Cap. 11: El dossier del profesor y la telepatía
Capítulo
11: El dossier del profesor y la telepatía.
Llegamos
a casa y el perrillo, como si la conociera de toda la vida, hizo suya
mi cama y se acurrucó entre las sábanas, rellenos y fundas nórdicas
que formaban una bola sobre ella. Nunca entenderé por qué no les
retiran la licencia para fabricar ropa de cama a los suecos. No hay
cosa más diabólica que intentar meter un relleno nórdico en su
funda. Me regaló una santa mujer que quería llevarme por el buen
camino un juego de esos, pero me era del todo punto imposible hacerlo
como es debido, y al final sólo conseguía una bolsa enorme con un
edredón hecho una bola al fondo, lo que me obligaba a meterme yo
también dentro de la funda para no pasar frío, pero ello me
acarreaba serios problemas, porque a veces no conseguía encontrar la
salida, sobre todo si me despertaba en medio de una pesadilla de
esas producidas por una digestión complicada, con imperiosa y
urgente necesidad de ir al excusado. Y para más inri la funda estaba
estampada con dibujos geométricos de esos imposibles del tal Escher
que Dios confunda tanto como nos confunde él a nosotros. No quieras
saber qué claustrofobia he llegado a pasar dentro de aquella funda
nórdica buscando a toda prisa una salida a aquel laberinto de
escaleras que ni suben ni bajan, ni qué marrones, por partida doble,
me he comido por no conseguirlo a tiempo. Así que al final opté por
echar sobre el colchón cada cosa por su lado y por noche buscarme la
vida en función del frio que hiciera, pillando telas de aquí y de
allá a medida que las fuera necesitando para taparme, para debajo de
la cabeza, para entre las rodillas y que no chasqueen o directamente
para abrazar algo tangible que complemente mis ensoñaciones
virtuales.
Se
veía que el perro, habituado a vivir en un vertedero de coches, este
sistema lo conocía, así que se sintió como en casa y en un visto y
no visto estaba roncando como un bendito.
Me
metí un atracón de hamburguesas con coca-cola y me dio un subidón
tal que me sentía como un toro, así que saqué los papeles que me
había pasado el profesor y me puse a leerlos.
Era
un dossier con el resultado de sus investigaciones sobre Aleksander y
su sarcófago. Fotocopias de libros antiguos, anotaciones, mapas,
fotos y un montón de documentos escritos en idiomas completamente
incomprensibles para mí, pero había también una especie
conclusiones escritas por un ayudante del profesor que decía:
"Profesor Lindsakar, tras arduas investigaciones he descubierto
que el tal Aleksander del que usted me habla no era un vampiro, sino
un extraño científico muy sabio, que hablaba a la perfección latín
y griego y varios idiomas más, y que, aunque parezca increíble, ha
ido apareciendo intermitentemente a lo largo de la historia, desde la
época de la Grecia clásica hasta su desgraciada muerte a finales
del siglo diecinueve. Parece que se arrimaba a los centros del saber
y de la ciencia, y entablaba amistad con los más afamados sabios de
cada época, y tras pasar un tiempo debatiendo con ellos
desaparecía, y volvía a aparecer varios siglos después para
conocer y debatir con otros sabios. No les hacía ascos a ninguno
pero por lo que he visto le interesaban sobre todo los dedicados a la
rama de la Física.
Cuentan
las crónicas que en muchas ocasiones este hombre iba acompañado de
una mujer, tan sabia o más que él, y que era un poco bruja. Tenía
artilugios mágicos que hablaban y que emitían rayos, y sabía curar
a los enfermos, todo lo cual les trajo en algunas ocasiones serios
problemas con la casta sacerdotal de los lugares que visitaban,
teniendo que salir más de una vez por patas para salvar el pellejo
perseguidos por turbamultas exaltadas convenientemente azuzadas por
los hechiceros de turno que querían perjudicarles todo lo que
estuviera en su mano en defensa del monopolio de lo sobrenatural que
tan pingües beneficios les suele reportar.
Al
parecer entre una y otra aparición se introducían en un extraño
sarcófago que tenían oculto en el templo de Hera en Corinto y que
los mantenía con vida sin envejecer. Hay referencias a su
entrevistas con sabios griegos de la talla de Anaximandro,
Anaxágoras, Heráclito, Arquímedes, Tales de Mileto, Platón,
Aristóteles y muchos más. Entablaban con ellos largas
conversaciones a las que se unían los más importantes sabios del
lugar y también alguna que otra sabia, que por aquel entonces,
aunque no lo parezca, haberlas habíalas, atraídos, por qué no
decirlo, por el buen vino y las buenas viandas con que los
agasajaban, gracias a que tenían unas bolsas a modo de faltriquera
de donde sacaban pepitas de oro con las que sufragar esos ágapes, y
debatían sentados en las piedras del ágora hasta que el alba, con
sus rosados dedos, iluminaba sus caras ya abotargadas por los
efluvios del vino que nublaban sus preclaras mentes.
También
hay referencia a una misteriosa pareja de sabios medio brujos que
deambularon en el siglo XII por Al-Ándalus, teniendo largas charlas
a la sombra de los limoneros por los jardines de Córdoba y Granada
con los sabios Maimónides y Averroes sobre lo divino y lo humano,
sobre la magia y la ciencia, sobre las estrellas y el eterno devenir
del tiempo, y que podrían muy bien tratarse de Aleksander y su
acompañante.
Existe
también una carta de Galileo en la que cuenta a un colega de Pisa
que una pareja de extraños astrónomos le visitó en Florencia y
habló largo y tendido con ellos, que sabían muchísimo de
astronomía y le dieron grandes ideas para demostrar que sus
descubrimientos sobre los movimientos planetarios eran
incontestables. Que tenían un aparato parecido al microscopio que él
estaba fabricando, en cuyo interior se veía a través de la lente
imágenes en movimiento de los planetas, con todo lujo de detalles,
incluida la Tierra orbitando alrededor del Sol. Incluso se le veía a
él mismo hablando y repitiendo lo que acababa de decir. Era algo
realmente extraordinario. Cuenta que esas personas le habían animado
mucho para sobrellevar los difíciles momentos que estaba pasando por
la persecución que sufría por parte del Santo Oficio. Que le había
parecido que uno de ellos era una mujer disfrazada de hombre, con
unas enromes barbas que se notaba mucho que eran postizas.
También
existe en un manuscrito en la Royal Society que escribió un físico,
amigo de Isaac Newton, en el que cuenta la vida de éste, y que dice
que un día Isaac le dijo que la manzana que le inspiró la Ley de la
gravitación universal mientras dormitaba en una mecedora en el
jardín de su casa de Cambridge no cayó del manzano, sino que se la
tiró desde el otro lado del muro una mujer loca al grito de "¿Mirad
parriba, que caen manzanas! y le dio en mitad de la cabeza, y que
luego, muy compungida, se disculpó y le contó que era una alegoría
sobre la atracción de los cuerpos. Que él creía que le hablaba del
pecado de la carne y como la mujer era muy atractiva la invitó a
tomar el té con él a ver si podía echar una canita al aire
aprovechando que no estaba su familia, pero la muy bribona no estaba
sola, la acompañaba un hombre y entraron ambos. Que aunque al
principio él estaba malhumorado por ver truncadas sus expectativas
amorosas, eran tan educados y cultos que enseguida entablaron una
productiva conversación sobre física, y le escribieron varias
fórmulas matemáticas con las que le abrieron los ojos a una serie
de leyes físicas que él ya barruntaba en su cabeza pero no
terminaban de concretarse. Cuando se despidieron ella le puso un
extraño apósito en el chichón que le había hecho con el manzanazo
y que, aunque no le dolía gracias los varios whiskies que se habían
echado al coleto, a lo largo de la noche le había ido creciendo de
forma ostensible. Entonces él, caballero inglés al fin y al cabo,
le besó la mano, y le preguntó su nombre, y ella le dijo que se
llamaba Ella.
Y
la ultima aparición que he podido documentar que también pudiera
ser del tal Aleksander y Ella data de finales del siglo diecinueve.
Se trata de una extraña historia que la física Mileva Maric, la
primera esposa de Einstein, le contó a una amiga poco antes de
morir. Al parecer estando en su casa de Zurich llegaron una mujer y
un hombre muy educados y agradables preguntando por Albert, su
marido. Ella les dijo que no estaba en casa, que estaba trabajando en
la oficina de patentes y que tenían inventario de inventos y
llegaría un poco más tarde de lo habitual. Ellos le dijeron que
eran físicos, ella francesa y él inglés, y que querían
contrastar con él unas dudas teóricas que tenían. Entonces ella
les dijo que pasaran, que ella también era física y que si podía
ayudarles en algo lo haría muy gustosa. Se sentaron en la mesa de la
cocina y mientras ella preparaba la cena le plantearon una serie de
dilemas respecto al continuo espacio-tiempo. Mileva llevaba unos
meses dándole vueltas en la cabeza a eso mismo que le estaban
contando y emocionada se pusieron a hablar sobre ello. Cuando llegó
Albert cenaron todos juntos, y en la sobremesa ellos se quedaron
fumando y bebiendo coñac como cosacos mientras ellas recogieron los
platos y terminaron en la cocina debatiendo sobre el tema mientras
los lavaban y recogían. Entonces Ella, que así se llamaba esa
mujer, le planteó una cuestión de física teórica muy interesante.
Era sobre la posibilidad de viajar en el tiempo. El asunto le
apasionaba a Mileva, que ya había tonteado con esa hipótesis en
numerosas ocasiones, y se les ocurrió hacer un juego parecido al que
precisamente también en Suiza había hecho Mary Shelley con sus
amigos que dio como resultado el nacimiento de Frankenstein, la madre
de todas las novelas de ciencia ficción, solamente que en ese caso
no sería un relato, sino una demostración teórica sobre dicha
posibilidad lo que tendría que desarrollar cada uno. Se lo
plantearon a Albert y a Aleksander y aceptaron el reto, y sacando
papel y lápices para todos se pusieron manos a la obra. Pero ellos
abandonaron pronto, el coñac había hecho mella en sus capacidades
mentales. Albert no paraba de hacer el payaso haciendo caras, sacando
una enorme lengua, estirándose las orejas y poniéndose bizco, y
Aleksander se reía como un loco y se metía manzanas bajo el jersey
simulando tener tetas y cantaba La Pulga mientras se contoneaba
imitando a una cupletista psicalíptica alemana que por aquellas
fechas estaba muy de moda en los cabarets. Cuando ellos finalmente
cayeron dormidos, ellas siguieron trabajando, discutiendo,
contrastando y desarrollando ecuaciones y fórmulas. Aquella mujer le
dijo a Mileva que le decepcionaba que su marido Albert no participara
con ellas de este emocionante juego de ciencia porque creía que
tenía mucho que decir en ese tema, y Mileva le contó que en
realidad Albert era un poco petardo y que estaba muy arrepentida de
no haberse liado con su amigo Tesla que le había echado los tejos, y
que era mucho más listo y muchísimo más elegante, apuesto y guapo.
Fue
una noche larga, pero antes del amanecer habían desarrollado una
teoría fantástica que demostraba que el tiempo y el espacio eran
relativos, y que efectivamente era posible cambiar la velocidad e
incluso el sentido del tiempo a través del cual se desplaza un
objeto, y por lo tanto sería posible hacerle a ese objeto dar un
salto en el tiempo hacia el pasado siempre y cuando existiera la
suficiente energía para ello. Sin embargo no era posible empujar
nada hacia el futuro porque todo el universo ya está viajando hacia
el futuro a la máxima velocidad posible, al igual que no se puede
empujar a la luz para que vaya más deprisa.
Tras
este extraordinario descubrimiento estaban en un estado tal de
éxtasis creador y tan emocionadas de lo que acababan de hacer que se
miraron a los ojos y les dio un subidón tal que se besaron
apasionadamente y terminaron amándose sobre una piel de reno que
había delante de la chimenea, como sólo dos mujeres tan sabias
saben amarse.
El
amanecer las encontró abrazadas, desnudas, exhaustas y felices,
arrulladas por los ronquidos de Albert y Aleksander a los que ni aun
los aullidos de placer de ambas habían sido capaces de despertar. Se
levantaron a hacerse un café negro bien cargado y mientras se lo
tomaban Ella le planteó a Mileva una duda que que tenía a la luz de
las fórmulas que acababan de desarrollar, y era sobre si la tercera
ley de Newton, el principio de acción-reacción, se aplicaría
también sobre el tiempo, igual que se aplica sobre el espacio.
Mileva le contestó que ella creía que por lógica así debería
ser, por lo que, según su ecuación, la reacción contra la súbita
aceleración de un objeto hacia el pasado debería ser la aceleración
de todo el resto del universo hacia el futuro, si bien, de forma
infinitesimal, inapreciable, dada la infinita diferencia entre la
masa del objeto y la de todo el resto del universo. Ella contestó
que si, como habían deducido, todo el universo ya viaja hacia el
futuro a la velocidad máxima posible, ese empujón, por
infinitesimal que sea, tendría por fuerza que llevar a todo el
universo a la destrucción. Mileva le contestó que según su
ecuación así era, ante lo cual Ella se quedó muy pensativa y
silenciosa cabilando sobre ese tema y repasando los cálculos con una
especie de ábaco pequeñito lleno de teclas que llevaba, y luego le
dijo a Mileva que tenía que irse, que había quedado para ver a otro
científico, el señor Max Plank, pero que volvería para seguir
hablando con ella, y con su marido, cuando pudiera, pero que no
volvió a verla.
Que
Aleksander y Albert se despertaron a mediodía, comieron algo, y a
media tarde, como era domingo, se fueron de copas y Albert no volvió
a casa en toda la noche, y contó que habían ido a un cabaret a ver
cantar La Pulga a la cupletista Augusta Berges, y que Aleksander
había bebido mucho y había dicho que se había enamorado
perdidamente de ella y se empeñó en ir al camerino a pedirla en
matrimonio. Que se pegó con los porteros del local, se montó un
revuelo enorme, llamaron a la policía y él huyó de allí porque un
escándalo de ese calibre pudiera hacerle perder su querida plaza de
funcionario de aduanas.
Bueno,
profesor, esto es todo lo que he podido encontrar que considero que
puedan ser apariciones a lo largo del tiempo del tal Aleksander.
Por
cierto, lamento decirle que el cheque que me dio como adelanto para
gastos de la investigación que he hecho siguiendo su encargo ha sido
devuelto por el banco. Le rogaría resolviera a la mayor brevedad
esta enojosa situación. Gracias."
Estaba
claro que no era yo el primero ni el último sufrido acreedor del
profesor que no consigue cobrar un duro. Los sabios tienen fama de
despistados, pero éste era directamente un moroso empedernido.
Había
también entre los papeles una especie de manual con instrucciones
para conseguir recibir y transmitir ondas telepáticas, el tema me
pareció muy interesante. Explicaba con dibujos y diagramas como
fabricar una especie de antena y conectársela a la cabeza con
pegatinas de esas que te ponen para hacer electroencefalogramas. Me
gusta mucho el rollo de hacerme inventos con aparatos eléctricos
inservibles. Tuve un tío bisabuelo inventor que vivía en una
buhardilla de la calle Lavapiés llena de cachivaches que fabricaba
él mismo y luego patentaba, pero nunca consiguió que sirvieran para
algo productivo. Quizá me venga de ahí algún gen de inventor. El
truco es tirar para delante con lo que tengas a mano. Como McGiver.
Así que sin pensármelo dos veces me puse manos a la obra. A falta
de casco cogí un escurreverduras del Ikea y por cada agujerito fui
metiendo un cablecillo eléctrico con la punta pelada y por el otro
extremo los fui soldando todos con estaño a la placa base de mi
viejo Spectrum Plus 48K que había destripado hace años para
fabricarle una Thermomix a mi madre con su Turmix de toda la vida,
tal como ponía en un diagrama en las instrucciones del profesor. Por
cierto, la Turmix ardió y le quemó la cocina a mi madre. En la
carrera de los inventores no todo van a ser éxitos, también hay
fracasos. Lo malo es cuando te pasa como mí, que no te llegan los
éxitos por más fracasos que te eches a la espalda. Entonces la
autoestima empieza a resentirse un poquillo y hay que ser
inasequible al desaliento, como yo, para seguir intentándolo.
Conecté
un cable de antena a la toma de la salida de la señal de vídeo del
Spectrum y lo enchufé en la conexión de la antena colectiva de la
tele. Finalmente me mojé la cabeza para que los cablecillos pelados
hicieran bien el contacto, me senté en el sillón de orejas que
había cogido de la calle no hacía mucho, y me puse el casco que me
había fabricado. Luego lo enchufé a la corriente y cerré los ojos,
como ponía en el manual, para concentrarme en las ondas telepáticas
que pudiera recibir. Pero algo no salió bien. Empecé a oír un
griterío terrible in crescendo mientras la cabeza se me iba
calentando más y más, hasta que perdí el conocimiento y no me
acuerdo de nada más.
Lo
siguiente que recuerdo es que me desperté completamente
desnudo dentro de una lavadora de esas enormes que hay en las
lavanderías públicas. Me encontraba totalmente aturdido, no sabía
que coño hacía allí, no recordaba nada, tenía un horrible dolor
de cabeza y olía a cuerno quemao. Intenté abrir la puerta de
cristal y no pude. Di golpes y llamé en plan:
-¡Oiga,
oiga! ¿Hay alguien ahí? ¡Ábranme la puerta por favor!
Pero
nadie contestaba. Limpiando el vaho del cristal miré afuera. Las
luces del local estaban apagadas pero las farolas de la calle
iluminaban tenuemente desde fuera una sala de espera con sillas de
plástico naranja de esas en las que se sientan los clientes a leer
el periódico, mientras sus calzoncillos sucios les avergüenzan
girando y girando tras el cristal exponiendo sin piedad sus miserias
a la vista del resto de la clientela. No había nadie.
Me
cansé de aporrear y me quedé tumbado sobre la ropa que llenaba el
tambor a la espera de ser lavada, albergando la esperanza de que
llegara alguien, un segurata o algo así, que me pudiera abrir la
puerta. Intenté recordar cómo había llegado hasta allí pero me
era del todo punto imposible. Es más, no recordaba nada de nada. Ni
quién era yo ni cómo me llamaba.
Entonces,
y sin motivo aparente que lo justificara, mi atributo varonil más
preciado inició un lento pero imparable crescendo que lo llevó a un
estado cercano a la perfección hecha carne, al tiempo que mi corazón
se aceleraba y a mi mente acudían en tropel cientos de imágenes
calificadas equis cum laude. Y es que aquella lavadora estaba llena
de exótica lencería femenina de algún burdel cercano esperando a
ser lavada: tangas, bragas, sujetadores, saltos de cama, batitas de
seda… En fin, todo un arsenal de material explosivo cargado de
feromonas brutales, tanto artificiales como naturales que inundaban
el aire que respiraba y me penetraban incluso a través de la piel.
Reconozco que siempre me ha puesto el tema de la lencería, y he de
confesar incluso que tengo una modesta colección de prendas íntimas
de mis vecinas robadas de sus cuerdas de tender con una caña de
pescar que me tocó en una rifa, pero aquello era excesivo incluso
para mí. Si los efluvios femeninos fueron creados por la madre
naturaleza con potencia suficiente para excitar a los de mi género a
campo abierto y a distancia, imagínate el efecto que puede causar
tal concentración en un lugar cerrado y tan pequeño. Me intoxiqué
completamente. Sufrí una sobredosis de feromonas y mi estado de
excitación llegó a tal punto que perdí el poco seso que pudiera
quedarme, si es que aún me quedaba alguno, y mi cuerpo, tomando el
control de la situación, se abrazó a aquella montaña de placer
textil y empezó poseerlo carnalmente una y otra vez sin tregua ni
respiro. A los que siempre andamos escasos de sexo nos parece que en
esas lides "contri" más mejor, pero cuando has pasado por
la experiencia que yo pasé te das cuenta de que no es así, que hay
un límite incluso para tan placentera actividad y que si lo
sobrepasas, el placer se convierte en sufrimiento. Así, los primeros
orgasmos que tuve, por qué negarlo, los disfruté, pero llegó un
momento en que no podía más, me faltaba el aire y el corazón me
iba a estallar, me dolía la espalda por las convulsiones y no te
cuento como tenía el estoque de tanto entrar a matar. Yo quería
parar, pero mi cuerpo seguía como un martillo neumático dale que te
pego. Aquello era como un ataque epiléptico-sexual fuera de control.
Y para colmo de males de pronto la lavadora se puso en marcha y
empecé a dar vueltas y vueltas haciéndome perder el norte, el sur,
el éste y el aquél, en un agitado mar de ropa íntima con olor a
mujer.
Sintiéndome
como si cayera en un remolino inexorable que me llevaba hacia el
averno de los infractores del sexto mandamiento, me aferraba con más
y más fuerza a mi bola de sedas y nailones mientras no cesaban los
embites de mi pelvis automática ni los periódicos orgasmos de mi
dolorido cuerpo. Entonces se me vino a la cabeza el cuento de Poe del
descenso al Maëlstrom y mi último pensamiento, antes de perder
definitivamente la cabeza bajo un aluvión de alucinaciones que
prefiero no contarte para que no arrojes horrorizado al fuego estos
cuadernos, fue abandonar el barco y buscar un tonel al que aferrarme
para escapar del vórtice que amenazaba con tragarme, y en un
esfuerzo supremo solté la montaña de lencería que abrazaba y cogí
a tientas con la mano lo único sólido que pude palpar, y decidí
que pasara lo que pasara no lo soltaría por nada del mundo, que ese
sería mi tonel, pensando, sin lógica científica ninguna, que eso
sería mi tabla de salvación.
No
sé si fue eso lo que me salvó la vida, pero el caso es que desperté
vivito y coleando, y nunca mejor dicho, en una camilla dentro de una
ambulancia del Samur rodeado de luces intermitentes naranjas y
azules, mientras oía como afuera, la dueña del local, que me había
encontrado en tan lamentable estado, repetía sin cesar: -
“¡Amos,
amos, amos!… Si no lo veo no lo creo.”
Un
policía tomaba notas e intentaba averiguar mi nombre, pero yo no le
contestaba porque no lo sabía, y además tenía puesta una
mascarilla de oxígeno y una enfermera me estaba untando una pomada
en la parte de mi cuerpo más afectada por el ataque de las
furibundas feromonas femeninas, el cual todavía estaba en estado de
gracia, mientras decía consternada.
-
¡Jesús, María y José, en mi vida he visto cosa igual! ¡Pobre
hombre!
Aquello
fue mano de santo, de santa en este caso, porque me alivió el enorme
escozor que sentía, que fíjate cómo sería que ni disfruté con
aquellas caritativas manipulaciones. Luego me lo vendó con la
delicadeza con que se envuelve una momia, pero como ni aquello
menguaba ni mis convulsiones pélvicas cesaban me pusieron la
epidural y me llevaron a la Paz donde me dejaron en una cama en medio
de un pasillo lleno de viejetes malhumorados y quejosos. De vez en
cuando venía alguien y me preguntaba cosas y me miraban mis partes.
Por la tarde trajeron a un anciano con delirium tremens que nos dio
una noche de perros con sus gritos, pero de madrugada se le pasó y
era un tío de lo más cachondo. No sé cómo hostias consiguió que
un segurata le pasara un cartón de Don Simón y lo compartimos como
buenos compañeros de desdichas. El tío se descojonaba cuando le
contaba el motivo por el que me habían traído allí. No tenía
dientes y cuando se reía, vete tú a saber por qué, me decía:
-“Ay,
Flánagan, nunca debiste cruzar el Misisipi”. Así que creí que
ese era mi nombre, y cuando una celadora me preguntó por enésima
vez le dije que me llamaba Flánagan, y lo pusieron en una pulserita
de papel adhesivo sujeta a mi muñeca y al mirarla me di cuenta que
llevaba sujeto con la mano acalambrada un enorme consolador negro en
el que ponía "Queen Mary". No podía abrir los dedos, los
tenía morados de la presión brutal con que agarraba aquel portento
de la industria del placer. Luego volvió la enfermera y me infiltró
alguna mierta que me relajó los músculos de la mano y cogiéndome
los dedos uno a uno los fue separando hasta quitármelo. Recordé la
frase del cantar del mio Cid que decía "como la uña de la
carne, así separándose van" y me entró una pena terrible, y
como una madre a la que estuvieran arrancando un hijo de sus brazos,
me puse a llorar pidiéndole a la enfermera que no se lo llevara, que
lo dejara a mi lado. La mujer fue buena y comprensiva, y tratándome
como a un pobre huérfano abandonado puso el consolador con mimo a mi
costado para que me hiciera compañía en las horas bajas como si
fuera mi Gusiluz. Y un poco Gusiluz sí era, porque al calor de mi
cuerpo empezó a emitir una tenue fosforescencia rosada y cuando lo
acariciaba ronroneaba suave y cadenciosamente.
Al
cabo de unas horas el vejete me dijo que se habían olvidado de
nosotros. Que en algún cambio de guardia se habían debido
traspapelar nuestros informes y por eso no nos traían comida ni
nada, así que decidió que había que abrirse de allí, pero al
llegar a la puerta no nos querían dejar salir porque íbamos
descalzos y con unos camisones de esos abiertos por detrás enseñando
el culo. Entonces el vejete montó un pollo de tal envergadura
reclamando a voces su derecho constitucional a la libertad
deambulatoria que para impedirle el libre ejercicio de la misma
tuvieron que placarle entre varios fornidos seguratas. Yo, acojonado,
me volví a mi camastro en el pasillo y me escondí debajo de las
sábanas. Al fin y al cabo a dónde iba a ir, si lo único que sabía
de mí, y, como supe luego, erróneamente, es que me llamaba
Flánagan.
Me
quedé dormido y me desperté en medio de la noche con el traqueteo
de mi cama recorriendo pasillos. Me llevaban a algún sitio. Me asomé
a preguntar pero no vi a nadie. La cama parecía andar sola. Iba
golpeándose con todas las esquinas. Yo me quejaba pero no me
contestaban. De pronto la cama enfiló hacia unas escaleras que
bajaban. Yo grité para avisar al camillero pero éste hizo caso
omiso y caí botando en cada escalón mientras un enano feo como la
madre que lo parió, cuya cara me resultaba conocida, bajaba detrás
de mí con cara de susto al ver que se le escapaba la cama por una
escalera que, por ser tan bajito, no había visto. Al final me
estrellé contra unos carritos llenos de bandejas con los restos de
las comidas. Con el estruendo de los golpes surgieron celadores de
debajo de las piedras. El enano secuestrador al verlos echó a
correr, y yo, movido por algún resorte de mi inconsciente, agarré
el Gusyluz y enarbolándolo como una cachiporra amenazante me fui
tras él gritándole:
-¡Enano
de mierda, como te coja te mato!
Lo
perseguí por los pasillos interminables del hospital. Cuando creía
que lo había perdido volvía a verle. Cogerle se había convertido
en mi única obsesión. En cierta manera tenía la esperanza de que
aquel tipo supiera quien era yo, donde vivía y todo eso, y pensaba
sacárselo a hostias. De una habitación donde convalecía un pobre
hombre lleno de tubos pillé una vieja gabardina y unos zapatos con
sus correspondientes calcetines dentro hechos una bola, y pude
quitarme el ridículo camisón. Le vi salir del hospital y meterse en
el metro, y me fui detrás de él corriendo. Se escondía entre la
gente y no le veía y de pronto volvía a verle. Cada vez estaba más
seguro de que yo conocía a aquel tipo. Él era mi única oportunidad
para recuperar mi pasado. En una estación le vi bajarse de otro
vagón corriendo como alma que lleva el diablo y corrí hasta la
calle con la lengua fuera. Se metió en un portal y yo tras él.
Subió escaleras y yo también, y llegué justo para ver como se
cerraba la puerta de una casa.
-¡Sal
de ahí, hijo la gran puta, no me obligues a tirar la puerta abajo! -
Dije con la voz más convincente que pude poner, la cual no debió
ser lo suficientemente convincente porque me contestó con una
pedorreta. Así que pasé a la acción, tomé carrerilla y dando un
salto a lo Kung-Fu lancé mi pie de derribar puertas contra aquélla,
la cual, lejos de abrirse, engulló mi pobre pierna por un boquete
que a la sazón tuvo a bien confeccionarse por aquello de la mala
calidad de los materiales con los que había sido confeccionada, a
saber, contrachapado del malo y cartón reciclado, atrapando mi pobre
pantorrilla, cuan escuálida era, mediante la utilización del viejo
truco de las astillas a contrapelo, y viéndome el enano secuestrador
en aquella tan triste tesitura, con aquel cepo para osos mordiéndome
las carnes sin piedad, profirió, como un vil cobarde, sonoras
carcajadas e insultos varios sobre mi persona, y, sin tener compasión
alguna, abrió de golpe la puerta cabrona, hincándome más si cabe,
cual corona de espinas, todas las astillas. Yo, como era natural,
gritaba, gruñía y aullaba mientras a la pata coja saltaba siguiendo
a la puta puerta en su desplazamiento intentando minimizar los daños
en la medida de lo posible, ya que a esa pierna, pese a ser la mía,
le tengo un cierto apego, pero él, entre risas se abrió paso.
-¡Enano
de mierda, cuando te coja verás! - dije furibundo viéndole huir tan
jocoso. Pero mis amenazas poca mella hicieron en él.
-
¡Bueno, amiguete, nos vemos, besitos, chao!- me dijo, y se abrió de
allí.
Debido
al escándalo que habíamos montado, el vecinamen, aunque escondidos
en sus casas, estaban al tanto de la movida, y en cuanto vieron que
la cosa se había medio calmado empezaron a asomar sus caretos por
las rendijas de sus entreabiertas puertas. Eran un ejército de
jubilaetes en bata y zapatillas de paño. Se arremolinaron en torno a
mi persona como los monos de 2001 alrededor del monolito. Alguno
incluso me tocaba, digo yo que para ver si era de verdad, porque
ciertamente mi aspecto no era precisamente discreto, ya que bajo
aquella mierda de gabardina gris descolorido, con irisaciones rojizas
en los hombros, asomaba mi desnudo y escuálido cuerpo, que no pasaba
por sus mejores momentos, con la parte más delicada del mismo
convenientemente envuelta en el prieto vendaje elástico que había
tenido a bien ponerme con tanto mimo aquella caritativa enfermera,
calzando aquellos zapatones negros con olorosos calcetines a juego, y
sosteniendo en la mano como un sable láser mi enorme Gusyluz negro
cuya punta, con los golpes había despertado y emitía una intensa
luz roja como el dedo de E.T.
Mientras
cavilaba yo sobre la forma de liberar mi pierna cautiva, aquél grupo
de ancianos aparentemente anárquico, se organizó como comando de
acción, como en las pelis de dibujos de superhéroes, esas
americanas, malas que te cagas, en las que juntan cuatro pringaos
gorditos sus anillos y se convierten en cuatro poderosos luchadores
contra el mal, y dirigidos por uno de ellos, sin duda el menos
capacitado para ello, sacaron de sus casas, por llamar de alguna
manera a aquellos habitáculos mugrientos, un terrible arsenal de
instrumentos de bricolaje. Sierras, taladros, tenazas y
blakcandéqueres varios. Incluso pude ver una anciana pelona con un
secador de pelo que no sé para qué coño querría usar, pero que
esgrimía con decisión buscando, clavija en mano, un enchufe donde
conectarlo. Yo vociferaba pidiendo clemencia, pues tal como estaba la
cosa daba por seguro que esa panda de locos tomaría la decisión
menos acertada, esto es, seguramente amputarme la pierna, pero mis
gritos eran ahogados por el vocerío de sus opiniones enfrentándose
unos a otros como si de una junta de copropietarios se tratara, y por
el chirrido espantoso de los instrumentos de tortura que ya habían
puesto a calentar. Nubes de serrín inundáronlo todo, y
particularmente mis ojos y mi boca.
Finalmente
el grumo de terceraedadanos se medio deshizo y pude ver mi pierna
orlada con un trozo de puerta a modo de brazalete, del que chorreaban
graciosamente decenas de hilillos de sangre que se perdían dentro
del zapato empapando mis atufantes calcetines. Ellos, orgullosos de
su obra se felicitaban los unos a los otros, todo era armonía y
felicidad. Al menos no me habían amputado mi preciada extremidad
pateadora, cosa que les agradecí convenientemente y abotonándome la
gabardina por aquello de tapar mis desdichadas vergüenzas, me dirigí
hacia la escalera saludando a diestro y siniestro sonrisa en ristre
caminando espatarrado para no darme en la pierna sana con el cacho de
puerta que llevaba puesto en la otra, pero no quiso Dios, a pesar de
su, vete tú a saber por qué, tan afamada infinita misericordia,
darme un momento de respiro, y tras bajar tres o cuatro peldaños me
golpeé la pierna de apoyo con el cacho de puerta de la otra y me
trastabillé de tal manera que caí rodando hasta el portal, caída
que, dado que aquella escalera era de esas antiguas de madera reseca
y astillada, además de producir un sonoro retumbar de tambores,
añadió a mis males un incontable número de astillas clavadas por
doquier en mi ya maltrecho cuerpo. Era la segunda vez que caía por
unas escaleras aquel día. Aquello se estaba convirtiendo en una
costumbre.
Una
viejecita con rulos, al parecer portera del inmueble, salió de su
mansión con una de esos artilugios antiguos de echar ddt y me roció
con él mientras decía que el zotal era lo mejor para las heridas.
No veas como escocía. Al verme gritar y retorcerme de dolor me
indicó que en la acera de enfrente había un hospital mientras me
empujaba con la escoba para echarme de sus dominios. Andando como un
zombie conseguí llegar hasta él con mi corona de espinas
hincándoseme más a cada paso. Era uno de esos hospitales llenos de
estatuas de vírgenes y santos y atendido por monjitas.
-¡Madre
del amor hermoso!- Exclamó la que me atendió- ¿Pero que ha hecho
usted, hombre de dios? ¡Si viene hecho un Ecce Homo!
-
No ha sido aposta, ha sido un accidente.- Contesté avergonzado.
-
Bueno, quítese la gabardina y túmbese ahí.
Normalmente
no desaprovecho yo una tan buena oportunidad de empelotarme ante una
mujer que me lo pida, sin que el estado civil de ésta, soltera,
casada, viuda o monja, sea impedimento alguno, y allí había no una
sino tres por lo menos, pero en aquellas circunstancias no estaba yo
muy por la cosa del devaneo exhibicionista, así que opté por
aferrarme a mi gabardina, única prenda que portaba, como queda
dicho, y me negué a que mis desnudeces fueran pasto de sus miradas
lascivas. Me quité, eso sí, los zapatos y calcetines, con lo cual
se produjo la consiguiente expansión por toda la sala de partos
donde me hallaba, pues ese hospital era en realidad una maternidad,
de un intenso olor a palomitas revenidas, pues así es como huelen
algunos calcetines en los primeros estadíos de su inevitable
putrefacción.
-¡Hum,
huele a palomitas! - comentó una individua de la casa que entraba a
sus cosas en ese momento. Las tres gracias se miraron, me miraron los
pies y haciendo gestos como de taparse las narices se descojonaron de
mí todo lo que les vino en gana, sin el mas mínimo asomo de la
caridad cristiana que se les supone. Yo, mas colorado que un tomate,
aguanté el temporal como pude intentando mantener una apariencia de
ser una persona normal.
-
Bueno, esto.., es que estos calcetines no son míos…- dije
excusándome.
Era
inútil, cuando uno es pasto de las risas ajenas ya puede ponerse
todo lo serio que quiera que no hay nada que hacer. Cuanto más decía
yo en defensa de mi honorabilidad más se reían las muy cabronas.
Pero si ya la cosa iba mal encauzada por el tema de los olores
podológicos, no quieras saber la que les entró cuando se percataron
que debajo de la raída gabardina que me cubría no llevaba más que
mi pobre pellejo humano y mis más pobres aún atributos de género,
los cuales, aunque aún conservaban restos de las vendas, no estaban
ya precisamente como para tirar cohetes.
-¡Pero
hombre!, ¿Cómo va usted así por la calle?- Me preguntaban
levantándome los faldones y asomándose por ver de pillar una buena
instantántea.
-Es
una larga historia- Contestaba sujetándome la gabardina para
proteger mis intimidades de su morbosa curiosidad.
Y
ellas venga a reírse, ya sin recato alguno, a carcajadas,
sujetándose las vísceras abdominales con las manos.
Cuando
hubieron saciado su sed de hacer escarnio de mi persona, y tras
secarse convenientemente las lágrimas, unas se pusieron manos a la
obra con mi pobre pierna aprisionada mientras otra me iba quitando
con unas pinzas las múltiples astillas asesinas clavadas por todo mi
cuerpo serrano.
Todo
ello les llevó su tiempo, no vayas a creer, pero al final lo
consiguieron y salí de allí con la pantorrilla vendada y dolorida,
el hueso de la vergüenza ultrajado hasta los tuétanos y una cuenta
de padre y muy señor mío a nombre de un tal Flánagan que juré en
falso por lo más sagrado que volvería para pagar, cosa que,
siguiendo una vieja costumbre muy arraigada en mí, no hice.
No
obstante, en honor a la verdad he de decir, que no sufrieron sus
arcas detrimento alguno por mi incumplimiento ya que, como oí tiempo
después en las noticias, denunciaron a esas monjas por haber vendido
a precio de oro, en el mercado negro de las reliquias, las astillas
manchadas de sangre que me quitaron, como si fueran astillas de la
vera cruz.
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