atocha.
Como obviamente el Profesor no podía volver a su casa y el Chepas tres cuartos de lo mismo yo les dije de venirse a mi piso, pero éste me dijo que mejor se iban los dos a un piso franco de un excorreligionario suyo de su etapa troskista que estaba por esa zona, así que nos despedimos diciéndome el profesor que me leyera los papeles que me había pasado y que él llamaría a su colega Hans para que nos subvencionara el viaje a Grecia, y ya cuando me iba me acordé de que tenía la libreta del tal Aleksander y se lo dije. Así que nos metimos en un bar a tomar unas cañas y él se puso sus gafas de leer, que estaban que daba pena y no debía ver con ellas tres en un burro, y lo que son los sabios, en un momento le pilló el tranquilo y no sé que coño hizo pero de pronto en la libreta se escribió solo una especie de diario con montones de gráficos, fórmulas, planos y cosas incomprensibles de similar calibre.
-Interesante, hum, muy interesante- decía- Esto lo cambia todo.
-¿Pero qué pone?- pregunté impaciente.
-Tengo que estudiarlo a fondo, ya le contaré. De momento dejamos en suspenso el viaje a Grecia.
-Pues vaya putada, mi gozo en un pozo, con la ilusión que me hacía- le dije.
-Señor Járrison- me contestó- no estamos aquí para nuestro solaz y esparcimiento, sino para desentrañar unos de los mayores misterios de la humanidad.
-Y para conseguir una sociedad sin clases- apostilló el Chepas.
Así que con el rabo entre las piernas arramblé con un par de generosas bolsas del McDonalds para curar mis penas, nos despedimos y nos fuimos el perrillo y yo para mi casa dispuestos a lamernos mutuamente las heridas y ponernos ciegos de hamburguesas oyendo el Tubular Bells a todo meter y a mirar los papeles que me había dado el Profesor en la secreta e inconfesable esperanza de que en ellos hubiera imágenes eróticas de esas que sacaba de los cerebros antiguos, imágenes de cabareteras como la Fornarina y otras por el estilo que me ponen cantidad.

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