Cap. 13: Consumando que es gerundio


Capítulo 13

Consumando que es gerundio

Toda la vida me la he pasado siguiendo las estelas que dejan las mujeres con su aroma a perfumes embriagadores e inventando una y mil artimañas para intentar que me dejen pasar un rato a jugar dentro de su zona de confort, intentos que por lo general caen en saco roto. Pero lo que me estaba pasando aquél día con aquella mujer fantástica, cuya cara me era tan conocida como si la hubiera visto en un reality de Telecinco, y cuyo nombre no era Cleofás, era algo inaudito.
Que sin haber hecho yo esfuerzo alguno, una mujer de ese calibre me hiciera proposiciones abiertamente deshonestas como aquéllas me llenaba de orgullo y satisfacción.
Mientras abría la puerta del portal ella me dijo:
-Si te parece, primero nos hacemos unos largos en mi piscina particular y nos ponemos ciegos de palomitas.
Me imaginé retozando con ella llenos de espuma en un jacuzzi y me dio un subidón que no veas. Aquello me pareció tan maravilloso que no podía ser cierto, y entonces, para aguarme la fiesta, me asaltó un pequeño poso de duda respecto a que quizá en realidad todo eso se tratara de un malentendido y ella fuera una escort profesional de alto standing que, sin yo darme cuenta, me hubiera ofrecido sus servicios por señas, y yo hubiera hecho algún gesto con la mirada o con lo que fuera, que indicara en su argot que prestaba mi aceptación a su ofrecimiento, y todo ello sin haber establecido previamente de forma fehaciente el monto de la contraprestación económica pagadera por dichos servicios.
Como no tenía un duro con que hacer frente a esa más que probablemente desorbitada suma se me encogieron las vísceras cuyo solaz y esparcimiento eran el origen de aquel malentendido financiero, y el castillo de naipes en el que yo era el feliz y despreocupado príncipe azul se derrumbó, al imaginarme a su chulo con un diente de oro alumbrando "toa" la avenida viniéndoseme "pa" encima puñal en mano. ¡Que mala es la puta imaginación! ¡Cómo envidio a los que viven en el presente ajenos a los males que les acechan! Y lo que más me jode es que la mayor parte de las veces al final disfrutan como niños sin que luego les pase nada.
Pero yo no soy así, me acojono y sufro mucho, así que, aún a sabiendas de que con ello podía romper el encanto y que mi gozo quedara en un pozo, le dije, carraspeando para aparentar normalidad:
-Perdona. ¿Esto es de gratis, no? Es que no llevo encima más que unas pocas monedas y no creo que me alcance.
-¿Gratis?- me contestó burlona- ¿A ver, cuanto llevas?
Le enseñé el botín obtenido en la cabina y riéndose me contestó:
-Con eso no te alcanza ni para las palomitas, pero no sufras, acepto tarjetas.
-Bueno, la verdad es que no llevo la cartera y ...
-Nada, pues no te preocupes, me lo cobraré en especie, hacemos un "quid pro quo"- me dijo riendo a carcajadas.- Yo es que me parto contigo, Jarri. Y a mi lo que más me pone es la risa- añadió agarrándome el moflete como se hacía antiguamente a los niños.
Yo cada vez entendía menos aquella situación, pero entre que aquello del "quid pro quo" sonaba a práctica sexual de nouvelle cuisine, y que su desenfadada risa le movía los pechos de tal manera que podía adivinarse el descarado e hipnótico bailoteo de sus alegres pezones bajo la calavera de Iron Maiden estampada en su camiseta, se borraron de mi mente todos los temores, y pensé: "¡Qué coño, si he de morir que sea por algo que merezca la pena! Y te juro que esa tipa estaba claro lo merecía.
Subimos por las escaleras, y yo me derretía subiendo tras ella al adivinar a través de sus ajustadas mallas el, como decía Sender, glorioso movimiento nacional, que se producía en la musculatura implicada en su grácil ascensión escalón a escalón. ¿Qué tendrá el culo de las mujeres que nos lleva tras él como a zombies con los ojos como radares y nos hace sus esclavos? Bueno, el culo y todo lo demás, que si vas a ver hasta el rabo todo es toro.
-Hombre, veo que vives en el séptimo cielo. -le dije jadeando cuando llegamos a su piso bromeando con los siete pisos que nos habíamos metido entre pecho y espalda- Eso mola, pero subir en ascensor hubiera molado más, ¿no?
-¿No sabes que las leonas hacen correr a los búfalos sin necesidad, antes de cazarlos, sólo para que su carne esté más rica? Y ya sabes que yo soy un poco leona, bufalito mío -me contestó sonriéndome y relamiéndose con mirada lasciva mientras abría la puerta de su casa.
A mí ya hasta me temblaban las piernas con las halagüeñas perspectivas que con esas frases y miraditas se me iban abriendo en el horizonte cercano. Cada vez estaba más enamorado de aquella mujer.
Cuando entramos me quedé flipando, lo de hacerse unos largos no era solamente una metáfora simpática, aquella tipa se había montado en el salón un piscinamen de la hostia. Se había comprado una de esas piscinas desmontables que anuncian en los folletos de los híperes cuando llega la primavera, de esas exagonales de tubos y pvc, de por lo menos un metro de alta, con su depuradora y todo, y alrededor había puesto un montón de plantas de interior auténticas, no de plástico, no, sino de verdad, tú. Y césped artificial, y una lámpara de rayos uva que te cagas. Yo alucinaba.
-Vete empelotando que esta es una piscina nudista por decreto-ley, tío- me dijo-yo voy a hacer las palomitas y ahora voy al asunto-
Y yo obedecí sin rechistar. Como decía el indio sabio en la peli La Selva Esmeralda, no hay mejor jefe que el que te ordena hacer aquello que quieres hacer, y a mí la cosa del empelote amazónico me pone cantidad. Siempre que puedo me voy a las playas nudistas, porque, amén de las inmejorables vistas que si eres discreto puedes disfrutar en ellas, es un gustazo pasearse oreando sin rubor las más sagradas pertenencias de uno. Y es que a nuestras pobres vísceras externas las llevamos siempre tan arrebuñadas y escondidas que cuando les das rienda suelta y las dejas balancearse a su libre albedrío acariciadas por la brisa del mar, te lo agradecen poniendo su mejor sonrisa, y si, como con los años me he dado cuenta, era mentira eso que nos contaban de niños de que todo lo que da gusto es malo, sino más bien al revés, salvo prueba al contrario el nudismo tiene que ser sano de la hostia.
Así que tiempo me faltó para dejar mis vestimentas esparcidas por doquier y zambullir mis vergüenzas y el resto de mi cuerpo serrano en aquel mar de la felicidad. Pero no todo había de ser de película porno, y el neorrealismo italiano se abrió paso ya que el agua estaba fría de cojones y los míos reaccionaron ante la inmersión refugiándose en su guarida secreta y ante este toque de retirada, mi otro atributo personal que, quizá no joven pero sí sobradamente preparado estaba ya para la batalla que se anunciaba, optó por seguir el mismo camino trocando los trece coma cinco centímetros mal contados de gallarda y altanera figura que a la sazón ya esgrimía, por otra figura más bien triste y "encogía".
-¡Jodó que fría está!- Exclamé cuando recuperé el resuello
-Es la primera impresión-dijo ella desde la cocina mientras en el micro explotaba el maíz con ritmo de samba. Luego puso una casete de Joaquinito Sabina. "...Y nos dieron las diez y las once, las doce y la una y las dos y las tres, y desnudos al anochecer nos encontró la Luna..."
¡Cómo mola el Sabina, si yo fuera poeta escribiría versos como los suyos. Pero ¿que digo? infeliz de mí, él ha sido tocado por la mano de Dios, cosa que otros no podemos decir, que la mano que más nos ha tocado no es la Dios precisamente, sino una más familiar y cercana, y, la verdad, para según qué cosas casi prefiero ésta, que, pese a lo que nos decían, conoce mucho mejor que aquélla mis más ocultos pensamientos.
En eso que en el umbral de la puerta aparece la tía, desnuda como su madre la trajo al mundo pero más acabadita y con un enorme bol lleno de olorosas palomitas calientes en una mano y un par de copones benditos con Maríbrizar on the rocks en la otra.
-Palomitas con palomitas, what else?- Me dijo, y quedeme yo, mudo, absorto y de rodillas, como se adora a una diosa ante un altar, sin saber qué hacer ni qué decir, momento que, a la llamada de la selva, aprovecharon las entrañas de mis entretelas para, al galope tendido, recuperar el terreno que el frío del agua les había hecho cobardemente abandonar. Intenté decir algo por ver de disimular mi muy evidente turbación, pero sólo tartamudeos y gorgoteos guturales me salían.
-Me encantan las palomitas.- Acerté a decir al fin- cogiéndole el bol de las manos para que pudiera meterse en la piscina.
Yo me relamía del polvorón que se barruntaba inminente, ya que, a pesar de mi natural despiste, sé detectar cuando la cosa toma ya un cariz de tipo descaradamente sexual, y aquella situación tenía toda la pinta de que iba a calzón quitao hacia el país de las maravillas donde me esperaban Alicia y su conejo blanco, en este caso más bien de los colores del escudo del Atleti que llevaba tatuado en el pubis.
Pero di que se mete la tía en la piscina, se tropieza, se cae, se apoya en el borde, se rompen las copas de balón que llevaba en las manos, y con ellas hace un pequeño cortecillo en el pvc por el que empezó a salir un chorrito de agua. Yo, acordándome de la historia que me contaba mi madre del niño héroe holandés que salvó a su pueblo de una inundación devastadora, metí el dedo en el agujerito para taparlo hasta que la autoridad competente tomara caras en el asunto y solucionara el problema antes de que fuera a más, pero qué si quieres arroz catalina, el pvc no es como los diques de los polders, en los materiales chinos cuando haces pop ya no hay stop. Creció poco a poco una raja enorme sin que pudiéramos hacer nada por impedirlo y no veas la de agua que pudo salir de allí. La riada era de tal calibre que nos arrastró a ambos por el boquete hasta dar con nuestros huesos contra la puerta de la entrada. Yo por darle una vía de escape hacia la escalera a la inundación, tuve la feliz idea de abrir la puerta. En mala hora lo hice. Cincuenta mil millones o más de metros cúbicos de aguas bravas se precipitaron escaleras abajo llevándonos en volandas junto a todas nuestras pertenencias. Esa interminable caída por los rápidos de siete pisos de saltos de agua escalón a escalón, agarrados ambos al bol de palomitas, pudiera haber sido ser una estupenda atracción de un parque temático, pero cuando en lugar de ir cómodamente sentado sobre un enorme neumático es tu culo el que recibe todos los golpes la cosa ya no se disfruta igual.
Acabamos en la calle hechos polvo. Cuando estábamos intentando encontrar nuestras ropas empezaron a asomarse a las ventanas vecinos furibundos, ya sabes la inclinación que los copropietarios y demás habitantes de los inmuebles comunales suelen tener al cabreo fácil. Todo eran gritos y malos modos. Al vernos corretear en pelota picá por la calzada, un guardia de la porra que por allí deambulaba escaqueado como quien no quiere la cosa, decidió proceder a nuestra detención. Bueno, sobre todo a la de ella, con la sana intención de, mientras tal cosa hacía, disfrutar de las vistas y magrearla aunque fuera someramente si lo exigía el guión. Cuando hubo saciado un poco sus primeros impulsos lascivos pudimos convencerle de que aquello no era cosa de delito sino de accidente doméstico, y no viendo el hombre como sacar más tajada de la situación, ya que muy a su pesar, su detenida, había cubierto ya sus vergüenzas, abandonó la presa y se abrió de allí aunque yo seguía exhibiendo las mías porque sólo había podido encontrar la parte de arriba de mi chandal del mundial y, aunque era una preciosidad con una enorme cara del Naranjito en el pecho, la verdad es que me venía un pelín pequeño y por más que tiraba de él para abajo no me pasaba del ombligo.
Entonces vi que unos niños de la calle corrían con mi mono naranja colgando de la punta de una fregona a modo de estandarte victorioso, mientras gritaban desde lejos:
-¡Se le ve el culo, se le ve el culo y la chorra!- y se reían como locos.
Eché a correr hacia ellos y salieron disparados en todas direcciones, yo enfilé hacia el abanderado para recuperar el mono de butanero pues como había comprobado esa prenda era una joya para pillar cacho, y además porque dentro del mismo estaba el pantalón de mi chándal del mundial 82, ya que me había quitado las dos cosas del tirón para no perder tiempo, pero el cabroncete se paró en una placita rodeada de bancos con jubilados, y me esperó allí plantao, y cuando llegué a donde estaba empezó a torearme usando mi mono como capote, mientras los otros chavalillos y los jubilados coreaban cada capotazo con el consabido "olé", y la verdad es que el chaval, aunque por su color oscuro se notaba que había venido del África profunda cruzando selvas, desiertos y mares, tenía madera y hechuras para triunfar incluso en las Ventas, porque me dio varios capotazos seguidos, y de una larga cambiada me llevó a los medios para terminar con una media verónica ejecutada con tal garbo y maestría que yo mismo me emocioné y aunque estaba jadeando con la lengua fuera grité "Oleeee". Él recogió su improvisado capote y con chulería digna del torero más bragao me dio la espalda dejándome clavado en el sitio sin saber reaccionar. El público, exultante, rompió a aplaudir, incluso un par de viejetes emocionados agitaron al aire su pañuelos. Entonces el chaval se agachó, recogió del suelo algo, lo besó y lo lanzó para atrás como quien tira su montera. Era la puta libreta roja que se habría salido del bolsillo del mono. De un salto me hice con ella, pero varios jubilados intentaron quitármela, pues no hay cosa que más les motive que pugnar por conseguir pillar de todo lo que den gratis aunque no sepan ni lo que es. Conseguí zafarme con cuidado de no romper muchas caderas, mientras en medio de la placita el triunfador de la feria saludaba al tendido. Entonces vi que llevaba puestos mis pantalones de chandal del Naranjito, y la verdad es que le estaban de maravilla, tan ajustados que se veía claramente que cargaba del lado izquierdo todo un señor paquete torero que haría levantar pasiones en los más exigentes cosos taurinos del mundo.
Comprendí que no tenía nada que hacer contra aquella joven promesa de la tauromaquia, y antes de que se cuadrara y entrara a matar me fui de allí con el rabo entre las piernas, y nunca mejor dicho, a donde aquella mujer, cuyo nombre no recordaba, seguía intentando recoger libros, cajas, ropas, sillas, casetes, y mil cosas más que yacían desperdigadas por la acera y la calzada entre los charcos de la riada.
-¡Joder que desastre!- me dijo- ¿Quieres dejar de hacer el gilipollas y ayudarme a subir todo esto a mi casa?
Yo en primera instancia, y como era mi costumbre, decliné amablemente su ofrecimiento, porque todo lo que sea cargar pesos me va muy malamente para lo del lumbago y eso, pero al ver que se le torcía el morro, y como aún albergaba esperanzas con ella, mandé a tomar por culo a mi espalda y me puse a cargar cosas como un borrico. Cuando quisimos entrar al portal con las cosas los vecinos se habían hecho fuertes delante de la puerta y nos lo impidieron.
-¡Usted de aquí no pasa!-Le dijo el portero, que como buen guardia civil retirado que era, había adoptado el papel de caudillo del alzamiento vecinal.-Estamos hartos de escándalos.- Y dirigiéndose a mí con cara de asco, añadió- Y usted póngase de una vez unos pantalones, ¡hombre de Dios! Que menudo espectáculo está dando. ¿No ve que hay niños delante?
-¡Mecagoentó!- maldecía yo en arameo fuera de mí- ¡Si son precisamente esos pequeños cabronzuelos los que me los han robado!
-Toma, ponte éstos- me dijo mi amiga echándome unos vaqueros de pitillo de color rosa palo. Me los puse con mucho cuidado, porque me estaban súper ajustados y las cremalleras son muy traicioneras en esos pantalones de marcar paquete, sobre todo si, como era el caso, no llevas calzoncillos, y lo digo con conocimiento de causa, que la dentada cicatriz que decora el cañón de mi querida Magnum no me la hizo precisamente un tiburón buceando en la playa nudista de L'Ambolo, como suelo contar a las mujeres para amenizar el pitillito post polvem.
La verdad es que lo más peligroso de dicha playa alicantina no son los tiburones, sino los pedruscos que caen de la montaña sobre los temerarios nudistas que, poniendo en riesgo sus vidas por la elevada causa de la comunión con la naturaleza, consiguen llegar hasta ella. Dicen que la peregrina idea de ubicar allí la única playa nudista de toda la zona fue del cura del pueblo de al lado para disuadir a los libertinos de tan maligna práctica, y al parecer los domingos se asoma desde arriba del acantilado con unos prismáticos para distinguir bien a justos de pecadores y echarles a éstos hisopazos de agua bendita con los que salvarles de la condenación eterna cuando caiga sobre ellos todo el peso del inminente desplome de la montaña.
Bueno, que se me va la olla, volviendo a lo que te estaba contando, como no podíamos subir a su casa porque la barricada vecinal era infranqueable dado que éstos se habían venido arriba y se empezaban a escuchar teatrales gritos de "no pasarán", "por encima de nuestro cadáver" y otras frases grandilocuentes de similar calibre, llevamos las cosas al coche de ella que afortunadamente estaba aparcado cerca.
Bueno, aparcado es un decir, estaba subido a la acera con una enorme pegatina verde en el parabrisas de aviso municipal de retirada de chatarra abandonada en la vía pública. Y lo de coche también es un decir, pues se trataba más bien de un viejo Citröen dos caballos, furgoneta de reparto antigua, de esos con la chapa gris corrugada, en tal estado que nada mas verlo, y tengo mucho cuajo con los coches, se me cayó el alma al suelo.
-¿Eso anda?- pregunté por preguntar porque la respuesta negativa era a todas luces obvia.
-Cuando quiere -contestó- pero al menos de almacén me vale.
Abrimos las puertas de atrás y fuimos metiendo dentro todos los trastos, y cuando terminamos, ella se metió entre unos arbustos resecos que había al lado y cogió los asientos delanteros del coche que al parecer unas niñas del barrio solían sacar para jugar dentro de él a las casitas. Los colocamos en su sitio y dejamos con cuidado en un murete que había al lado los cacharritos con ladrillo molido, piedrecitas, hojas machacadas y cosas así que había en el salpicadero.
Luego nos sentamos dentro a descansar, y contra todo pronóstico, aquel coche por dentro era una preciosidad. La palanca de cambios tenía en la punta una bola de metacrilato con un escorpión plastificado dentro. El volante estaba recubierto de tela de peluche de leopardo a juego con la tapicería de los asientos. Y arriba tenía un desmesurado techo solar, seguramente de un Dodge Dart de lujo, pillado en algún desguace, aunque no muy bien instalado por más silicona que se veía que le habían metido para tapar los huecos que dejaban las ondulaciones de la chapa, como delataban las enormes manchas de humedad de la lluvia que adornaban con sus rodetes amarillos el precioso tapizado artesanal estilo tibetano que decoraba el techo. Además todo él desprendía un entrañable y hogareño olor a pachuli y jalufa por partes iguales que te hacía sentir como en casa, y viendo que aquella furgoneta tenía unas preciosas cortinillas de encaje hechas a mano que le daban a su interior una cierta intimidad, y que en la parte de atrás quedaba espacio suficiente todavía para tumbarnos con holgura pregunté, aunque con poca convicción:
-¿Y... el polvete ese, que?
- Pobre Jarrito, solo piensas con el pito.-me contestó burlona.
Bello pareado que encerraba en él un hecho contrastado del cual no sabía, ni he sabido nunca, si enorgullecerme o avergonzarme. Y no me refiero a la posibilidad de que yo me llamara Jarrito, sino a lo de que pensara con el pito. ¿Es que acaso hay partes del cuerpo más dignas para liderar las elevadas tareas del raciocinio? Pienso que lo importante es pensar, que lo hagas con este órgano o con aquél es circunstancial, secundario. Mi problema es que en ocasiones hasta yo mismo dudaba de que en mi pobre cuerpo hubiera algún órgano capaz de realizar tan importante tarea. Lo que estaba claro es que las campanas que hasta pocos minutos antes andaban eufóricas tocando a rebato en lo concerniente al amor carnal, tocaban ahora a muerto acompañando el triste cortejo del entierro de la sardina, concretamente la mía. Pobres sardinas, cuando más cerca estén del cielo más dura será la caída. No, si cuando me pongo filosófico no hay quien que me pare
-¿Sabes que te digo?- Me dijo al verme tan atribulado- Que a grandes males grandes remedios, yo no me quedo sin rematar otra vez la faena contigo. Y en un colchón de agua, como te había prometido. ¡Vamos, te voy a llevar al mejor hotel a este lado del Manzanares!
Y accionando el contacto, que era un especie de cabezal del que había que tirar, aquel prodigio de la mecánica postguérrica, tras pensárselo un rato ronroneando como si tuviera no dos caballos sino dos gatos en celo arrullándose mutuamente bajo el capó, contra todo pronóstico terminó por arrancar.
Luego, en un walkman que tenía en la guantera puso a Estopa a toda pastilla y dando botes como si fuéramos en un saltador gorila salimos de Madrid por la carretera de Toledo hasta la zona de Seseña.
Aparcó el coche, o por mejor decir, medio lo estampó, en el parking de uno de esos polígonos llenos de enormes almacenes de venta de muebles que adornan ambos lados de la autovía. Expohogar, Hipermueble, Mueblilandia y varios más con nombres a cual más grandilocuente.
-¿Pero a donde vamos?-Pregunté tímidamente por miedo a romper algún encantamiento, que ya se sabe que estas cosas del amor son muy delicadas y basta con que introduzcas un elemento extraño y ya la has jodido.
-Tú confía en mí- Me contestó. Y rebuscando entre sus cosas algunas ropas que nos dieran una imagen más formal. Se puso una cazadora de borregillo rosa y me dio a mí un recio impermeable amarillo con capucha que por como olía y lo sucio que estaba parecía los de los bacaladeros de Terranova de la peli Capitanes Intrépidos, pero de la talla del pescaíto del Spencer Tracy.
Luego agarrándome del brazo a lo marido y mujer. Entramos en "El Chollón-Muebles de Ocasión", y no quieras saber la labia que se gastaba la individua. Se enrolló con un vendedor que sonrisa en ristre nos enseñó todos los dormitorios habidos y por haber. Ella ponía cara de que nos íbamos a casar y estábamos eligiendo el campo de batalla. Esto es, cara de boba, y al vendedor se le hacía el culo pepsicola pensando en los cuartos que iba a sacarse de comisión por el lote que nos iba a colocar por pardillos. Ella me decía de cuando en cuando.
-¿Te gusta éste, pichurrín? -y yo ponía la cara de mala hostia reglamentaria por lo de que me llamara pichurrín delante de aquel caza-recompensas encorbatado, pero cuando intentaba abrir la boca para protestar ella me cortaba con nuevas preguntas.
-O prefieres aquel otro, que es más, no sé..., más coqueto, ¿no crees, amolsito mío?- añadía con sonrisa pícara guiñándome un ojo
No me tengo yo por muy ducho en la cosa de elegir muebles, pero había algunos de estilo toledano imperial que te revolvían las tripas de horribles que eran, parecían mobiliario de sacristía preconciliar, en cambio había otros que eran cojonudos, todos llenos de botones para mover la cama, para poner la radio, encender luces insinuantes... "Jaitech" los llamaba el espídico vendedor.
Yo la dejaba hacer, no me gusta ir de compras, pero si he de pasar por ello para irme a un hotel con una tipa como ella soy capaz de recorrerme el Corte Inglés de cabo a rabo sin dejar de sonreír.
De pronto una duda me asaltó y al instante se me erizaron los pelos del cogote y más allá ¿Querría casarse de verdad conmigo? O lo que es peor. ¿Sería mi prometida y yo no me acordaba?
Ante la perspectiva de un posible matrimonio inminente me temblaron las piernas y se me aflojaron los esfínteres, con lo que me entraron unas ganas terribles de ir al excusado.
-Esto, por favor, ¿Tienen ustedes servicios?- pregunté azorado.
-¡Cómo no, caballero, faltaría más!- El súper servicial hombre-sonrisa me indicó con tanta amabilidad y diligencia la ubicación de los aseos que poseído por un súbito síndrome de Estocolmo, de no haber estado delante una mujer con la que esperaba una pronta satisfacción mutua de nuestros impulsos carnales, le habría habría echado también a él los tejos.
Por cierto, el váter cojonudo. Obré como un señor. Disfruté. ¿Me estaría volviendo vicioso? Seguramente, pero el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Había hasta jabón para lavarse las manos con olor a limones salvajes del caribe y una jabonera antigua de plata con un par de rayitas a medio disfrutar que yo creí obsequio de la casa. ¡Que detallistas! Están en todo.- Pensé mientras les daba curso legal por no hacerles un feo.
Salí de allí hecho un repollete, pulido y perfumado, y más animado que mis zurullos por el Manzanares cuando pasaran junto a los colectores del alcantarillado de Fabrik. ¿Y qué dirás que me encuentro? Pues al hijolagranputa del amable vendedor, que perdida toda compostura, le estaba medio metiendo mano a mi chica, bueno, a la chica que se había presentado como mi futura. Ella estaba probando una super-cama con forma de corazón, una preciosidad cubierta de edredones de seda rosa y colchón de agua vibrante y autocalentable, y el pollo, con la excusa de hacerle probar las virtudes de aquella maravilla de la técnica, la magreaba convenientemente cogida de la cintura, usando sus malas artes de vendedor marrullero para seducirla, incluso haciéndole cosquillitas en los ijares sin pudor ninguno.
Cegado por la ofuscación química que me estaba poseyendo, se me puso un muro en la frente y me abalancé puño en ristre en dirección al escenario del crimen con la honrada intención, muy en mi papel de futuro esposo, de triturar a golpes a aquél degenerado al grito de "!quita tus sucias manos de mi chica, mono asqueroso!" dispuesto descerrajarle un ejemplarizante puñetazo en su perfecta nariz de platino, por ver si de paso se la perjudicaba un pelín, que no es de recibo que haya individuos con ese corte tan perfecto que hace que los demás parezcamos contrahechos, pero quiso la diosa fortuna que se me enredara en los tobillos una de esas jodidas cintas de plástico irrompibles con que precintan las cajas de embalar y como es lógico caí de bruces cuan largo era, no sin antes arrastrar conmigo a la perdición a un par de hermosísimas lámparas de pie, imitación de farolas estilo Luis XV, de a cojón de mico cada una, cuyos innumerables achiperres adornaron mi caída con el elegante tintineo que emiten los cristales caros al hacerse añicos.
Además la mencionada diosa puso de propina en el camino a recorrer por mi cara una preciosa jofaina de cerámica de Talavera con motivos de caza, sujeta sobre mueble de roble, que, en venganza por haberla destrozado no tuvo la menor consideración con el enemigo caído y se me tiró encima impactando contra mi inocente ojo derecho usando el toallero de hierro forjado, que tenía  a un lado, como ariete. Talmente como el famoso piquete de ojos que hacen los luchadores marrulleros de Pressing Catch pero sin tongo.
Me recogieron alarmados entre varios de aquellos hombre-sonrisa enchaquetados todos ellos en color salmón ahumado, y con cara de honda preocupación me recostaron en la misma cama en la que instantes antes aquel indeseable estaba intentando beneficiarse a mi dama.
Fingí enorme ofensa e inquebrantable decisión de poner el asunto en manos de mi abogado, temeraria amenaza debida a que en aquellos momentos no recordaba que el único abogado que conocía era un tal Ernesto Tomillo, hombre de ineficacia clínicamente testada a quien Dios confunda, más de lo que ya se confunde él solito por creerse un personaje de las novelas de John Grissam cuando en realidad es más bien como el desastroso picapleitos Lionel Hutz de los Simpson. Ellos, como no conocían las virtudes del profesional aludido se asustaron sobremanera y para calmar mi fingida ira, con la que lo único que pretendía era salir airoso de una posible reclamación por la rotura de las lujosas lámparas, me invitaron a pasar a las oficinas, donde me agasajaron con un refresco de marca blanca, patatas fritas y una bolsa con hielitos para el ojo. Yo, por seguir en mi papel les hice darme los datos del seguro del local, tras lo cual, muy dignos, abandonamos el lugar supuestamente camino del hospital más cercano para dejar constancia de los daños sufridos, pues yo, conocedor del tema de las reclamaciones por lesiones en los juzgados, ya hice como que, además de lo del ojo que ya se me estaba hinchando y cambiando de color, me dolía el cuello, preparándome el consabido esguince cervical tan útil para sacarse una pasta por el morro. Luego basta con alquilar un collarín por una hora en el quiosco que hay delante de la puerta de los Juzgados cada vez que vas a la revisión mensual con el forense y tienes la vida resuelta por un tiempo. Lo del ojo, aún siendo aparatoso, si no hay pérdida de visión da para poco.
Una vez en el coche ella me dijo.
-¿Que te parece el dormitorio rosa? ¿Te gusta?
-¡Hombre! Lo que no me gusta es que te dejes magrear por el primero que pase.- contesté airado.
-¡Alto ahí, machirulo de mierda! ¿Quien eres tú para meterte en lo que yo haga o deje de hacer con mi cuerpo? ¿A ti qué coño te importa?
-No, si yo lo decía por cumplir, la verdad es que tienes razón, no es cosa mía.- reculé dándome cuenta de que me había pasado de frenada por culpa del sobrecalentamento de mis motores cerebrales causado por el botecito de Wins que les había metido a mis neuronas.
-Pues hecha esta salvedad, vamos a preparar la cena, ¿no?- dijo ella.
Así que nos metimos en un súper que andaba por allí perdido y mangamos todo lo que quisimos y más. Eso sí, sólo cosas exquisitas. De caviar para arriba, el fuagrás Mina ni tocarlo. Y pan del bueno, de ese que viene ya tostadito en rodajas. Hasta champán, bueno sidra, porque a mí, la verdad, me gusta más. Aquélla mujer mangaba como los mismos ángeles, y al pasar por la caja, en lugar de ponerse tensa y tartamudear como hago yo, se puso a bromear con la cajera sobre los paquetes de preservativos del expositor colindante y tan ricamente, no se le notaba nada. Estaba enamorándome de ella cada vez más y en todos los sentidos. Esto debe ser el amor, cuando además de que te guste una tía por lo buena que está, te guste también por otras cosas.
Aparcamos de nuevo el coche en el parking de las tiendas de muebles y ella díjo:
-¡Bueno, vamos al lío!
A mi no me parecía el sitio apropiado para echar un casquete, allí delante con gente pasando y tal, pero como creo haber dicho ya en innumerables ocasiones, soy de los que nunca dicen no, incluso ni en las peores circunstancias imaginables, aunque en esta ocasión me había hecho a la idea de lo de ir a un hotel de lujo.
-¿Nos zampamos la cena antes?- pregunté.
-¿Antes de qué?-me contestó.
¡Joder macho que corte!, me puse como un tomate, tú.
-Pues, esto, no sé, antes de...de...ir al hotel de lujo ese que dices.
-¿El hotel? Si lo tienes delante.
-¿Donde?
-Ahí mismo, y ya hemos elegido habitación ¿no?, verás que noche más guay vamos a pasar.
-¿Ahí? ¿Pero hablas en serio? ¡Chica, tú no estás bien de la azotea!
-¡Pues mira quien habló! ¡El rey del racionicio hecho hombre, no te jode!
Y tenía razón, la verdad, no era yo el más indicado como para afearle a nadie sus locuras.
-Además, no pasa nada, yo ya lo he hecho más veces, es muy fácil, tú déjame hacer a mí.- insistió ella.
Tenía todo súper controlado, cuando faltaban pocos minutos para la hora de cierre cogimos la cena y entramos haciendo como que mirábamos armarios. Eligió uno bien grande y cuando nadie nos veía nos metimos dentro. En la oscuridad se oía su risilla pícara cuchicheándome al oído.
-¡A que mola! ¿Que no? Ahora esperamos media horita a que se vayan y el mundo es nuestro colega.
Estar con una mujer a oscuras, haciéndome cosquillitas con sus cuchicheos en el oído, dentro de un armario, me pone, para qué negarlo, pero si al cócktel le sumas los polvos de la madre picapica y del padre cucharón que me acababa de meter por el conducto reglamentario, el cócktel deviene explosivo, así que sin más preámbulos ni prolegómenos inicié las maniobras de acercamiento propias de la ocasión, confiando en que ella no se pondría a gritar ni me cruzaría la cara de una bofetada como suele pasar. Además me sentía incluso un poco legitimado por aquéllo del enamoramiento que me subía por las entrañas como un sarpullido primaveral. Y por otra parte ¿No es lo que se hace en estos casos? Es decir, es cosa casi de protocolo, de buenas maneras, no sé, de cortesía diría yo. Al que pillas comiendo le dices "que aproveche" y a la tía que te cuchichea al oído dentro de un armario a oscuras le haces proposiciones deshonestas en método braille. Todas estas cavilaciones me estaba haciendo yo mientras mi corazón latía con redobles de tambores de Hellín en Viernes Santo y mi temblorosa y sudada mano, avanzadilla del grueso de mis deseos, buscaba a tientas una piel que echarse a la boca. Pero cuál no sería mi sorpresa cuando antes de establecer el contacto deseado, noto en mis labios los suyos ardientes, húmedos, feroces, besándome abiertos con descaro. ¡Dios mío, casi muero allí mismo arrasado por un infarto genital!
Jamás nadie me había besado de aquella forma. No es que fuera un beso de tornillo, es que era un beso berbiquí. No sé cuanto duró, quizá un siglo, la vida eterna diría yo. ¡Que cosa más jugosa su boca viva, palpitante, hablándome por señas con su lengua sinuosa como una anguila salada! Perdimos el control de nuestras constantes vitales y aquel combate subió de nivel. Empezamos a arrancarnos mutuamente las ropas que dificultaban el contacto cuerpo a cuerpo. Como ya he dicho soy muy torpe en estas lides y mis dedos tardan horas en desabrochar un botón, así que agarré con ambas manos toda su vestimenta e intenté sacársela por la cabeza, ella levantó los brazos para facilitar la tarea, pero el amasijo de chaquetilla de borreguillo, jersey, camisa y camiseta quedó atorado a la altura de su nariz y de sus codos dejándola con los brazos en alto a merced de los elementos. ¡Y menudo elemento era yo a esas alturas de la película! Como un tornado devastador recorrí con mis labios sus pechos desnudos cuyas dulces guindas se endurecieron de placer y una riada de piel de gallina inundó su cuerpo y el mío. Recorrí luego sus aromáticas axilas disfrutando en mis mejillas el suave fru-fru de su vello a medio salir y su maravilloso olor a mujer en celo. Recorrí también los campos de aterciopelado trigo dorado de su vientre mecido por el viento de mi aliento caliente. Su ombligo me llamaba como un hipnótico remolino, me citaba como se cita a los toros para que embistan hasta la muerte, y eso era yo, un toro encelado corriendo por las dehesas de yerba fresca, subiendo y bajando al galope tendido las laderas de aquel cuerpo de hembra hecho de nubes ardientes, embistiendo los reflejos de la luna en los charcos salados formados por su sudor. Ella gemía de placer y me crecí, macho, me crecí. me sentía poderoso y feliz, imagínate, le metes mano a una mujer y en lugar de darte una bofetada se retuerce de gusto. Eso es como lo que decía el Eugenio de jugar al póker y encima ganar. La besé con dulzura, me gustan los claroscuros, dejé un instante la furia latente y la besé como sólo se besa en las películas ñoñas, y mientras lo hacía mi mano bajaba y bajaba lentamente, haciéndose intencionadamente de rogar, por aquella piel de pantera, rondando el final de su vientre palpitante, amagando a cada pasada con internadas más y más profundas bajo sus vaqueros, y su piel acompañaba cada internada con un ¡huuuuy...! erizandose, arqueándose, aguantando la respiración por hacerme hueco, para facilitar la entrada en su Sancta Sanctorum a aquella gloriosa mano izquierda con la que yo estaba dirigiendo la orquesta de todo universo conocido.
Con un preciso movimiento, mi dedo pulgar desabrochó el botón de hierro forjado, último bastión cuya caída precipitó la entrada del resto de mis dedos como tropas de asalto en pos de su Helena de Troya. Aquellos dedos tenían ya vida propia, y lejos de la torpeza con que mi cerebro consciente suele dirigirlos, se comportaban con la destreza de un tahúr haciendo trampas bajo el tapete. Una vez expedito el camino hacia la puerta del paraíso ella se cuadró pidiéndome que entrara a matar en el universo de la humedad, en el bosque de donde nacen el placer y la vida. Con la cadencia de un vals mis dedos acariciaron aquellas puertas del cielo. El "Noc, noc, noquing at de jivens dor", redoblaba en la venas de mis sienes. La nave a la deriva que era su cuerpo a esas alturas del naufragio zozobraba por los cuatro costados, y nuestras respiraciones se unieron aspirando yo el aire que ella exhalaba y viceversa en un ir y venir que iba acelerándose a medida que nuestros pulmones unidos encontraban menos oxígeno y más humedad en él, hasta que, al borde de la asfixia, separamos nuestras bocas para coger aire nuevo. Entonces la respiración de ella se convirtió en un gemido de gata en celo. Perdido totalmente el juicio por ambas partes poco ya nos importaba donde estábamos, quienes éramos o en que mundo vivíamos. Éramos un cuerpo bicéfalo flotando en el espacio y gozando de sí mismo, eramos el principio y fin de todas las cosas, el antes y el después, el ayer y el mañana... Los conceptos dentro o fuera nada significaban, éramos el universo entero, todo lo que no fuéramos nosotros no existía, afuera no había nada, ni espacio ni tiempo. Mi boca siguió la senda abierta a tientas por mi mano, recorriendo valles y montañas, suaves planicies y cauces de ríos salados, hasta llegar a la selva amazónica donde, como un volcán abierto ella me esperaba. Liberé como una fiera sus muslos del pellejo de tela vaquera que aún los recubría y, ya perdido todo el control que aún pudiera quedarme, incrusté la cara entre sus piernas para besarla en lo más íntimo de su ser. Ella sujetó mi cara con la cara interna de sus muslos, suave como nada en este mundo. El "Ay que gustito pa mis orejas" acariciaba mi mente haciéndome sonreír. Luego mi lengua habló por los dos, y el verbo se hizo sexo y habitó entre nosotros. Ella dejó de respirar y comenzó a retorcerse como una anaconda herida de amor, herida. Todos sus huesos crujieron, y sus piernas se cerraron aprisionando mi cabeza con tal fuerza que también crujieron mis mandíbulas como una nuez en un cascanueces momentos antes de quebrarse. Durante unos instantes todo fue silencio, quietud, luego ella soltó un alarido como los de Tarzán llamando a su amada Chita, relajando con ello la tenaza que me tenía preso.
Y de pronto se hizo la luz. Un mundo de imágenes reales nos cegó. Yo no sabía que pasaba. Fue como el despertar de un sueño. La puerta del armario se había abierto y una pareja de seguratas y varios dependientes nos miraban alucinados. Nadie sabía qué decir, ni ellos, ni nosotros. No es que me diera corte, es que me parecían marcianos, no hablábamos el mismo idioma, hablar era inútil. Pero ella volvió a la vida y con su afamada capacidad para reaccionar en momentos difíciles dijo con voz firme:
-¡Cierren la puerta, coño! ¿Es que no ven que estamos a media faena?
Y, oye, cerraron, me quedé alucinado de lo que puede hacer el hablar con convicción. Los tíos cerraron la puerta sin rechistar. Sólo se les oyó decir afuera:
-Bueno, pero hagan el favor de acabar rápido que tenemos que cerrar.
Una vez de nuevo en la oscuridad ella me dijo:
-Ahora te toca a ti, torete- Y comenzó a intentar desabrocharme los pantalones, pero yo, infringiendo mi sexto mandamiento, me resistí.
-Es que me da no se qué así con los tipos fuera esperando, mejor lo dejamos para otro momento.- le dije-
-¡Quita, quita, no seas pardillo, que te voy a poner en órbita!-insistía ella. Pero mi decisión era firme, todo lo contrario que la parte de mi cuerpo a la que ahora le tocaba marcar el compás del baile, que del bajón se había quedado en ná y menos. Ella se dio cuenta de la situación y sabiamente dejó de porfiar.
-Está bien, luego seguiremos.- Dijo mientras se recolocaba las ropas en su sitio.
Salimos. Yo ya me veía pasando la noche en algún sórdido cuartelillo de los alrededores, respondiendo preguntas sin posible respuesta. Los guardias de seguridad y toda una corte de mirones se nos vino encima no sabiendo muy bien cual era el protocolo a seguir, pero ella, mi amada del alma querida, tomó de nuevo la voz cantante y dirigiéndose al empleado de más alto rango allí presente de esta manera habló:
-Perdone caballero, ¿podría atendernos? queremos comprar un armario como éste pero querríamos saber si lo tienen en color cerezo.
El hombre no daba crédito a sus oídos. Bueno, ni él ni nadie.
-Pero, señora, ¿que me dice? ¿A... a usted le parece bonito lo que han hecho?
-¿Lo que hemos hecho? ¿Y que hemos hecho? ¡Probarlo! ¡No querrá usted que lo compremos sin haberlo probado! ¿no?
-Pero...¿como que probarlo? Lo que han hecho ustedes es una guarrada.
-¿Guarrada? ¡Pero que dice usted buen hombre! Para lo que yo quiera o deje de querer un armario es cosa mía ¿no le parece?
-No, sí, eso sí, una vez que lo compre haga usted lo que quiera, pero aquí no, no es de recibo.
-¡Pero qué recibo ni que niño muerto! Mire, no me venga con pamplinas ¿Lo tienen o no lo tienen en cerezo?
Fue tal el desconcierto que les ocasionó que el tío le tomó nota del pedido, le financiaron la compra y quedaron en que la llamarían para decirla cuando se lo llevaban a casa. Así que nos fuimos de allí por segunda vez con la cabeza bien alta, eso sí, después de recoger los restos de la compra que aun podían aprovecharse tras  haber sido aplastados por el combate sin cuartel que habíamos librado sobre ellos.
-Es una pena,- me dijo mientras nos íbamos,- me había encaprichado de esa cama.
-Pues nos metemos en otro armario a esperar- le dije
-¡Sí! ¿Porqué no? !Viva la vida!, pero las manos quietas. ¿Vale?
Dicho y hecho, en un abrir y cerrar de ojos nos metimos en otro armario. Los tíos ni se dieron cuenta, creyeron que nos habíamos abierto ya de allí y cerraron el chiringuito. Durante un rato, que se me hizo interminable, se les oyó trastear de aquí para allá hablando en alto, haciendo caja y esas cosas. Oímos como el vendedor salido preguntaba cabreado por su jabonera de plata, y es que yo, no contento con mangarle el contenido, había arramblado también con el continente. Mientras el pobre pardillo del jefe se pavoneaba ante sus lacayos de que había hecho una buena venta. Desde luego es que hay cada infeliz por ahí que no tienen más remedio que reírte.
Luego se fueron yendo. Al último se le oyó gritar.
-Venga, echa de una puta vez el cierre que voy a conectar la alarma.
Al poco entreabrimos la puerta y nos asomamos. No había moros en la costa y salimos a tomar posesión de nuestros dominios.
¡Que maravilla! Los mejores salones lujosamente decorados, los mejores comedores, las mejores cocinas y, sobre todo, los mejores dormitorios, estaban allí esperando para ser disfrutados por los mejores amantes, y esos éramos nosotros.
Nos empelotamos vivos y nos metimos en la maravillosa cama-corazón bajo el edredón de plumas color rosa-barbie. El colchón era de agua y tocando botones se calentaba y bamboleaba como si estuviéramos flotando sobre las olas del mar. Incluso se podía elegir el tipo de oleaje. Como estábamos en plan romanticote probamos el modo Mediterráneo. Al momento empezó a sonar un pupurrí de canciones de San Remo al compás de un cadencioso oleaje que eran gloria bendita. Aquello era el paraíso terrenal en vivo y en directo. Yo, movido por una irrefrenable verborrea que me tenía poseído empecé a recitarle al oído el Margarita está linda la mar pensando que le gustaría porque en ese momento creía que ese era su nombre.
- ¿Por qué no te callas?- me dijo y tapándome la boca con la mano y reanudando el cortejo sexual que, por los motivos antes expuestos, habíamos tenido que dejar en suspenso, pero cuando ya teníamos a punto los motores y ella estaba sacando de la bolsa del súper la cajita de preservativos marca Acme, que había mangado con gran habilidad mientras bromeaba sobre ellos con la cajera, oímos ruidos inequívocos de personas humanas deambulando por los alrededores. Nos quedamos de piedra escondidos bajo el esponjoso edredón callados como putas. Yo intentaba buscar una buena excusa que exponer con convicción a los guardias de seguridad, pero no encontraba ninguna. Después de lo del armario si nos pillaban allí de nuevo en plena faena y fuera del horario comercial mucho me temía que no iba haber dios que pudiera explicarlo. De ésta seguro que acabábamos enchironaos o algo peor, porque ¿quién te dice que los tipos, al vernos tan promiscuos, no se lían la manta a la cabeza y nos sodomizan por turnos? Éstas y otras ideas por el estilo me asaltaban mientras los ruidos iban en aumento. Apagamos el oleaje y nos abrazamos acojonados aguantando la respiración. Finalmente unas voces sonaron talmente al pie de la cama.
-¿Es ésta, Cari?
-Si, mi amor, pero parece muy deshecha, ¿no?
-¡Bah! Más deshecha la vamos a dejar nosotros.
Notamos que alguien se sentaba en el borde de la cama y luego ruidos de ropas cayendo, silencios y tiernos mugiditos de besos. Me asomé por el embozo y a pesar de la oscuridad reinante, mis pupilas enormemente dilatadas vete tu a saber por qué, me permitieron ver perfectamente a una joven de muy buen ver y completamente desnuda que morreaba sin desmayo con un joven, también desnudo y de buen ver, todo hay que decirlo. Y puestos a ver, al ser iluminados por los faros de un camión que pasaba camino de la imperial ciudad, pude ver la silueta de ambos en la cual se recortaba con milimétrica precisión la espada toledana del caballero en posición de presenten armas y voto a bríos que no vi en mi larga vida una Tizona de tamaña grandeza, a todas luces desproporcionada para la talla su portador, algo menguado de osamenta y enjuto de carnes.
Tras unos breves ejercicios de precalentamiento se nos metieron ambos en nuestro mismo lecho y bajo el mismo techo de edredón de seda rosa que nos cubría, no sin antes haber puesto en marcha el oleaje automático del colchón marino en posición galerna del Cantábrico diría yo, ya que aquello empezó a moverse como un pesquero de Lequeitio al borde del naufragio mientras sonaban a toda castaña los estridentes acordes de una versión heavy metal del Maitechumía cantada por Kortatu, acompañados de vez en cuando por horrísonos truenos y relámpagos. A río revuelto, ganancia de pecadores, pensé yo, y ni corto ni perezoso me uní a su fiesta, y lo mismo hizo mi feliz acompañante, y aquella pareja de pipiolos no se dio cuenta de que la cama estaba habitada por más cuerpos que los suyos propiamente dichos, y si encontraban en su apasionado combate corporal más piernas, brazos y otros miembros que los que les correspondían, más lo atribuían a las maravillas de la marihuana de la Vera que se habían fumado que a cualquier otra circunstancia. Duró bastante aquella orgía cuadrafónica, pero sea porque aquel colchón no estaba preparado para tanta peña revolcándose sobre él a ese endiablado ritmo o por lo que coño fuera, en un momento dado empezaron a salir surtidores de agua por los cuatro costados y la galerna fue amainando hasta que los motores que debía haber bajo la cama empezaron a dar chispazos, a echar humo y a oler a cables quemados. Cuando todo una acabado se oyo susurrar a la chica:
-Cari, creo no estamos solos- A lo que el tal Cari, evidentemente ya enterado de la cuestión pero que estaba haciéndose el longuis y aprovechándola como el que más, le contestó
-No te preocupes, cariño, cuatro ojos ven mejor que dos.
-Ya- dijo mi amada sin poderse contener la risa- pero aquí no hay cuatro, sino ocho ojos, y eso sin contar los cuatro apócrifos.
Nos echamos a reír sin poder parar durante un rato intentando explicarles cuáles eran los ojos apócrifos, y luego, roto ya el hielo entre nosotros y puestas las cartas boca arriba, nos cambiamos a una cama redonda tradicional que parecía una mesa de jugar al pócker, con una colcha de fieltro verde y in foco arriba y cuatro almohadones cada uno con un as de la baraja francesa, y allí nos pusimos manos a la obra para rematar las faenas que habían quedado a medias, y alcanzados con éxito por nuestras huestes los últimos objetivos compartimos el paquete de Winston como buenos hermanos, porque aunque yo no fumo tabaco, el pitillo fin de fiesta es como la pipa de la paz, es de mala educación rechazarlo y sobre todo es de tontos no aprovecharlo si te lo vas a fumar en una cama entre dos mujeres de bandera como aquéllas.
Iluminados por las tenues luces rojas de las caladas, hicimos las presentaciones de rigor. No íbamos a quedar como unos groseros, al fin y al cabo si te has metido entre pecho y espalda un revolcón como aquél qué menos que soltar alguna parrafadita y tal. No sé, decir como te llamas y esas cosas.
-Bueno, chavales, ya veo que tenéis buen gusto. Habíais elegido la misma cama que nosotros, la mejor.- Dijo mi cada vez más adorada amiga.
-Hombre, si hubiéramos sabido que estaba ocupada habríamos esperado un poco a que terminaran ustedes.- Contestó la chica como excusándose.
-¡Pero que va, tía! Si ha sido cojonudo. Bueno, presentémonos, yo me llamo Celine y aquí mi partenaire circunstancial se llama Járrison.
-¡Hostia! ¿Entonces tú eres la famosa Celine? -Le pregunté- Llevo todo el día llamándote.
-Pero Jarri, ¿tú estás de la olla o qué?- me contestó.
-Ah, ¿Pero ustedes tampoco se conocían?- intervino extrañada la chica- Lo nuestro también es una cita a ciegas.
-A ciegas es como va este loco por la vida. Con un ojo casi no ve y con el otro lo ve todo al revés- dijo ella señalándome el ojo hinchado.
-No te rías, llevo un par de días perdido. Sólo sé que desperté en una lavadora y que todo el rato me quieren secuestrar.
-¿En una lavadora? No me jodas. Pero tú estás como una puta regadera.- me dijo.
Entonces le confesé a Celine que no me acordaba de ella ni sabía quién era yo ni nada de nada, pero que había encontrado extraña libreta roja donde venía su nombre y su teléfono y le había estado llamando. Se la enseñé y dijo sacando de su mochila otra libreta igual:
- Esto es un dellaví, ya nos las habíamos enseñado antes y habíamos hablado de ellas largo y tendido.- y bajando la voz y abriendo mucho los ojos, añadió- Es posible que hallamos descubierto una falla en Matrix. Es más, es posible que seas Neo.
Luego, dirigiéndose a nuestros compañeros de cama les dijo:
A ver si no es la hostia de raro todo esto. El sábado por la tarde me lo encontré deambulando por el barrio como un zombie con la mirada perdida y los pelos churruscaos, todavía humeantes, sin ser capaz de explicar qué coño le había pasado. Se agarró a mi brazo y me llevó a la deriva dando vueltas por el barrio hasta que su vecina de la puerta de al lado, que salía de comprar huevos de un chino, se paró a saludarle. Yo le dije que no se encontraba muy bien y que debería irse a casa a descansar pero que yo no sabía donde vivía y él al parecer tampoco. Entonces ella nos acompañó a su casa, nos abrió con la llave de debajo del felpudo, y dijo que le pasaría unos buevos rellenos con mayonesa que son mano de santo para todos los males porque les pone perejil que coge del que la gente deja bajo la imagen de San Pancracio que tienen en el chino. Lo duché, le lavé la cabeza y le corte los pelos quemados, le ordené un poco la casa que estaba como si hubiera pasado un tornado furioso, y luego nos pasó su vecina una fuente con, no exagero, por lo menos dos docenas de esos buevos rellenos, como los llama ella, nadando en mayonesa, que estaban de vicio. Y no veáis como se los comía aquí el angelito. Le ponía la cuchara delante de la boca con un buevo y se lo tragaba entero, sin masticar. Así que yo, pensando que esa era la forma de comerlos, y siguiendo las enseñanzas de mi madre adoptiva que siempre decía allá donde fueres haz lo que vieres, hice lo mismo, y mano a mano nos los zampamos todos. ¿Y no me jodas que no te acuerdas de lo que paso después?- me preguntó.
-Pues ni puta idea, la verdad.
-Joder, pues que no sé que hostias le habría echado tu vecina a los dichosos buevos que nos pusimos como motos. Yo creo que lo que guardaban los chinos esos junto a la estatua de San Pancracio no debía ser perejil. A lo mejor era burundanga o vete tu a saber qué mierda de hierba afrodisíaca oriental. El caso es que nos dio un  calentón que te cagas, y efectivamente al final nos cagamos, pero antes nos dimos unos revolcones por el suelo como si no hubiera un mañana, y cuando estábamos consumando como conejos, y en el horizonte sonaban tambores cercanos de un orgasmo simultáneo que se acercaba con paso firme de elefante, apareció tu puta vecina con un albornoz rosa del Play Boy dispuesta a unirse a la fiesta, y del bajón, lo que nos dio simultáneo fue un apretón incontrolable.
Tu vecina la muy ladina, se ofreció a llevarte a su baño para que yo usara el tuyo, y en mala hora lo hice, tu baño está hecho una puta mierda con todas las letras, tío, aunque la verdad es que en esas circunstancias una no le hace ascos a nada. Cuando salí llamé a la casa de la vecina y la hijaputa me abrió con la cadenita echada y me dijo que estabas dormidito como un príncipe y que no te despertara. Así que me fui y no supe más de ti hasta hoy.
-¿Entonces no sabes por qué terminó en una lavadora?- Preguntaron ávidos de respuestas nuestros compañeros de cama.
- Pues la verdad es que no.- Dijo Celine.- pero algo raro tuvo que pasar, porque eso no es normal.
-Eso digo yo- intervine- yo no es que esté muy centrado, y he acabado fiestas sin acordarme de cómo, tirado en cuartos de baño con la cabeza dentro de un barreño, en trastiendas de bares, en parques, en calabozos de cuartelillos de la Guardia Civil... Pero dentro de lavadoras es la primera vez que me pasa.
-Bueno. - Cortó Celine- Vayamos a lo positivo, ¿habéis traído cena?
-Esto, si... algunas cosillas.- Dijo la chica
¡Joder, algunas cosillas! Venían con una nevera portátil llena de las más exquisitas viandas. Fiambres, patatas fritas, ganchitos al queso, aceitunas rellenas, ¡Qué sé yo! ¡Hasta tortilla de patatas llevaban, y con cebolla!. Y de beber ni te cuento. Menudos pajaritos estaban hechos. Allí había champán para parar un tren, y hielitos, y una botella de Bailis.
-Pues nada, ahora nos vamos a cenar todos juntitos, hacemos revoltijo de lo que traemos cada uno como buenos hermanos, ¿vale?
¡No era nadie Celine negociando! Estaba claro que salíamos ganando, pero también era cierto que nos lo habíamos currado, y en el negocio sexual habíamos aportado nuestra experiencia y sabiduría, lo que había contribuido a conducirlo a buen puerto. No siempre se consigue un un pócker de ases, es decir, un orgasmo cuádruple simultáneo.
Nos levantamos y fuimos al comedor estilo isabelino donde  habíamos dejado nuestras cosas, todavía medio envueltos en sábanas, porque no sé, parece como que no te apetece vestirte después de haberte echado un polvete como Dios manda, así como que prolongas la sensación de que aún estás metido en harina, que la cosa aún no ha acabado, que la noche de amor desenfrenado continúa. Pero, a qué no sabes que hizo la chavala aquella? Es cosa de alucinar, tú, sacó un par de batines de seda que llevaba en la bolsa y ambos se vinieron a cenar hechos unos pimpollos. Si es que el que no se lo monta de fábula es porque no quiere.
Cuando llegamos al comedor, cual no sería nuestra sorpresa al ver un tipo, con aspecto de vagabundo pero impecablemente vestido, que estaba terminando de trasegarse nuestras provisiones, con dos candelabros encendidos, como quien no quiere la cosa. Y cuando nos vio, el muy sinvergüenza aun tuvo el coraje de invitarnos a sentarnos a nuestra propia mesa.
-Buenas noches, damas y caballeros, siéntense, llegan ustedes a tiempo de degustar los restos de esta estupenda cena.
-Pero, bueno, que hace usted? ¡Esa cena era la nuestra!- Le dijo Celine.
-Perdone, señora, pero en el mundo de los out law- contestó pronunciando perfectamente el inglés- no existe el derecho de propiedad- Y la verdad al menos en que al menos en esa ocasión  el tipo tenía más razón que un santo. 
Afortunadamente nuestros partenaires llevaban comida para todos, aunque a juzgar por lo que tragaba el chico estoy seguro que habría sido capaz de comérselo todo él sólo y repetir postre, que dicen de los gordos, pero no veas como come la gente esmirriada. Y hablando de postre, traían unas estupendas copas de chocolate con nata, bueno, nata o lo que sea, algo blanco que lo recubre. Ya sabes, de esas que venden en los Lidl y sitios así por ventipocos céntimos, que no sé de que coño estarán hechas, pero están cojonudas.
-¡Hostia,-dije al verlas poner sobre la mesa,- copas de chocolate, con lo que me gustan! ¡Y habéis traído un pack de seis, que guay!
Al oírme el vagabundo me miró extrañado. Se puso las gafas y me dijo:
-¡Coño, señor Járrison, supongo!
-¿Me conoce?- Le pregunté.
-Nos ha jodido, recorrimos juntos las catacumbas de Las Salesas, robamos los archivos del Supremo y me rescató usted de la cárcel hace poco. ¡Cómo para olvidarme!
-¿Entonces usted es el Chepas?- Preguntó Celine.
-El mismo que viste y calza- contestó él.
-Vaya casualidad. Yo soy Celine, Járrison me habló de usted, pero ahora está amnésico y no se acuerda de nada.
-Lo siento, señor Chepas, es verdad, no recuerdo nada.- de dije disculpándome.
-No se preocupe. Eso vamos a arreglarlo que estamos en mitad de una guerra y no podemos permitirnos el lujo de perder combatientes.- dijo levantándose y rebuscando en una librería que había junto al comedor.
-¿Pero esos libros son de verdad?- le pregunté - yo creía que eran de pega.
-Las mejores bibliotecas están en las exposiciones de muebles. Van pasando de mueble a mueble sin que nadie se los lleve ni los tire nunca. Yo tengo cientos de libros guardados en sitios como éste.- contaba mientras seguía buscando- Eso sí, me los desordenan cada vez que redecoran el local, y me toca buscarlos y volver a ordenarlos.
-¡Aquí está!- exclamó sacando un viejo libro de lomo de piel - "Froid, yo me tiré a tu madre", el mejor libro de psiquiatría que se ha escrito jamás.- dijo enarbolándolo mientras volvía a la mesa. Luego estuvo hojeándolo un poco, como buscando algo y al final me dijo
-OK, esto está chupao. Señor Járrison, túmbese en ese diván y relájese, que esto se lo arreglo yo en dos patás.
-¿Pero está seguro que sabe usted de ésto?- objeté un poco reacio a poner mi cerebro en manos de curanderos charlatanes.
-Por supuesto, Señor Járrison, sepa usted que he asistido de oyente durante años a miles de sesiones de psicoanálisis de uno de los mejores psicoanalistas de Madrid y no hay mejor escuela que ésa.- Luego, tendiéndome la mano me miró a los ojos fijamente y sonriéndome me dijo tuteándome y con una voz extraña, profunda y cálida:
-¿Confías en mí?- Y oye, te lo juro que de pronto me sentí como si fuera la princesa Yashmine y él fuera Aladín, y sin dudarlo agarré su mano. Entonces me dijo:
-Cierra los ojos y salta- Y yo los cerré y juntos saltamos al vacío de mi mente y empecé a correr por callejones estrechos llenos de recuerdos que pasaban de forma atropellada, cortados, mezclados, repetidos... Y yo oía de cuando en cuando su voz dándome órdenes e indicaciones, como cuando estás pasando la ITV oyes la del operario que está bajo el coche meneándotelo mientras te va dando instrucciones sobre lo que debes hacer y tú lo haces sin rechistar.
-Piensa en ésto, piensa en aquello, para, rebobina, borra eso, ordenar por fechas, ordenar por nombres, ordenar por importancia, etc. Y yo venga de hacer esas cosas. Notaba mi cabeza cada vez más caliente y su voz cada vez cercana, hasta que al doblar una esquina lo vi saliendo de la lampara maravillosa. Era el Chepas pintado de azul cantando "soy el genio de la lampara preciosa, mira que cosa, mira que cosa". Y lo reconocí, y me acordé de él, del Chepas que conocía y de todo lo que con él había pasado, y todo lo que me había contado, y de pronto vi al chepas saliendo de la cárcel con un menda cantando "el moro muza sale de su tumba y en calzoncillos baila una rumba", era el profesor Lindsacar y me acordé también de él, y de todas sus movidas, y de cada historia que recordaba enlazaba con otras personas que salían en la misma y con sus propias historias en un crecimiento exponencial tipo pandemia incontrolada, y un torbellino de gente conocida empezó a bailar una ronda a gran velocidad alrededor de mí cantando "los del corro de la patata nos comeremos tu ensalada y a los que comen los señores con naranjitas y limones, achupé, achupé, sentadita me quedé". Y me desperté sentado en una silla giratoria de oficina dando vueltas como un loco totalmente mareado mientras el Chepas con cara de loco me empujaba más y más deprisa a cada vuelta y me decía a gritos:
- ¡No abra los ojos, por lo que más quiera, no abra los ojooooos!-
Yo me agarraba a los reposabrazos como un desesperado, cerré los ojos y el mareo fue tan brutal que al instante poté hasta la primera leche que mamé, espurriándolo todo alrededor gracias a la fuerza centrífuga, mientras oía confusos gritos e improperios. Luego me encontré mucho mejor, como liberado del tapón que me impedía llegar al baúl de mis recuerdos. Tan limpio y expedito estaba ahora el camino hacia mi disco duro que me llegaron incluso los recuerdos del día en que mamé esa primera leche que acababa de echar. Y vi a mi madre acercándome el pecho a la boca y no sé por qué, pero grité como poseído: "!Froid, hijo de puta, me he tirado a tu madre!", tras lo cual caí en un profundo y vivificante sueño.
Cuando desperté estaban todos zampándose la cena.
-¡Hey, cabrones, ya os vale, dejadme algo!- Les grité levantándome.
-Hombre, el bello durmiente ha vuelto a la vida.
Me senté a la mesa a cenar y los vi a todos cubiertos de restos de cosas raras, como huevos duros y buñuelos, y preferí no preguntar. Estaba claro que algunas de las cosas que recordaba no las había soñado.
-¿Qué tal se encuentra?- me preguntó el Chepas.
-De puta madre- dije poniéndome las botas a comer de todo con tal ansia que la chica dijo riéndose:
-Ahora es cuando se pone a dar gritos y a retorcerse y le sale del pecho un jodido alien.- Y por un momento me acojoné pensando que el experimento del Chepas hubiera podido salir mal y pasarme algo así.
-Chepas, no me habrá metido usted nada raro dentro, ¿no?- le dije.
-Tranquilo, bastante morralla tenía usted dentro como para meter nada más.- contestó irónico.
Y la verdad es que volvía a ser yo. No sé que coño me habría hecho, pero había recuperado todo mi almacén de recuerdos intacto, incluso ahora lo tenía todo más nítido y ordenado que antes. Y el resto de mis facultades mentales volvieron a su ser, lo cual es una pena, porque ya puestos habría estado bien que hubieran mejorado, pero tampoco hay que pedir peras al olmo, que de donde no hay no se puede sacar.
Al parecer, según me dijo el Chepas en la entrañable y larga sobremesa de la cena, se me había producido un solapamiento de búfferes de memoria virtual y en consecuencia se me había bloqueado el router que reparte los tiempos de acceso para cada función cerebral. En fin, una putada que si no la arreglas te funde el disco duro neuronal de forma irreversible total, y por eso lo que me había hecho es reiniciarme la CPU, vamos, lo que siempre se ha llamado hacer borrón y cuenta nueva.
No sé si todo esto era muy científico o solamente eran divagaciones enloquecidas del Chepas, producto del encegotamiento producido por el canuto kilométrico de aquella fantástica marihuana con denominación de origen que habían traído nuestros jóvenes compañeros de cama, pero la verdad es que la cosa había funcionado. A lo mejor fue como el rollete de los milagros y tal, que basta que te creas que te vas a curar y vas y te curas por convicción propia. Cosas de las enfermedades psicosomáticas y eso. El caso es que, como cuando encuentras el hilo del ovillo y vas tirando de él, a mí se me venía a la cabeza toda aquella historia alucinante de Alexander, Ella y su sarcófago, en la que estaba metido y se la iba contando a mis concenáculos, los cuales se descojonaban y alucinaban a partes iguales. Es que a mí el canutamen me da parlanchina.
A medida que avanzaba la noche todos fueron cayendo, y al final quedamos el Chepas y yo mano a mano, con la bolsita de hierbas de la comarca en medio venga de liar porros.
-Lo mejor para recuperarse tras un reinicio cerebral- me decía con una voz cada vez más grave- es la marihuana, y te lo digo yo, que he fumado praderas y sé de lo que hablo.
Y la verdad es que no hay nada que tranquilice más que ponerse en manos de un experto. Da mucha confianza.
 Ah, por cierto, y en aquel momento recordé cómo coño había llegado a terminar dentro de aquella puta lavadora. 



Comentarios