Cap. 12: La carbonería siniestra y la dama misteriosa


Capítulo 12

 La carbonería siniestra y la dama misteriosa

Cuando salí de aquel hospital, no sabía adonde ir, no recordaba donde estaba mi casa, es más, no recordaba siquiera si tenía casa. Así que me senté en un banco con la sana intención de pensar mientras me lamía las heridas, pero se me sentó al lado un individuo para no dejarme hacer ni una cosa ni la otra. Era un gallego transportista de carbón venido a menos que me dio palique todo lo que quiso y le vino en gana. Terminamos en la taberna "El Pepinillo Rabioso" bebiendo aguardiente de orujo y cantando confusas tonadillas gallegas a dúo. Al final, cuando el tabernero nos dio por muertos y arruinados, y viendo que ya no podría sacarle más cuartos a mi desventurado amigo, que a mí era inútil ni intentarlo siquiera, nos arrojó de su humilde establecimiento y echó el cerrojo.
Al vernos en la puta calle, expuestos a morir de frío en cuanto quemáramos el combustible alcohólico que ardía en nuestro interior, sobre todo yo, que no llevaba más prenda que la raída gabardina, y viendo que aquel pobre hombre no era ya capaz de articular palabra ni de mantener el equilibrio mínimamente, y olvidando, gracias a dicho combustible, que estaba perdido como un perro abandonado, saqué mi vena hospitalaria y dije todo contento de pasar la noche en mi casa.
Agarrados de los hombros mutuamente por mantenernos en pie apoyados el uno en el otro, y por más querernos, que el roce hace el cariño, sobre todo si estás como una cuba, caminamos erráticos dando tumbos y chocándonos con cuantas papeleras, farolas o cabinas de teléfono tenía a bien la noche en poner en nuestro camino. Él lloraba a moco tendido de cuando en cuando. Yo le dejaba hacer. Al fin y al cabo no hacía daño a nadie. Cada cual con sus penas hace lo que quiere. Lo malo es que se secaba los mocos lagrimosos en mi hombro, sobre el que llevaba la cabeza recostada porque debía de pesarle cantidad tal era el cúmulo de nostalgias que la habitaban. Entonces se me vino a la cabeza un mal chiste que me sabía de cuando joven y se lo conté: "Apóyate corazón le dijo el chico a la chica sentados en un apartado banco del parque. Ella, con una dulce sonrisa, posó su cabecita en el hombro de él. El chico insistió, he dicho que te apoyes mi amor, no que te ahombres". Él tardó en pillarlo, y cuando lo hizo, en lugar de reírse se puso a llorar como un bendito sin que hubiera dios ni diablo que consolarle pudiera.
-Ay mi purriña, mi pobre purriña- decía el tipo entre sollozos- ¿Dónde estarás tú ahora, purriña mía?
Y cuanto más lloraba mas mocos espurriaba en mi pobre hombro, en funciones de sufrido paño de lágrimas.
Al fin llegamos a un portal, pero por más que porfié no hubo forma humana de abrirlo. Las llaves que llevaba en el bolsillo no entraban en la cerradura ni de coña.
-O éstas no son mis llaves o ésta no es mi casa- sentencié dedo en alto todo lo solemnemente que pude.
Al gallego le hizo gracia la cosa y dejando de llorar explotó a reír, pero más me hubiera valido que hubiera seguido con su hondo penar, porque seguramente por su falta de experiencia en el noble arte de la risa o por lo que coño fuera, el caso es que se atragantó con alguna saliva extraviada de las muchas que deambulaban por sus entresijos, que entre lágrimas, mocos y babas todo él eran fluidos acuosos. Y fue tal su ataque de tos que el pobre infeliz se iba y se venía de este mundo al otro poniendo los ojos a cada embite más en blanco. Yo temía por su vida pero no mucho, porque al fin y al cabo ya se sabe que los amigos para siempre de una borrachera nocturna duran lo que dura la noche, siempre y cuando no fallezcan antes, como en este caso parecía que iba a suceder. Pero el hombre no estaba por la labor de abandonar esta perra vida sin hacer antes algún daño más a sus congéneres, así que no contento con haberme babeado a conciencia la gabardina decidió potármela a base de bien con todo el contenido de su enorme aparato digestivo. No entraré en detalles cobre el color, la textura y otras características de aquel agente naranja, sólo diré que mi pobre gabardina quedó que daba pena verla, y no es que la tuviera en mucha estima pero, ¡que coño!, era mi gabardina. ¿O no?. En realidad no recordaba tener una gabardina de un tan horrible color morado. Es más, no recordaba tener gabardina ni ninguna otra cosa. Eso me tranquilizó. La posibilidad de que aquella gabardina vomitada no fuera mía no era descabellada ni mucho menos, al contrario, ya era certeza absoluta. ¡Aquella gabardina no era mía!. Ergo las llaves tampoco eran las mías, y quizá no iba tan descaminado al sospechar que aquélla tampoco fuera mi casa. Hubiera tenido gracia que aquella casa hubiera sido la del dueño de la gabardina y las llaves hubieran abierto la puerta sin problemas, pero esas casualidades solo se dan en las películas. En esas películas buenas que te cagas en las que todo son coincidencias inverosímiles que las ves venir a la legua y te tronchas de la risa. Pero la vida real es más sosa que la hostia y allí me dejó en tan lamentable estado, con una gabardina ajena por toda vestimenta, sin casa y sin saber qué hacer.
Por fortuna el gallego, tras la completa purga a la que había sometido a su estómago, había recuperado el resuello y con él la compostura y al parecer también el juicio, con lo que tomó cartas en el asunto y se hizo con las riendas de aquella noche que a esas alturas ya olía a naufragio por los cuatro costados, y al grito de:
-¡No problem! Vamos en ca el Flemas.- Me agarró del brazo con decisión, y no iba a ser yo quien impidiera a nadie tomar las decisiones que tuviera por convenientes dada situación de desamparo y desmemoria en la que me encontraba. Siempre es bueno dejar a los demás esa tarea, así tú te dejas llevar y que sea lo que Dios quiera. El resultado es el mismo y de paso te ahorras quebraderos de cabeza y luego le puedes echar las culpas al otro de todo cuanto ocurra. Es mi filosofía de la vida y no me va mal.
Me arrastró por callejuelas jamás holladas por persona alguna, si por persona entendemos lo que comúnmente por tal palabra suele entenderse. La casa del tal Flemas consistía en una carbonería del tiempo en que los ordenadores iban a vapor. Enclavada, o por mejor decir, atornillada, tal era su retorcido aspecto, entre edificios en ruinas juiciosamente abandonados tiempo ha por sus inquilinos, a pesar de ser de renta antigua, o quizá algunas conteniendo todavía en su interior sus cadáveres olvidados y momificados. Aquella carbonería aún en pie era un prodigio de la naturaleza, que no de la arquitectura, pues más tenía de montaña de escombros que de edificio propiamente dicho. Parecía sacada de una peli de Tim Burton, era inverosímil que aún se mantuviera a flote, pero así era. Tenía la fachada apuntalada con vigas ya medio podridas sujetando los dinteles de la puerta y las ventanas, a las que les faltaban casi todos los cristales que habían ido siendo sustituidos por cartones y trozos de hojalata de latas de membrillo.
El gallego abrió la puerta, y al hacerlo sonó una campanilla estratégicamente colocada para que avisara de la llegada de forasteros.
-Pasa, pasa,-me dijo- si el Flemas está tapia perdido, andará por ahí trasteando.
-No estará durmiendo? Lo digo porque es pelín tarde ¿no?- objeté.
-¡Que va!, si nunca duerme de noche. Bueno, ni de día, se queda un rato traspuesto en su sillón todo lo más y apañao, ya verás, es un tipo raro.
¿Raro?, aquel tipo era un espécimen que sólo dando al concepto de ser humano un significado muy amplio podría calificarse como tal. Era del tamaño de un mono pequeño. Renegrío, encogío, sucio hasta la extenuación. Con unos andrajos colgándole aquí y allá a modo de mono de trabajo y una escandalosa gorra con visera de plástico rojo y el anuncio en el frontal de una ferretería llamada Joyfer. Calzaba unas gafas, por llamarlas de alguna manera, modelo culo vaso de taberna de mostrador de mármol. El cristal de aquellas gafas era mate, medio envuelto en papel celo pringoso. No veía tres en un burro, aunque oír si parecía oír algo, eso sí, a duras penas y poniéndose la mano en la oreja a modo de pantalla.
-¿Quien anda ahí?-pregunto a un par de metros de nosotros y mirándonos con los ojos guiñados.
-Soy yo, Aguinaga.-contestó el gallego- ¿Como te va Flemillas?
-¡Hombre gallego! No te vía conocío, pasa, hombre pasa.
Nos condujo a duras penas por un pequeño sendero serpenteante entre montañas de carbón, chatarras, cosas cogidas de las basuras y bolsas de plástico de dudoso contenido, hasta una trastienda maloliente donde una especie de estufa eléctrica abollada con saña, chisporroteaba maliciosamente amenazando con pegarle fuego a aquel antro en cualquier momento.
-Perdonad el desorden- dijo el espécimen señalando vagamente a su alrededor- pero es que he tenido que hacer inventario y claro, ya se sabe...
¿Pero qué estaría diciendo el infeliz? Aquéllo no era desorden, aquéllo era un vertedero de escombros indoor. Pero ya se sabe, la dignidad por encima de todo.
-Nada, tú tranquilo. -Contestó el gallego como podría contestarle a alguien que se excusara porque tuviera la mesa sin recoger o algo así- nos hacemos cargo.
Nos sentamos en donde pudimos. Yo pillé una butaca desfondada. Nos sacó de beber un aguardiente para las ocasiones especiales. Para los suicidios diría yo. Al primer lingotazo que pegué quedé fuera de combate, en estado de coma cerebral creo, acurrucado en aquel sillón huesudo. Ellos hablaban lejanamente de su cosas iluminados tenuemente por la amarillenta bombilla de 25 watios que colgaba de un cable antiguo de tela retorcida como una estalactita, llena de polvo y moscas secas cubiertas de hollín.
-Hombre, Aguinaga, con lo que tú has sío.
-Ya ves Flemas, los hijos, que son unos hijos de puta. Me lo han quitado todo. Me han incapacitado por lo penal y me han echado de casa, en fin, ya ves, unos angelitos. 
-Cría cuervos... - dijo el Flemas
-¿Que?- preguntó el transportista poniéndose tenso.
-Ná, que como dice el dicho, cría cuervos y te sacarán los ojos- aclaró el Flemas.
-Ah, perdona, te había entendido no se qué de mis cuernos, y con mi purriña no quiero bromas.
Es esas conversaciones andaban cuando a mí se me vinieron las tripas a llamar a la puerta. Me levanté y a trompicones busqué un rincón donde dar salida a aquellos impulsos.
-La puerta del fondo- Dijo el Flemas adivinando mis necesidades.
No llegué a tiempo, pero casi mejor porque aquel retrete estaba en tal estado que si en algo estimabas tu salud más valía no acercarse. Una vez me hube despachado a conciencia tapé el tema con un poco de carbón y me sentí super ecológico. luego pillé un chandal viejo del mundial ochenta y dos de una una bolsa del Caprabo llena de ropa arrugada, seguramente robada de un contenedor de Humana, y me enjuagué la cara con un chorrillo de agua que caracoleaba desde un grifo tembloroso que emergía de la pared, entre un marasmo de tuberías de plomo llenas de esparadrapos tapafugas, y de pronto vi allí, en un rincón del mugriento suelo al lado del lavabo, una libretita roja que, como al relicario de la copla, yo enseguida reconocí.
-¡Coño, esa libreta la conozco!- Exclamé. No había duda, yo recordaba esa libreta. La abrí y me dio un vuelco el corazón, allí estaba en relieve de oro líquido escrito "Ella". Un torrente de recuerdos dormidos llamaba a las puertas de mi consciencia, pero éstas estaban cerradas con alguna contraseña que no era capaz de recordar. Me la guardé con la intención de leerla más adelante con calma a ver si encontraba en ella alguna respuesta a las innumerables preguntas que me asaltaban, y sobre todo a un par de ellas, compendio de todas las demás: ¿Quién coño era yo y qué coño me estaba pasando? Hacía un par de días que los acontecimientos se me precipitaban encima como un alud inmisericorde y yo no tenía ni la más remota idea de por qué. Pensaba que quizá me había dado un golpe en la cocorota o algo así y me había quedado amnésico perdido, y me limitaba a seguir el hilo de este caos absurdo sin principio y de momento, al parecer, también sin final. Lo único que sabía era que fui rescatado en pelotas del tambor de una lavadora en marcha sin tener ni puta idea de qué hacía allí y que desde entonces me pasaban cosas una tras otra sin orden ni concierto, como si yo estuviera en el ajo de alguna movida tocha, y sospechaba que aquella libreta roja tenía participación en el asunto.
Volví a mi desfondada butaca. Los dos amigos seguían contándose batallitas de cuando las carbonerías florecían como Macdónales desbocados y ellos eran los dandys del negocio de las piedras negras.
Siempre me han gustado las nostalgias de mundos decadentes otrora luminosos y florecientes. Ya sabes, el rollo San Remo, Atlantic City y esas cosas. Me hacen un nudo en la garganta, no sé, me da un subidón de melancolina y me dejo ir con los ojos llenos de brumas lejanas. Bueno, yo disfruto así. ¿ Y qué daño hago con ello?
Quería preguntarle al Flemas de dónde había sacado la libreta que estaba en su lavabo, pero me quedé frito sin remisión al calor de la estufa abollada cuya resistencia al rojo se resistía a la muerte con esporádicos chispazos agónicos, mientras oía de fondo aquella deliciosa conversación bajo el tema de que cualquier tiempo pasado fue mejor, lo cual, dicho sea de paso, no era nada difícil dadas las penosas circunstancias en que ambos encontraban.
No podía estar más a gusto. Bueno, salvo por el jodido resorte de la puta butaca de orejas que insistía cabezonamente en clavárseme en los ijares sin piedad, pero estaba muy cansado y machacado como para intentar siquiera un cambio de postura. El bueno de Morfeo cerró mis ojos y me fui quedando frito como un bendito. Y mientras me dejaba ir, una lejana y lánguida voz resonaba por las solitarias calles cantando con la tonadilla con que se anuncian los afiladores, pero en lugar de "el afilador", decía:
-"El enterradoooor, turiruriiiií, turururá."
Debía tratarse de un loco, aunque recuerdo, como en sueños, que el Flemas le contaba al gallego que en aquel barrio, y debido al alto índice, no ya de criminalidad, sino de criminales directamente, habían prohibido los afiladores, para ver de evitar el facilitarles su perjudicial tarea a los que usan el cuchillo como instrumento de trabajo fuera del hogar. Así, el enterrador de un cementerio clandestino que resolvía en la zona el problema de la retirada de cadáveres, había pagado los derechos de la célebre tonadilla y se paseaba de noche por las calles tocándola con un viejo chiflo y recogiendo los difuntos que la gente, al oírla dejaba junto a las puertas para que, a cambio del correspondiente emolumento, él cargara con el muerto. Las autoridades, ya sabes, mientras no pase nada gordo miran para otro lado, al fin y al cabo alguien tiene que asumir tan desagradable función. Al final, entre unas cosas y otras me quedé frito total.
La luz de un sol sin pena ni gloria me despertó entumecido, tiritando y tan hundido en la butaca que tocaba el suelo con el culo.
Allí no había nadie. Ni rastro del Flemas ni del gallego. Me levanté y al ir a salir la puerta ésta se negaba a abrirse.
-¡Hay que joderse! Estos hijos de puta me han secuestrado.-Me dije todo cabreado tirando una y otra vez de ella. Decidí tumbarla de un empujón pues al fin y al cabo no era más que una mierda hecha de tablas viejas malamente claveteadas. Tomé carrerilla y embestí con el hombro, y la muy puta se abrió sin problemas porque no se abría para dentro sino para afuera, y al rebotar se me vino encima y se estampó contra mi cara y del brinco que pegué hacia atrás me di con el dintel en la coronilla, momento que aprovechó el hollín acumulado sobre el alero de uralita para rociarme la cabeza dejándome la cara negra como un tizón como en las antiguas películas mudas de cine cómico, salvo que en este caso mis maldiciones no eran precisamente mudas.
Me fui de aquella carbonería de ultratumba dando gracias a los dioses de que no hubieran elegido aquella noche para llevarse su alma al otro mundo y que descansara en paz derrumbándose conmigo dentro.
Era una fría mañana de niebla y mi aterido cuerpo pedía a voz en grito un chocolatito con churros, así que puse mis terminales olfativas a otear el horizonte. Tengo leído en el Riderdiges que el olor de los churros calentitos puede detectarse en un radio de dos kilómetros con facilidad por un ser humano medio. Yo duplicaba esa distancia con creces. Al momento localicé el rastro de tan maravilloso aroma y dirigí mis pasos hacia el lugar del que provenía, con la boca literalmente hecha agua.
El origen de las emisiones era un viejo barecito con una estufa de leña en medio de la que salía un tubo renegrío a modo de chimenea que como si no estuviera, porque los humos de la combustión se negaban a ser conducidos al exterior del inmueble por el interior de dicho tubo y optaban por quedarse a hacer compañía a un par de jubilados por predefunción inminente que allí estaban tomándose su carajillo, imprescindible a esas alturas de la existencia para seguir sobrellevando los achaques pertinentes siquiera sea al menos el famoso día más, cuya posibilidad a nadie le niega la providencia.
Cegado por la autoestima generada por mi éxito olfativo pedí en voz alta desde la puerta:
-Venga Jefe, ponme unos churritos de esos que huelen a gloria bendita.
-No tenemos churros.- contestó el huraño camarero.
-!Cómo que no! Aquí huele a churros, y quiero churros- contesté ofendido sintiéndome como un negro al que le dicen, al entrar en un bar de moteros confederados de Alabama, que no tienen whisky.- ¿O es que al señor le molesta el color de mi piel?- añadí del tirón dejándome llevar por mi inoportuna imaginación.
El camarero lejos de amilanarse ante tan rotunda frase me miró, y con una sonrisita burlona contestó con el típico tonito chulesco de la villa y corte.
-Que el señor sea negro o simplemente un cerdo que no se lava la cara me la repampimfla, pero si el señor quiere churros, el señor se va y se los pide a la puta madre que parió al señor. En mi bar no tengo churros ni los he tenido en la puta vida. ¿Estamos?- y añadió- Aquí lo que huele es a buñuelos y eso es lo que tengo. Si los quiere, bien, y si no a la puta calle.
Al oír tal cantidad de improperios me vi entre la espada y la pared. O le hostiaba ya mismo con la eximente de defensa del honor y me quedaba sin desayunar, o me cepillaba una resma de buñuelos y que le dieran por culo al honor de los cojones.
Sabiamente, como no podía ser menos, opté por la segunda opción.
-Venga, oído cocina, pues que sean buñuelos, ahora eso sí, el chocolatito bien caliente como está mandao, ¿vale?
-No tenemos chocolate, si quiere café, café, y si no a palo seco o en su caso, si se tercia, con un aguardientillo que me traen de Tamajón que quita el hipo.
-No, gracias, casi mejor que sea café, bastante aguardiente llevo ya en las entrañas.- le contesté aceptando derrotado buñuelos con café como animal de compañía.
Si al menos hubiera sido café... Pero aquel calducho distaba mucho de poder ser condecorado con tan sacro nombre. Bueno, al fin y al cabo no me importaba porque no pensaba pagar, no es mi costumbre, además no tenía ni un puto duro, con lo que no había peligro de que por una debilidad pudiera caer en la tentación de hacerlo. Los buñuelos chorreaban grasa por todos los poros, que no eran pocos. Eran tan indigeribles que hasta yo dudé un instante, antes de comérmelos, si debía hacerlo o no, pero finalmente, como era de esperar, la balanza cayó del lado equivocado y me los comí.
Los tragué deprisa, sin respirar, para que me hicieran menos daño en el estómago. Es una costumbre que tengo desde cuando de pequeño alguien me dijo que las ortigas si las tocas sin respirar no te pican. Como comprobé en mis pobres dedos es absolutamente falso, pero como todo lo que te dicen de pequeño, se me quedó grabado en mi cerebro infantil todavía sin fraguar como el cemento recién puesto, y ya lo hacía sin pensar.
Tras comerlos me di cuenta que esa mierda de café de recuelo no iba a ser lo suficientemente corrosivo para ayudarme a disolver la bola de buñuelos que se me estaba formando en el estómago, le hice una seña al amable camarero para que me pusiera una copita de ese aguardiente tamajoniense y me senté en la mesa más cercana a la estufa a investigar en la libreta a ver si averiguaba algo. Estaba toda escrita con una letra de esas ilegibles, y al parecer en inglés, había también ecuaciones, esquemas y dibujillos de monigotes y de mujeres desnudas. Me gustan las mujeres desnudas. Vestidas también me gustan, pero menos. Siempre que tengo ocasión aprovecho para mirar mujeres desnudas, y si no tengo a mano revistas o libros de arte, las dibujo con un boli o con lo que sea. Cada loco con su tema. Ése es el mío. Si es pecado, reo soy, caiga sobre mí la pena que corresponda, pero que me quiten lo mirao.
Encontré entre sus páginas una tarjeta de un club de top-less con un número de teléfono escrito en el reverso de una tal Celine, aquello pintaba bien, era una buena pista para empezar mis pesquisas y como a la sazón disponía aquel tabernáculo de tres al cuarto de un flamante teléfono antiguo de los de fichas, le pedí a mi amigo el barman que tuviera a bien dejarme hacer una llamada, y ya fuera porque el hombre hubiera hollado con frecuencia los sórdidos calabozos de las comisarías o porque hubiera visto muchas películas americanas, el caso es que aquello del derecho a hacer una llamada le sonaba correcto y me emocioné. Pero poco dura la alegría en casa del pobre, el tipo me puso una ficha sobre la barra diciendo lacónico:
-La ficha son veinte duros o un euro, y tiene usted tres minutos.
-!Joder! ¿Veinte duros? !Si es una llamada local! - protesté indignado al ver que no sólo no me dejaba llamar de balde, sino que me quería sacar los hígados.
-Nos ha jodío, como que le iba a dejar poner una conferencia- contestó- ¿pero es que me ha visto usted cara de tonto?- Los parroquianos rieron con sonidos que más bien parecían engranajes oxidados chirriando.
Bueno, deme la ficha, ahora se la pago junto al desayuno, pero ese cambio de duros a euros me parece algo leonino.
Los parroquianos volvieron a reírse como si hubiera dicho un chascarrillo y uno de ellos dijo:-"Leoninooo, pon más vinooo!"- Explotando a reír de tal forma que su rostro adquirió un color rojo apopléjico que daba miedo verlo.
-¡Irsus a tomar por culo!- les decía el camarero, que como supe al salir y ver el del bar, se llamaba León.
-¡Menuda panda de locos!-pensé.
Eché la ficha y llamé, al fin y al cabo, como ya he dicho, no pensaba pagar, así que, como decía el otro, discutir pa ná es tontería.
-¿Perdone, podría hablar con Celine?- pregunté amablemente.
-¿Quien es usted?- me contestó un tipo con acento nigeriano.
-Esto... un amigo
-No conozco a ninguna Celine, clic.
-!Coño!, me han colgado
-Normal- dijo con sorna el el barman.
-!Oiga!, y usted porque se mete, quien le ha dado vela en este entierro
-Hombre, tampoco es para ponerse así, al fin y al cabo si su mujer le pone los cuernos a mi me la suda- contestó groseramente. Los viejetes chirriantes rieron de nuevo. Ya me estaba inflando los cojones el menda ese
-¿Pero que dice usted? ¡Leonino de mierda!- dije con el tono más ofensivo que pude.
-¡Oiga, sin faltar!, que yo en todo momento he sido correcto con usted.- me contestó.
-¿Correcto?, mire, mejor me voy que no quiero salir en los papeles.- Y diciendo estas palabras me eché al coleto de un golpe el aguardiente que tampoco era cosa desperdiciarlo, y me dio tal quemazón que mi boca lo espurrió como acto reflejo incontrolable, con tan mala fortuna que al tener delante la estufa se produjo una llamarada como las de los tragafuegos de los circos, chamuscándoles las cejas y el poco pelo que les quedaba a los dos viejos cabroncetes, que como cosa del karma recibieron justo castigo a sus risitas, y aprovechando el elemento sorpresa creado por los gritos de los dos chamuscados salí de allí corriendo.
En lo que tardó el barman en darse cuenta de que me había ido sin pagar y salir en mi persecución yo ya había puesto bastante tierra por medio, pero de pronto un enorme coche americano de película de gangsters de los años cuarenta, negro por más señas, se subió a la acera cortándome el paso y de él salieron tres tíos tamaño armario ropero, con gafas de sol y la mano derecha bajo la chaqueta que vinieron a por mí.
-¡Coño! La mafia- me dije. ¡Qué eficacia! Estaba claro que que el tal León pagaba religiosamente su protección.
-Chicos, tampoco es para tanto-les dije acojonado- total sólo ha sido un de nada. Y los buñuelos sabían a ajoaceite. Pero ahora mismo voy al cajero a por pasta y lo pago. Incluso la ficha del teléfono. - Añadí como un cobarde cediendo a todo para evitarme los males que barruntaba.
Pero no me oían, o no me entendían, o su rollo no tenía nada que ver con el contencioso de índole financiero que tenía con el tabernero.
-Sharap!- Se limitaron a decir con esa voz nasal de las pelis sin doblar mientras me cogían de los codos con la enormes tenazas que tenían por manos y en volandas me metían en aquel coche de colección que dicho sea de paso olía a gallinero y crujía como un somier de pensión cutre.
Yo les dejé hacer sin resistirme al ver que el furibundo tabernero, cuchillo de jamón en mano, ya llegaba jadeante calle arriba dispuesto a degollarme sin contemplaciones.
Arrancaron soltando petardazos y desbaratando todo lo que se nos ponía por delante , y allí se quedó el barman furibundo con dos palmos de narices. Por la ventanilla de atrás yo iba haciéndole burla y cortes de manga con el dedo del medio bien tieso, con tan mala fortuna que en uno de ellos se lo metí en el ojo a uno de los matones que me custodiaban, lo cual fue considerado al instante como agresión no justificada, así que con destreza profesional agarraron mis pobres brazos y practicaron con ellos retorcimientos dignos del más sádico quiropráctico, y mientras uno me inmovilizaba el otro me cacheó, y tras arrancarme a trozos la gabardina sacó un mono de butanero que tenían debajo del asiento como quien tiene el chaleco reflectante, me lo pusieron a la fuerza y me esposaron las manos a la espalda sin compadecerse de los gritos con los que yo intentaba hacerles comprender que aquellas dislocaciones me dolían más de lo conveniente.
Luego registró los bolsillos de la pobre gabardina y encontró la libreta roja que enseñó victorioso a los otros como quien ha descubierto la prueba que ratifica sus sospechas y diciendo con cara de asco -"fucking communist red book!"- la tiró por la ventanilla.
Afortunadamente al momento pillamos un semáforo en rojo y aquella pieza de museo se caló muy malamente, con un sonido de esos que a poco que entiendas de coches reconoces como de mal agüero.
El conductor intentó en vano arrancarlo varias veces pero aquello no arrancaba ni de coña. A cada intento el motor de arranque sonaba más grave, como el pobre Hall cuando le van desconectando la memoria. Así que el conductor hizo bajarse a los tres armarios roperos a empujar, yo lo flipaba con lo absurdo de la situación, pero ellos estaban muy tensos, no sé, se lo tomaban muy en serio.
-¡Vaya mierda coche!-se me ocurrió comentarle al conductor por romper un poco el hielo y tal.
-Pues ahora te bajas y empujas como los demás, por listo- me dijo el conductor en perfecto castellano y con un acento castizo más chulo que un ocho paseando por la calle de Alcalá.
-Hombre, tronco, si tú eres del foro- dije haciéndome el coleguilla, para intentar ablandar su voluntad y que no me obligara a empujar aquel mastodóntico trasto antediluviano, que estaban mis riñones para ir por ahí gastándolos en chuminadas. Pero el individuo no se avino a razones, me quitó las esposas y me hizo empujar como todo quisque, es decir, haciendo como que empujaba pero dejando que lo hicieran los demás. Eso sí, para animarnos nos puso a "to" meter el guantanamera cantado a lo country con un acento tejano cerrado que era una verdadera joya. Tras varios intentos de arrancada al final aquel monstruo volvió a la vida soltando por el tubo de escape horribles explosiones de humo negro. Todos corrieron alborozados como niños y subiéndose en el coche salieron de allí dando tumbos, olvidándose por completo de mí, del secuestrado.
Al verme libre corrí calle abajo, recogí del suelo mi libreta de la suerte y me abrí de la zona como alma que lleva el diablo, no fueran a volver a recogerme, que no tenía muy claro cuales pudieran ser sus intenciones, pero buenas no parecían. Igual eran reventadores de huelgas a sueldo de Repsol y pretendían ponerme de esquirol a repartir bombonas. Sólo de pensarlo se me amotinaban los riñones.
Necesitaba como agua de mayo un sitio tranquilo en donde intentar poner en orden mis ideas, si es que tenía alguna idea que poner en orden, cosa que a esas alturas ya empezaba a dudar. Conservaba todavía, sin saber porqué, una fe ciega en la libreta roja.
Noté que al fondo de uno de los bolsillos de aquel mono naranja de butanero había unas monedillas, seguramente las propinas que les dan por subir las bombonas a los quintos pisos sin ascensor, porque los otros servicios más personales que según las malas lenguas realizan creo que son prestaciones a titulo gratuito no remuneradas. Así que las aproveché para intentar de nuevo hablar con la tal Celine desde una cabina. Llamé, se puso otra vez el tipo nigeriano dando voces y se cortó la llamada al instante ya que las monedas que había echado se habían atrancado porque eran duros y pesetas y al parecer esa no las reconocía como monedas de curso legal. Aporreé un rato el teléfono por ver si le hacía escupir algo de pasta. Suelen hacerlo. Al final cedió y soltó algunas monedas más actualizadas que las que yo había metido.
Había por aquellos andurriales un parquecillo no demasiado cagado. Me senté en un banco para seguir leyendo la libreta a ver si me ayudaba en la búsqueda de mi memoria perdida, como hizo la magdalena mojada en té con un tal Marcel, un escritor francés muy famoso. Mientras me concentraba en ello llegó un perro y me meó en la pierna. Me escoció sobremanera. Era la pierna mala, todavía con astillas clavadas, y las heridas con el orín de perro no tienen buenas relaciones.
-¡Joder con el perrito, coño!- maldije con indignación dirigiéndome al amo de la criatura que paseaba plácidamente jugando a dar vueltitas a la correa de animal.
-¡Usted se calla, butanero botarate, o le meto una queja en Repsol para que le echen a la puta calle!- fue la tajante respuesta de aquel hijoputa con aflautada voz de dictador viejo y mala persona. Estaba claro que era de esos individuos peligrosos con influencias, de toda la vida.
Me acojoné y me callé, que ya se sabe que quien tuvo retuvo, y ése era de los que antaño decían aquello de "no sabe usted con quién está hablando", así que me dije: -Flánagan, o como coño te llames, no te busques más embolaos por hoy que ya vas cargadito.
Pero la providencia, que da y quita a su antojo, vino a darme satisfacción inmediata poniéndole delante una enorme cagada reciente de perro para que el hombre la pisara y resbalara escaleras abajo con gran estruendo y alegre tintineo de llaves y monedas. A veces la providencia tiene esos detalles con uno, no todo han de ser sinsabores. ¿No te parece?
La verdad es que hubiera deseado que se rompiera la cadera, pero me conformé con verle rodar por los suelos lleno de mierda, al fin y al cabo la Justicia es equilibrio y consideré que el castigo recibido era suficiente para el delito cometido. Otra cosa serían los castigos que seguramente merecería por toda una vida de injusticias y maldades que seguramente habría cometido, pero para esas, desgraciadamente, no habría castigo suficiente.
Cuando el prohombre de otros tiempos hubo recogido todas sus pertenencias e intentado limpiar su zapato con un cacho del ABC que llevaba bajo el sobaquillo, seguramente para éstos u otros menesteres similares, abandonó la escena del crimen, si como crimen puede tipificarse el que se cumplan tus deseos sin haber hecho nada para ello.
Estando ya en paz con el mundo me puse a pensar. Mi memoria estaba totalmente deteriorada. No me acordaba de nada. Llevaba un par de días de aquí para allá dando y recibiendo fifty-fifty sin saber por qué ni por qué no. Me había despertado en bolas dentro de una lavadora sin saber como había llegado hasta allí y casi muero, me llevaron a un hospital y me intentaron secuestrar primero un enano y luego unos mafiosos. No entendía nada pero tenía una extraña fe en que en la libreta roja que había encontrado en la carbonera estarían las claves de mi pasado.
Así que la abrí y seguí adelante en mi investigación, y comprobé que estaba toda escrita con ese tipo de letras jodidas de leer. Como la de los médicos en las recetas o la de los carteros en los avisos de recogida de paquetes postales. Imposible descifrar nada, salvo algunas cosas. En esas estaba cuando oí una dulce voz que me hablaba:
-Hombre, Járrison el terrible, como tú por estos lares. ¿Ya estás mejor?
Me giré y vi a una preciosa piba con una chaqueta de cuero negro llena de imperdibles y chapas de los Sex Pistols, que al parecer me conocía, y a mí también su cara me resultaba muy conocida.

-Hombre, hola, ya ves, nada aquí dándole a la olla, cavilando mis cosillas, ya sabes- dije de un tirón mientras intentaba recordar quién narices podía ser aquél bellezón y por qué me llamaba así.
Afortunadamente de momento no iba a ser necesario que me acordara de quién era, porque ella estaba dispuesta a poner memoria por los dos. Vínoseme entonces a la cabeza el nombre Cleofás, y con mi absurda fe ciega en la intuición que mantenía a pesar de los constante fiascos, le dije:
-¿Y tú que tal, Cleofás?
Me miró con ojos tiernos y de esta manera habló:
-Confuso te veo todavía Jarrito, si tienes un ratito en tu nuevo trabajo de butanero sube con tu bombona a casa que ya va siendo hora de que tengamos ese encuentro en la tercera fase que tenemos pendiente y acabemos de una puta vez con nuestra tensión sexual no resuelta. Te voy a dar un repaso que te voy a dejar como nuevo.
Salvo por lo de Jarrito el resto pintaba en oros, así que no me lo pensé dos veces, ni una tampoco, con ella me iría a donde hiciera falta. De momento no la quise decepcionar diciéndola que no era butanero, porque había sido ponerme ese mono naranja y aparecer una piba caída del cielo queriendo llevarme al huerto, y no soy yo de los que desaprovechan una oportunidad así, que como ya tengo dicho, a mí que me tiran las faldas, que en este caso eran unas mallas labiales de pichiglás morado, aunque en honor a la verdad me tiran mucho más sin faldas y a lo loco, y ya puestos sin mallas ni ningún otro impedimento que pueda entorpecerme la noble faena de despojar de sus vestiduras a mis parejas de baile carnal, pues mis dedos no son precisamente los de un prestidigitador desabrochando corchetes, botones, velcros o cremalleras.
En estas cavilaciones me hallaba sumido mientras caminábamos hacia su paraíso terrenal hecho piso cuando al llegar a un portal, lo abre y me suelta:
-Tengo un colchón de aguas turbulentas y un edredón de plumas de avestruz que te cagas.- O aquello era una trampa para asnos sementales como yo o no tenía explicación posible. Pero cuando el viento sopla con tal fuerza a tu favor no hay que hacer preguntas sino dejarse llevar.


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