Cap. 13: Consumando que es gerundio
Consumando que es
gerundio
Toda la vida me
la he pasado siguiendo las estelas que dejan las mujeres con su aroma
a perfumes embriagadores e inventando una y mil artimañas para
intentar que me dejen pasar un rato a jugar dentro de su zona de
confort, intentos que por lo general caen en saco roto. Pero lo que
me estaba pasando aquél día con aquella mujer fantástica, cuya
cara me era tan conocida como si la hubiera visto en un reality de
Telecinco, y cuyo nombre no era Cleofás, era algo inaudito.
Que sin haber
hecho yo esfuerzo alguno, una mujer de ese calibre me hiciera
proposiciones abiertamente deshonestas como aquéllas me llenaba de
orgullo y satisfacción.
Mientras abría
la puerta del portal ella me dijo:
-Si te parece,
primero nos hacemos unos largos en mi piscina particular y nos
ponemos ciegos de palomitas.
Me imaginé
retozando con ella llenos de espuma en un jacuzzi y me dio un subidón
que no veas. Aquello me pareció tan maravilloso que no podía ser
cierto, y entonces, para aguarme la fiesta, me asaltó un pequeño
poso de duda respecto a que quizá en realidad todo eso se tratara de
un malentendido y ella fuera una escort profesional de alto standing
que, sin yo darme cuenta, me hubiera ofrecido sus servicios por
señas, y yo hubiera hecho algún gesto con la mirada o con lo que
fuera, que indicara en su argot que prestaba mi aceptación a su
ofrecimiento, y todo ello sin haber establecido previamente de forma
fehaciente el monto de la contraprestación económica pagadera por
dichos servicios.
Como no tenía un
duro con que hacer frente a esa más que probablemente desorbitada
suma se me encogieron las vísceras cuyo solaz y esparcimiento eran
el origen de aquel malentendido financiero, y el castillo de naipes
en el que yo era el feliz y despreocupado príncipe azul se
derrumbó, al imaginarme a su chulo con un diente de oro alumbrando
"toa" la avenida viniéndoseme "pa" encima puñal
en mano. ¡Que mala es la puta imaginación! ¡Cómo envidio a los
que viven en el presente ajenos a los males que les acechan! Y lo que
más me jode es que la mayor parte de las veces al final disfrutan
como niños sin que luego les pase nada.
Pero yo no soy
así, me acojono y sufro mucho, así que, aún a sabiendas de que con
ello podía romper el encanto y que mi gozo quedara en un pozo, le
dije, carraspeando para aparentar normalidad:
-Perdona. ¿Esto
es de gratis, no? Es que no llevo encima más que unas pocas monedas
y no creo que me alcance.
-¿Gratis?- me
contestó burlona- ¿A ver, cuanto llevas?
Le enseñé el
botín obtenido en la cabina y riéndose me contestó:
-Con eso no te
alcanza ni para las palomitas, pero no sufras, acepto tarjetas.
-Bueno, la verdad
es que no llevo la cartera y ...
-Nada, pues no te
preocupes, me lo cobraré en especie, hacemos un "quid pro quo"-
me dijo riendo a carcajadas.- Yo es que me parto contigo, Jarri. Y a
mi lo que más me pone es la risa- añadió agarrándome el moflete
como se hacía antiguamente a los niños.
Yo cada vez
entendía menos aquella situación, pero entre que aquello del "quid
pro quo" sonaba a práctica sexual de nouvelle cuisine, y que su
desenfadada risa le movía los pechos de tal manera que podía
adivinarse el descarado e hipnótico bailoteo de sus alegres pezones
bajo la calavera de Iron Maiden estampada en su camiseta, se borraron
de mi mente todos los temores, y pensé: "¡Qué coño, si he de
morir que sea por algo que merezca la pena! Y te juro que esa tipa
estaba claro lo merecía.
Subimos por las
escaleras, y yo me derretía subiendo tras ella al adivinar a través
de sus ajustadas mallas el, como decía Sender, glorioso movimiento
nacional, que se producía en la musculatura implicada en su grácil
ascensión escalón a escalón. ¿Qué tendrá el culo de las mujeres
que nos lleva tras él como a zombies con los ojos como radares y nos
hace sus esclavos? Bueno, el culo y todo lo demás, que si vas a ver
hasta el rabo todo es toro.
-Hombre, veo que
vives en el séptimo cielo. -le dije jadeando cuando llegamos a su
piso bromeando con los siete pisos que nos habíamos metido entre
pecho y espalda- Eso mola, pero subir en ascensor hubiera molado
más, ¿no?
-¿No sabes que
las leonas hacen correr a los búfalos sin necesidad, antes de
cazarlos, sólo para que su carne esté más rica? Y ya sabes que yo
soy un poco leona, bufalito mío -me contestó sonriéndome y
relamiéndose con mirada lasciva mientras abría la puerta de su
casa.
A mí ya hasta me
temblaban las piernas con las halagüeñas perspectivas que con esas
frases y miraditas se me iban abriendo en el horizonte cercano. Cada
vez estaba más enamorado de aquella mujer.
Cuando entramos
me quedé flipando, lo de hacerse unos largos no era solamente una
metáfora simpática, aquella tipa se había montado en el salón un
piscinamen de la hostia. Se había comprado una de esas piscinas
desmontables que anuncian en los folletos de los híperes cuando
llega la primavera, de esas exagonales de tubos y pvc, de por lo
menos un metro de alta, con su depuradora y todo, y alrededor había
puesto un montón de plantas de interior auténticas, no de plástico,
no, sino de verdad, tú. Y césped artificial, y una lámpara de
rayos uva que te cagas. Yo alucinaba.
-Vete empelotando
que esta es una piscina nudista por decreto-ley, tío- me dijo-yo voy
a hacer las palomitas y ahora voy al asunto-
Y yo obedecí sin
rechistar. Como decía el indio sabio en la peli La Selva Esmeralda,
no hay mejor jefe que el que te ordena hacer aquello que quieres
hacer, y a mí la cosa del empelote amazónico me pone cantidad.
Siempre que puedo me voy a las playas nudistas, porque, amén de las
inmejorables vistas que si eres discreto puedes disfrutar en ellas,
es un gustazo pasearse oreando sin rubor las más sagradas
pertenencias de uno. Y es que a nuestras pobres vísceras externas
las llevamos siempre tan arrebuñadas y escondidas que cuando les das
rienda suelta y las dejas balancearse a su libre albedrío
acariciadas por la brisa del mar, te lo agradecen poniendo su mejor
sonrisa, y si, como con los años me he dado cuenta, era mentira eso
que nos contaban de niños de que todo lo que da gusto es malo, sino
más bien al revés, salvo prueba al contrario el nudismo tiene que
ser sano de la hostia.
Así que tiempo
me faltó para dejar mis vestimentas esparcidas por doquier y
zambullir mis vergüenzas y el resto de mi cuerpo serrano en aquel
mar de la felicidad. Pero no todo había de ser de película porno, y
el neorrealismo italiano se abrió paso ya que el agua estaba fría
de cojones y los míos reaccionaron ante la inmersión refugiándose
en su guarida secreta y ante este toque de retirada, mi otro atributo
personal que, quizá no joven pero sí sobradamente preparado estaba
ya para la batalla que se anunciaba, optó por seguir el mismo camino
trocando los trece coma cinco centímetros mal contados de gallarda y
altanera figura que a la sazón ya esgrimía, por otra figura más
bien triste y "encogía".
-¡Jodó que fría
está!- Exclamé cuando recuperé el resuello
-Es la primera
impresión-dijo ella desde la cocina mientras en el micro explotaba
el maíz con ritmo de samba. Luego puso una casete de Joaquinito
Sabina. "...Y nos dieron las diez y las once, las doce y la una
y las dos y las tres, y desnudos al anochecer nos encontró la
Luna..."
¡Cómo mola el
Sabina, si yo fuera poeta escribiría versos como los suyos. Pero
¿que digo? infeliz de mí, él ha sido tocado por la mano de Dios,
cosa que otros no podemos decir, que la mano que más nos ha tocado
no es la Dios precisamente, sino una más familiar y cercana, y, la
verdad, para según qué cosas casi prefiero ésta, que, pese a lo
que nos decían, conoce mucho mejor que aquélla mis más ocultos
pensamientos.
En eso que en el
umbral de la puerta aparece la tía, desnuda como su madre la trajo
al mundo pero más acabadita y con un enorme bol lleno de olorosas
palomitas calientes en una mano y un par de copones benditos con
Maríbrizar on the rocks en la otra.
-Palomitas con
palomitas, what else?- Me dijo, y quedeme yo, mudo, absorto y de
rodillas, como se adora a una diosa ante un altar, sin saber qué
hacer ni qué decir, momento que, a la llamada de la selva,
aprovecharon las entrañas de mis entretelas para, al galope tendido,
recuperar el terreno que el frío del agua les había hecho
cobardemente abandonar. Intenté decir algo por ver de disimular mi
muy evidente turbación, pero sólo tartamudeos y gorgoteos guturales
me salían.
-Me encantan las
palomitas.- Acerté a decir al fin- cogiéndole el bol de las manos
para que pudiera meterse en la piscina.
Yo me relamía
del polvorón que se barruntaba inminente, ya que, a pesar de mi
natural despiste, sé detectar cuando la cosa toma ya un cariz de
tipo descaradamente sexual, y aquella situación tenía toda la pinta
de que iba a calzón quitao hacia el país de las maravillas donde me
esperaban Alicia y su conejo blanco, en este caso más bien de los
colores del escudo del Atleti que llevaba tatuado en el pubis.
Pero di que se
mete la tía en la piscina, se tropieza, se cae, se apoya en el
borde, se rompen las copas de balón que llevaba en las manos, y con
ellas hace un pequeño cortecillo en el pvc por el que empezó a
salir un chorrito de agua. Yo, acordándome de la historia que me
contaba mi madre del niño héroe holandés que salvó a su pueblo de
una inundación devastadora, metí el dedo en el agujerito para
taparlo hasta que la autoridad competente tomara caras en el asunto y
solucionara el problema antes de que fuera a más, pero qué si
quieres arroz catalina, el pvc no es como los diques de los polders,
en los materiales chinos cuando haces pop ya no hay stop. Creció
poco a poco una raja enorme sin que pudiéramos hacer nada por
impedirlo y no veas la de agua que pudo salir de allí. La riada era
de tal calibre que nos arrastró a ambos por el boquete hasta dar con
nuestros huesos contra la puerta de la entrada. Yo por darle una vía
de escape hacia la escalera a la inundación, tuve la feliz idea de
abrir la puerta. En mala hora lo hice. Cincuenta mil millones o más
de metros cúbicos de aguas bravas se precipitaron escaleras abajo
llevándonos en volandas junto a todas nuestras pertenencias. Esa
interminable caída por los rápidos de siete pisos de saltos de agua
escalón a escalón, agarrados ambos al bol de palomitas, pudiera
haber sido ser una estupenda atracción de un parque temático, pero
cuando en lugar de ir cómodamente sentado sobre un enorme neumático
es tu culo el que recibe todos los golpes la cosa ya no se disfruta
igual.
Acabamos en la
calle hechos polvo. Cuando estábamos intentando encontrar nuestras
ropas empezaron a asomarse a las ventanas vecinos furibundos, ya
sabes la inclinación que los copropietarios y demás habitantes de
los inmuebles comunales suelen tener al cabreo fácil. Todo eran
gritos y malos modos. Al vernos corretear en pelota picá por la
calzada, un guardia de la porra que por allí deambulaba escaqueado
como quien no quiere la cosa, decidió proceder a nuestra detención.
Bueno, sobre todo a la de ella, con la sana intención de, mientras
tal cosa hacía, disfrutar de las vistas y magrearla aunque fuera
someramente si lo exigía el guión. Cuando hubo saciado un poco sus
primeros impulsos lascivos pudimos convencerle de que aquello no era
cosa de delito sino de accidente doméstico, y no viendo el hombre
como sacar más tajada de la situación, ya que muy a su pesar, su
detenida, había cubierto ya sus vergüenzas, abandonó la presa y se
abrió de allí aunque yo seguía exhibiendo las mías porque sólo
había podido encontrar la parte de arriba de mi chandal del mundial
y, aunque era una preciosidad con una enorme cara del Naranjito en el
pecho, la verdad es que me venía un pelín pequeño y por más que
tiraba de él para abajo no me pasaba del ombligo.
Entonces vi que
unos niños de la calle corrían con mi mono naranja colgando de la
punta de una fregona a modo de estandarte victorioso, mientras
gritaban desde lejos:
-¡Se le ve el
culo, se le ve el culo y la chorra!- y se reían como locos.
Eché a correr
hacia ellos y salieron disparados en todas direcciones, yo enfilé
hacia el abanderado para recuperar el mono de butanero pues como
había comprobado esa prenda era una joya para pillar cacho, y además
porque dentro del mismo estaba el pantalón de mi chándal del
mundial 82, ya que me había quitado las dos cosas del tirón para no
perder tiempo, pero el cabroncete se paró en una placita rodeada de
bancos con jubilados, y me esperó allí plantao, y cuando llegué a
donde estaba empezó a torearme usando mi mono como capote, mientras
los otros chavalillos y los jubilados coreaban cada capotazo con el
consabido "olé", y la verdad es que el chaval, aunque por
su color oscuro se notaba que había venido del África profunda
cruzando selvas, desiertos y mares, tenía madera y hechuras para
triunfar incluso en las Ventas, porque me dio varios capotazos
seguidos, y de una larga cambiada me llevó a los medios para
terminar con una media verónica ejecutada con tal garbo y maestría
que yo mismo me emocioné y aunque estaba jadeando con la lengua
fuera grité "Oleeee". Él recogió su improvisado capote
y con chulería digna del torero más bragao me dio la espalda
dejándome clavado en el sitio sin saber reaccionar. El público,
exultante, rompió a aplaudir, incluso un par de viejetes emocionados
agitaron al aire su pañuelos. Entonces el chaval se agachó, recogió
del suelo algo, lo besó y lo lanzó para atrás como quien tira su
montera. Era la puta libreta roja que se habría salido del bolsillo
del mono. De un salto me hice con ella, pero varios jubilados
intentaron quitármela, pues no hay cosa que más les motive que
pugnar por conseguir pillar de todo lo que den gratis aunque no sepan
ni lo que es. Conseguí zafarme con cuidado de no romper muchas
caderas, mientras en medio de la placita el triunfador de la feria
saludaba al tendido. Entonces vi que llevaba puestos mis pantalones
de chandal del Naranjito, y la verdad es que le estaban de maravilla,
tan ajustados que se veía claramente que cargaba del lado izquierdo
todo un señor paquete torero que haría levantar pasiones en los más
exigentes cosos taurinos del mundo.
Comprendí que no
tenía nada que hacer contra aquella joven promesa de la tauromaquia,
y antes de que se cuadrara y entrara a matar me fui de allí con el
rabo entre las piernas, y nunca mejor dicho, a donde aquella mujer,
cuyo nombre no recordaba, seguía intentando recoger libros, cajas,
ropas, sillas, casetes, y mil cosas más que yacían desperdigadas
por la acera y la calzada entre los charcos de la riada.
-¡Joder que
desastre!- me dijo- ¿Quieres dejar de hacer el gilipollas y ayudarme
a subir todo esto a mi casa?
Yo en primera
instancia, y como era mi costumbre, decliné amablemente su
ofrecimiento, porque todo lo que sea cargar pesos me va muy malamente
para lo del lumbago y eso, pero al ver que se le torcía el morro, y
como aún albergaba esperanzas con ella, mandé a tomar por culo a mi
espalda y me puse a cargar cosas como un borrico. Cuando quisimos
entrar al portal con las cosas los vecinos se habían hecho fuertes
delante de la puerta y nos lo impidieron.
-¡Usted de aquí
no pasa!-Le dijo el portero, que como buen guardia civil retirado que
era, había adoptado el papel de caudillo del alzamiento
vecinal.-Estamos hartos de escándalos.- Y dirigiéndose a mí con
cara de asco, añadió- Y usted póngase de una vez unos pantalones,
¡hombre de Dios! Que menudo espectáculo está dando. ¿No ve que
hay niños delante?
-¡Mecagoentó!-
maldecía yo en arameo fuera de mí- ¡Si son precisamente esos
pequeños cabronzuelos los que me los han robado!
-Toma, ponte
éstos- me dijo mi amiga echándome unos vaqueros de pitillo de color
rosa palo. Me los puse con mucho cuidado, porque me estaban súper
ajustados y las cremalleras son muy traicioneras en esos pantalones
de marcar paquete, sobre todo si, como era el caso, no llevas
calzoncillos, y lo digo con conocimiento de causa, que la dentada
cicatriz que decora el cañón de mi querida Magnum no me la hizo
precisamente un tiburón buceando en la playa nudista de L'Ambolo,
como suelo contar a las mujeres para amenizar el pitillito post
polvem.
La verdad es que
lo más peligroso de dicha playa alicantina no son los tiburones,
sino los pedruscos que caen de la montaña sobre los temerarios
nudistas que, poniendo en riesgo sus vidas por la elevada causa de la
comunión con la naturaleza, consiguen llegar hasta ella. Dicen que
la peregrina idea de ubicar allí la única playa nudista de toda la
zona fue del cura del pueblo de al lado para disuadir a los
libertinos de tan maligna práctica, y al parecer los domingos se
asoma desde arriba del acantilado con unos prismáticos para
distinguir bien a justos de pecadores y echarles a éstos hisopazos
de agua bendita con los que salvarles de la condenación eterna
cuando caiga sobre ellos todo el peso del inminente desplome de la
montaña.
Bueno, que se me
va la olla, volviendo a lo que te estaba contando, como no podíamos
subir a su casa porque la barricada vecinal era infranqueable dado
que éstos se habían venido arriba y se empezaban a escuchar
teatrales gritos de "no pasarán", "por encima de
nuestro cadáver" y otras frases grandilocuentes de similar
calibre, llevamos las cosas al coche de ella que afortunadamente
estaba aparcado cerca.
Bueno, aparcado
es un decir, estaba subido a la acera con una enorme pegatina verde
en el parabrisas de aviso municipal de retirada de chatarra
abandonada en la vía pública. Y lo de coche también es un decir,
pues se trataba más bien de un viejo Citröen dos caballos,
furgoneta de reparto antigua, de esos con la chapa gris corrugada, en
tal estado que nada mas verlo, y tengo mucho cuajo con los coches, se
me cayó el alma al suelo.
-¿Eso anda?-
pregunté por preguntar porque la respuesta negativa era a todas
luces obvia.
-Cuando quiere
-contestó- pero al menos de almacén me vale.
Abrimos las
puertas de atrás y fuimos metiendo dentro todos los trastos, y
cuando terminamos, ella se metió entre unos arbustos resecos que
había al lado y cogió los asientos delanteros del coche que al
parecer unas niñas del barrio solían sacar para jugar dentro de él
a las casitas. Los colocamos en su sitio y dejamos con cuidado en un
murete que había al lado los cacharritos con ladrillo molido,
piedrecitas, hojas machacadas y cosas así que había en el
salpicadero.
Luego nos sentamos
dentro a descansar, y contra todo pronóstico, aquel coche por dentro
era una preciosidad. La palanca de cambios tenía en la punta una
bola de metacrilato con un escorpión plastificado dentro. El volante
estaba recubierto de tela de peluche de leopardo a juego con la
tapicería de los asientos. Y arriba tenía un desmesurado techo
solar, seguramente de un Dodge Dart de lujo, pillado en algún
desguace, aunque no muy bien instalado por más silicona que se veía
que le habían metido para tapar los huecos que dejaban las
ondulaciones de la chapa, como delataban las enormes manchas de
humedad de la lluvia que adornaban con sus rodetes amarillos el
precioso tapizado artesanal estilo tibetano que decoraba el techo.
Además todo él desprendía un entrañable y hogareño olor a
pachuli y jalufa por partes iguales que te hacía sentir como en
casa, y viendo que aquella furgoneta tenía unas preciosas
cortinillas de encaje hechas a mano que le daban a su interior una
cierta intimidad, y que en la parte de atrás quedaba espacio
suficiente todavía para tumbarnos con holgura pregunté, aunque con
poca convicción:
-¿Y... el polvete
ese, que?
- Pobre Jarrito,
solo piensas con el pito.-me contestó burlona.
Bello pareado que
encerraba en él un hecho contrastado del cual no sabía, ni he
sabido nunca, si enorgullecerme o avergonzarme. Y no me refiero a la
posibilidad de que yo me llamara Jarrito, sino a lo de que pensara
con el pito. ¿Es que acaso hay partes del cuerpo más dignas para
liderar las elevadas tareas del raciocinio? Pienso que lo importante
es pensar, que lo hagas con este órgano o con aquél es
circunstancial, secundario. Mi problema es que en ocasiones hasta yo
mismo dudaba de que en mi pobre cuerpo hubiera algún órgano capaz
de realizar tan importante tarea. Lo que estaba claro es que las
campanas que hasta pocos minutos antes andaban eufóricas tocando a
rebato en lo concerniente al amor carnal, tocaban ahora a muerto
acompañando el triste cortejo del entierro de la sardina,
concretamente la mía. Pobres sardinas, cuando más cerca estén del
cielo más dura será la caída. No, si cuando me pongo filosófico
no hay quien que me pare
-¿Sabes que te
digo?- Me dijo al verme tan atribulado- Que a grandes males grandes
remedios, yo no me quedo sin rematar otra vez la faena contigo. Y en
un colchón de agua, como te había prometido. ¡Vamos, te voy a
llevar al mejor hotel a este lado del Manzanares!
Y accionando el
contacto, que era un especie de cabezal del que había que tirar,
aquel prodigio de la mecánica postguérrica, tras pensárselo un
rato ronroneando como si tuviera no dos caballos sino dos gatos en
celo arrullándose mutuamente bajo el capó, contra todo pronóstico
terminó por arrancar.
Luego, en un
walkman que tenía en la guantera puso a Estopa a toda pastilla y
dando botes como si fuéramos en un saltador gorila salimos de Madrid
por la carretera de Toledo hasta la zona de Seseña.
Aparcó el
coche, o por mejor decir, medio lo estampó, en el parking de uno de
esos polígonos llenos de enormes almacenes de venta de muebles que
adornan ambos lados de la autovía. Expohogar, Hipermueble,
Mueblilandia y varios más con nombres a cual más grandilocuente.
-¿Pero a donde
vamos?-Pregunté tímidamente por miedo a romper algún
encantamiento, que ya se sabe que estas cosas del amor son muy
delicadas y basta con que introduzcas un elemento extraño y ya la
has jodido.
-Tú confía en
mí- Me contestó. Y rebuscando entre sus cosas algunas ropas que nos
dieran una imagen más formal. Se puso una cazadora de borregillo
rosa y me dio a mí un recio impermeable amarillo con capucha que por
como olía y lo sucio que estaba parecía los de los bacaladeros de
Terranova de la peli Capitanes Intrépidos, pero de la talla del
pescaíto del Spencer Tracy.
Luego agarrándome
del brazo a lo marido y mujer. Entramos en "El Chollón-Muebles
de Ocasión", y no quieras saber la labia que se gastaba la
individua. Se enrolló con un vendedor que sonrisa en ristre nos
enseñó todos los dormitorios habidos y por haber. Ella ponía cara
de que nos íbamos a casar y estábamos eligiendo el campo de
batalla. Esto es, cara de boba, y al vendedor se le hacía el culo
pepsicola pensando en los cuartos que iba a sacarse de comisión por
el lote que nos iba a colocar por pardillos. Ella me decía de cuando
en cuando.
-¿Te gusta éste,
pichurrín? -y yo ponía la cara de mala hostia reglamentaria por lo
de que me llamara pichurrín delante de aquel caza-recompensas
encorbatado, pero cuando intentaba abrir la boca para protestar ella
me cortaba con nuevas preguntas.
-O prefieres aquel
otro, que es más, no sé..., más coqueto, ¿no crees, amolsito
mío?- añadía con sonrisa pícara guiñándome un ojo
No me tengo yo
por muy ducho en la cosa de elegir muebles, pero había algunos de
estilo toledano imperial que te revolvían las tripas de horribles
que eran, parecían mobiliario de sacristía preconciliar, en cambio había
otros que eran cojonudos, todos llenos de botones para mover la cama,
para poner la radio, encender luces insinuantes... "Jaitech"
los llamaba el espídico vendedor.
Yo la dejaba
hacer, no me gusta ir de compras, pero si he de pasar por ello para
irme a un hotel con una tipa como ella soy capaz de recorrerme el
Corte Inglés de cabo a rabo sin dejar de sonreír.
De pronto una
duda me asaltó y al instante se me erizaron los pelos del cogote y
más allá ¿Querría casarse de verdad conmigo? O lo que es peor.
¿Sería mi prometida y yo no me acordaba?
Ante la
perspectiva de un posible matrimonio inminente me temblaron las
piernas y se me aflojaron los esfínteres, con lo que me entraron
unas ganas terribles de ir al excusado.
-Esto, por favor,
¿Tienen ustedes servicios?- pregunté azorado.
-¡Cómo no,
caballero, faltaría más!- El súper servicial hombre-sonrisa me
indicó con tanta amabilidad y diligencia la ubicación de los aseos
que poseído por un súbito síndrome de Estocolmo, de no haber
estado delante una mujer con la que esperaba una pronta satisfacción
mutua de nuestros impulsos carnales, le habría habría echado
también a él los tejos.
Por cierto, el
váter cojonudo. Obré como un señor. Disfruté. ¿Me estaría
volviendo vicioso? Seguramente, pero el que esté libre de pecado que
tire la primera piedra. Había hasta jabón para lavarse las manos
con olor a limones salvajes del caribe y una jabonera antigua de
plata con un par de rayitas a medio disfrutar que yo creí obsequio
de la casa. ¡Que detallistas! Están en todo.- Pensé mientras les
daba curso legal por no hacerles un feo.
Salí de allí
hecho un repollete, pulido y perfumado, y más animado que mis
zurullos por el Manzanares cuando pasaran junto a los colectores del alcantarillado de
Fabrik. ¿Y qué dirás que me encuentro? Pues al hijolagranputa del
amable vendedor, que perdida toda compostura, le estaba medio
metiendo mano a mi chica, bueno, a la chica que se había
presentado como mi futura. Ella estaba probando una super-cama con
forma de corazón, una preciosidad cubierta de edredones de seda rosa
y colchón de agua vibrante y autocalentable, y el pollo, con la excusa de hacerle probar las virtudes de aquella
maravilla de la técnica, la magreaba convenientemente cogida de la
cintura, usando sus malas artes de vendedor marrullero para
seducirla, incluso haciéndole cosquillitas en los ijares sin pudor
ninguno.
Cegado por la
ofuscación química que me estaba poseyendo, se me puso un muro en
la frente y me abalancé puño en ristre en dirección al escenario
del crimen con la honrada intención, muy en mi papel de futuro
esposo, de triturar a golpes a aquél degenerado al grito de "!quita
tus sucias manos de mi chica, mono asqueroso!" dispuesto
descerrajarle un ejemplarizante puñetazo en su perfecta nariz de
platino, por ver si de paso se la perjudicaba un pelín, que no es de
recibo que haya individuos con ese corte tan perfecto que hace que
los demás parezcamos contrahechos, pero quiso la diosa fortuna que
se me enredara en los tobillos una de esas jodidas cintas de plástico
irrompibles con que precintan las cajas de embalar y como es lógico
caí de bruces cuan largo era, no sin antes arrastrar conmigo a la
perdición a un par de hermosísimas lámparas de pie, imitación de
farolas estilo Luis XV, de a cojón de mico cada una, cuyos
innumerables achiperres adornaron mi caída con el elegante tintineo
que emiten los cristales caros al hacerse añicos.
Además la
mencionada diosa puso de propina en el camino a recorrer por mi cara
una preciosa jofaina de cerámica de Talavera con motivos de caza,
sujeta sobre mueble de roble, que, en venganza por haberla destrozado no tuvo la menor consideración con el enemigo
caído y se me tiró encima impactando contra mi inocente ojo
derecho usando el toallero de hierro forjado, que tenía a un lado, como ariete. Talmente como el
famoso piquete de ojos que hacen los luchadores marrulleros de
Pressing Catch pero sin tongo.
Me recogieron
alarmados entre varios de aquellos hombre-sonrisa enchaquetados todos
ellos en color salmón ahumado, y con cara de honda preocupación me
recostaron en la misma cama en la que instantes antes aquel
indeseable estaba intentando beneficiarse a mi dama.
Fingí enorme
ofensa e inquebrantable decisión de poner el asunto en manos de mi
abogado, temeraria amenaza debida a que en aquellos momentos no
recordaba que el único abogado que conocía era un tal Ernesto
Tomillo, hombre de ineficacia clínicamente testada a quien Dios
confunda, más de lo que ya se confunde él solito por creerse un
personaje de las novelas de John Grissam cuando en realidad es más bien como el desastroso picapleitos Lionel Hutz de los Simpson. Ellos, como no conocían
las virtudes del profesional aludido se asustaron sobremanera y para
calmar mi fingida ira, con la que lo único que pretendía era salir
airoso de una posible reclamación por la rotura de las lujosas
lámparas, me invitaron a pasar a las oficinas, donde me agasajaron
con un refresco de marca blanca, patatas fritas y una bolsa con
hielitos para el ojo. Yo, por seguir en mi papel les hice darme los
datos del seguro del local, tras lo cual, muy dignos, abandonamos el
lugar supuestamente camino del hospital más cercano para dejar
constancia de los daños sufridos, pues yo, conocedor del tema de las
reclamaciones por lesiones en los juzgados, ya hice como que, además
de lo del ojo que ya se me estaba hinchando y cambiando de color, me
dolía el cuello, preparándome el consabido esguince cervical tan
útil para sacarse una pasta por el morro. Luego basta con alquilar
un collarín por una hora en el quiosco que hay delante de la puerta
de los Juzgados cada vez que vas a la revisión mensual con el
forense y tienes la vida resuelta por un tiempo. Lo del ojo, aún
siendo aparatoso, si no hay pérdida de visión da para poco.
Una vez en el
coche ella me dijo.
-¿Que te parece
el dormitorio rosa? ¿Te gusta?
-¡Hombre! Lo que
no me gusta es que te dejes magrear por el primero que pase.-
contesté airado.
-¡Alto ahí,
machirulo de mierda! ¿Quien eres tú para meterte en lo que yo haga
o deje de hacer con mi cuerpo? ¿A ti qué coño te importa?
-No, si yo lo
decía por cumplir, la verdad es que tienes razón, no es cosa mía.-
reculé dándome cuenta de que me había pasado de frenada por culpa
del sobrecalentamento de mis motores cerebrales causado por el
botecito de Wins que les había metido a mis neuronas.
-Pues hecha esta
salvedad, vamos a preparar la cena, ¿no?- dijo ella.
Así que nos
metimos en un súper que andaba por allí perdido y mangamos todo lo
que quisimos y más. Eso sí, sólo cosas exquisitas. De caviar para
arriba, el fuagrás Mina ni tocarlo. Y pan del bueno, de ese que
viene ya tostadito en rodajas. Hasta champán, bueno sidra, porque a
mí, la verdad, me gusta más. Aquélla mujer mangaba como los mismos
ángeles, y al pasar por la caja, en lugar de ponerse tensa y
tartamudear como hago yo, se puso a bromear con la cajera sobre los
paquetes de preservativos del expositor colindante y tan ricamente,
no se le notaba nada. Estaba enamorándome de ella cada vez más y en
todos los sentidos. Esto debe ser el amor, cuando además de que te
guste una tía por lo buena que está, te guste también por otras
cosas.
Aparcamos de
nuevo el coche en el parking de las tiendas de muebles y ella díjo:
-¡Bueno, vamos al
lío!
A mi no me
parecía el sitio apropiado para echar un casquete, allí delante con
gente pasando y tal, pero como creo haber dicho ya en innumerables
ocasiones, soy de los que nunca dicen no, incluso ni en las peores
circunstancias imaginables, aunque en esta ocasión me había hecho a
la idea de lo de ir a un hotel de lujo.
-¿Nos zampamos la
cena antes?- pregunté.
-¿Antes de
qué?-me contestó.
¡Joder macho que
corte!, me puse como un tomate, tú.
-Pues, esto, no
sé, antes de...de...ir al hotel de lujo ese que dices.
-¿El hotel? Si lo
tienes delante.
-¿Donde?
-Ahí mismo, y ya
hemos elegido habitación ¿no?, verás que noche más guay vamos a
pasar.
-¿Ahí? ¿Pero
hablas en serio? ¡Chica, tú no estás bien de la azotea!
-¡Pues mira quien
habló! ¡El rey del racionicio hecho hombre, no te jode!
Y tenía razón,
la verdad, no era yo el más indicado como para afearle a nadie sus
locuras.
-Además, no pasa
nada, yo ya lo he hecho más veces, es muy fácil, tú déjame hacer
a mí.- insistió ella.
Tenía todo súper
controlado, cuando faltaban pocos minutos para la hora de cierre
cogimos la cena y entramos haciendo como que mirábamos armarios.
Eligió uno bien grande y cuando nadie nos veía nos metimos dentro.
En la oscuridad se oía su risilla pícara cuchicheándome al oído.
-¡A que mola!
¿Que no? Ahora esperamos media horita a que se vayan y el mundo es
nuestro colega.
Estar con una
mujer a oscuras, haciéndome cosquillitas con sus cuchicheos en el
oído, dentro de un armario, me pone, para qué negarlo, pero si al
cócktel le sumas los polvos de la madre picapica y del padre
cucharón que me acababa de meter por el conducto reglamentario, el
cócktel deviene explosivo, así que sin más preámbulos ni
prolegómenos inicié las maniobras de acercamiento propias de la
ocasión, confiando en que ella no se pondría a gritar ni me
cruzaría la cara de una bofetada como suele pasar. Además me sentía
incluso un poco legitimado por aquéllo del enamoramiento que me
subía por las entrañas como un sarpullido primaveral. Y por otra
parte ¿No es lo que se hace en estos casos? Es decir, es cosa casi
de protocolo, de buenas maneras, no sé, de cortesía diría yo. Al
que pillas comiendo le dices "que aproveche" y a la tía
que te cuchichea al oído dentro de un armario a oscuras le haces
proposiciones deshonestas en método braille. Todas estas
cavilaciones me estaba haciendo yo mientras mi corazón latía con
redobles de tambores de Hellín en Viernes Santo y mi temblorosa y
sudada mano, avanzadilla del grueso de mis deseos, buscaba a tientas
una piel que echarse a la boca. Pero cuál no sería mi sorpresa
cuando antes de establecer el contacto deseado, noto en mis labios
los suyos ardientes, húmedos, feroces, besándome abiertos con
descaro. ¡Dios mío, casi muero allí mismo arrasado por un infarto
genital!
Jamás nadie me
había besado de aquella forma. No es que fuera un beso de tornillo,
es que era un beso berbiquí. No sé cuanto duró, quizá un siglo,
la vida eterna diría yo. ¡Que cosa más jugosa su boca viva,
palpitante, hablándome por señas con su lengua sinuosa como una
anguila salada! Perdimos el control de nuestras constantes vitales y
aquel combate subió de nivel. Empezamos a arrancarnos mutuamente las
ropas que dificultaban el contacto cuerpo a cuerpo. Como ya he dicho
soy muy torpe en estas lides y mis dedos tardan horas en desabrochar
un botón, así que agarré con ambas manos toda su vestimenta e
intenté sacársela por la cabeza, ella levantó los brazos para
facilitar la tarea, pero el amasijo de chaquetilla de borreguillo,
jersey, camisa y camiseta quedó atorado a la altura de su nariz y de
sus codos dejándola con los brazos en alto a merced de los
elementos. ¡Y menudo elemento era yo a esas alturas de la película!
Como un tornado devastador recorrí con mis labios sus pechos
desnudos cuyas dulces guindas se endurecieron de placer y una riada
de piel de gallina inundó su cuerpo y el mío. Recorrí luego sus
aromáticas axilas disfrutando en mis mejillas el suave fru-fru de su
vello a medio salir y su maravilloso olor a mujer en celo. Recorrí
también los campos de aterciopelado trigo dorado de su vientre
mecido por el viento de mi aliento caliente. Su ombligo me llamaba
como un hipnótico remolino, me citaba como se cita a los toros para
que embistan hasta la muerte, y eso era yo, un toro encelado
corriendo por las dehesas de yerba fresca, subiendo y bajando al
galope tendido las laderas de aquel cuerpo de hembra hecho de nubes
ardientes, embistiendo los reflejos de la luna en los charcos salados
formados por su sudor. Ella gemía de placer y me crecí, macho, me
crecí. me sentía poderoso y feliz, imagínate, le metes mano a una
mujer y en lugar de darte una bofetada se retuerce de gusto. Eso es
como lo que decía el Eugenio de jugar al póker y encima ganar. La
besé con dulzura, me gustan los claroscuros, dejé un instante la
furia latente y la besé como sólo se besa en las películas ñoñas,
y mientras lo hacía mi mano bajaba y bajaba lentamente, haciéndose
intencionadamente de rogar, por aquella piel de pantera, rondando el
final de su vientre palpitante, amagando a cada pasada con internadas
más y más profundas bajo sus vaqueros, y su piel acompañaba cada
internada con un ¡huuuuy...! erizandose, arqueándose, aguantando la
respiración por hacerme hueco, para facilitar la entrada en su
Sancta Sanctorum a aquella gloriosa mano izquierda con la que yo
estaba dirigiendo la orquesta de todo universo conocido.
Con un preciso
movimiento, mi dedo pulgar desabrochó el botón de hierro forjado,
último bastión cuya caída precipitó la entrada del resto de mis
dedos como tropas de asalto en pos de su Helena de Troya. Aquellos
dedos tenían ya vida propia, y lejos de la torpeza con que mi
cerebro consciente suele dirigirlos, se comportaban con la destreza
de un tahúr haciendo trampas bajo el tapete. Una vez expedito el
camino hacia la puerta del paraíso ella se cuadró pidiéndome que
entrara a matar en el universo de la humedad, en el bosque de donde
nacen el placer y la vida. Con la cadencia de un vals mis dedos
acariciaron aquellas puertas del cielo. El "Noc, noc, noquing at
de jivens dor", redoblaba en la venas de mis sienes. La nave a
la deriva que era su cuerpo a esas alturas del naufragio zozobraba
por los cuatro costados, y nuestras respiraciones se unieron
aspirando yo el aire que ella exhalaba y viceversa en un ir y venir
que iba acelerándose a medida que nuestros pulmones unidos
encontraban menos oxígeno y más humedad en él, hasta que, al borde
de la asfixia, separamos nuestras bocas para coger aire nuevo.
Entonces la respiración de ella se convirtió en un gemido de gata
en celo. Perdido totalmente el juicio por ambas partes poco ya nos
importaba donde estábamos, quienes éramos o en que mundo vivíamos.
Éramos un cuerpo bicéfalo flotando en el espacio y gozando de sí
mismo, eramos el principio y fin de todas las cosas, el antes y el
después, el ayer y el mañana... Los conceptos dentro o fuera nada
significaban, éramos el universo entero, todo lo que no fuéramos
nosotros no existía, afuera no había nada, ni espacio ni tiempo. Mi
boca siguió la senda abierta a tientas por mi mano, recorriendo
valles y montañas, suaves planicies y cauces de ríos salados, hasta
llegar a la selva amazónica donde, como un volcán abierto ella me
esperaba. Liberé como una fiera sus muslos del pellejo de tela
vaquera que aún los recubría y, ya perdido todo el control que aún
pudiera quedarme, incrusté la cara entre sus piernas para besarla en
lo más íntimo de su ser. Ella sujetó mi cara con la cara interna
de sus muslos, suave como nada en este mundo. El "Ay que gustito
pa mis orejas" acariciaba mi mente haciéndome sonreír. Luego
mi lengua habló por los dos, y el verbo se hizo sexo y habitó entre
nosotros. Ella dejó de respirar y comenzó a retorcerse como una
anaconda herida de amor, herida. Todos sus huesos crujieron, y sus
piernas se cerraron aprisionando mi cabeza con tal fuerza que también
crujieron mis mandíbulas como una nuez en un cascanueces momentos
antes de quebrarse. Durante unos instantes todo fue silencio,
quietud, luego ella soltó un alarido como los de Tarzán llamando a
su amada Chita, relajando con ello la tenaza que me tenía preso.
Y de pronto se
hizo la luz. Un mundo de imágenes reales nos cegó. Yo no sabía que
pasaba. Fue como el despertar de un sueño. La puerta del armario se
había abierto y una pareja de seguratas y varios dependientes nos
miraban alucinados. Nadie sabía qué decir, ni ellos, ni nosotros.
No es que me diera corte, es que me parecían marcianos, no
hablábamos el mismo idioma, hablar era inútil. Pero ella volvió a
la vida y con su afamada capacidad para reaccionar en momentos
difíciles dijo con voz firme:
-¡Cierren la
puerta, coño! ¿Es que no ven que estamos a media faena?
Y, oye, cerraron,
me quedé alucinado de lo que puede hacer el hablar con convicción.
Los tíos cerraron la puerta sin rechistar. Sólo se les oyó decir
afuera:
-Bueno, pero hagan
el favor de acabar rápido que tenemos que cerrar.
Una vez de nuevo
en la oscuridad ella me dijo:
-Ahora te toca a
ti, torete- Y comenzó a intentar desabrocharme los pantalones, pero
yo, infringiendo mi sexto mandamiento, me resistí.
-Es que me da no
se qué así con los tipos fuera esperando, mejor lo dejamos para
otro momento.- le dije-
-¡Quita, quita,
no seas pardillo, que te voy a poner en órbita!-insistía ella. Pero
mi decisión era firme, todo lo contrario que la parte de mi cuerpo a
la que ahora le tocaba marcar el compás del baile, que del bajón se
había quedado en ná y menos. Ella se dio cuenta de la situación y
sabiamente dejó de porfiar.
-Está bien, luego
seguiremos.- Dijo mientras se recolocaba las ropas en su sitio.
Salimos. Yo ya me
veía pasando la noche en algún sórdido cuartelillo de los
alrededores, respondiendo preguntas sin posible respuesta. Los
guardias de seguridad y toda una corte de mirones se nos vino encima
no sabiendo muy bien cual era el protocolo a seguir, pero ella, mi
amada del alma querida, tomó de nuevo la voz cantante y dirigiéndose
al empleado de más alto rango allí presente de esta manera habló:
-Perdone
caballero, ¿podría atendernos? queremos comprar un armario como
éste pero querríamos saber si lo tienen en color cerezo.
El hombre no daba
crédito a sus oídos. Bueno, ni él ni nadie.
-Pero, señora,
¿que me dice? ¿A... a usted le parece bonito lo que han hecho?
-¿Lo que hemos
hecho? ¿Y que hemos hecho? ¡Probarlo! ¡No querrá usted que lo
compremos sin haberlo probado! ¿no?
-Pero...¿como que
probarlo? Lo que han hecho ustedes es una guarrada.
-¿Guarrada? ¡Pero
que dice usted buen hombre! Para lo que yo quiera o deje de querer un
armario es cosa mía ¿no le parece?
-No, sí, eso sí,
una vez que lo compre haga usted lo que quiera, pero aquí no, no es
de recibo.
-¡Pero qué
recibo ni que niño muerto! Mire, no me venga con pamplinas ¿Lo
tienen o no lo tienen en cerezo?
Fue tal el
desconcierto que les ocasionó que el tío le tomó nota del pedido,
le financiaron la compra y quedaron en que la llamarían para decirla
cuando se lo llevaban a casa. Así que nos fuimos de allí por
segunda vez con la cabeza bien alta, eso sí, después de recoger los
restos de la compra que aun podían aprovecharse tras haber sido
aplastados por el combate sin cuartel que habíamos librado sobre
ellos.
-Es una pena,- me
dijo mientras nos íbamos,- me había encaprichado de esa cama.
-Pues nos metemos
en otro armario a esperar- le dije
-¡Sí! ¿Porqué
no? !Viva la vida!, pero las manos quietas. ¿Vale?
Dicho y hecho, en
un abrir y cerrar de ojos nos metimos en otro armario. Los tíos ni
se dieron cuenta, creyeron que nos habíamos abierto ya de allí y
cerraron el chiringuito. Durante un rato, que se me hizo
interminable, se les oyó trastear de aquí para allá hablando en
alto, haciendo caja y esas cosas. Oímos como el vendedor salido
preguntaba cabreado por su jabonera de plata, y es que yo, no
contento con mangarle el contenido, había arramblado también con el
continente. Mientras el pobre pardillo del jefe se pavoneaba ante
sus lacayos de que había hecho una buena venta. Desde luego es que
hay cada infeliz por ahí que no tienen más remedio que reírte.
Luego se fueron
yendo. Al último se le oyó gritar.
-Venga, echa de
una puta vez el cierre que voy a conectar la alarma.
Al poco
entreabrimos la puerta y nos asomamos. No había moros en la costa y
salimos a tomar posesión de nuestros dominios.
¡Que maravilla!
Los mejores salones lujosamente decorados, los mejores comedores, las
mejores cocinas y, sobre todo, los mejores dormitorios, estaban allí
esperando para ser disfrutados por los mejores amantes, y esos éramos
nosotros.
Nos empelotamos
vivos y nos metimos en la maravillosa cama-corazón bajo el edredón
de plumas color rosa-barbie. El colchón era de agua y tocando
botones se calentaba y bamboleaba como si estuviéramos flotando
sobre las olas del mar. Incluso se podía elegir el tipo de oleaje.
Como estábamos en plan romanticote probamos el modo Mediterráneo.
Al momento empezó a sonar un pupurrí de canciones de San Remo al
compás de un cadencioso oleaje que eran gloria bendita. Aquello era
el paraíso terrenal en vivo y en directo. Yo, movido por una
irrefrenable verborrea que me tenía poseído empecé a recitarle al
oído el Margarita está linda la mar pensando que le gustaría
porque en ese momento creía que ese era su nombre.
- ¿Por qué no te
callas?- me dijo y tapándome la boca con la mano y reanudando el
cortejo sexual que, por los motivos antes expuestos, habíamos tenido
que dejar en suspenso, pero cuando ya teníamos a punto los motores y
ella estaba sacando de la bolsa del súper la cajita de preservativos
marca Acme, que había mangado con gran habilidad mientras bromeaba
sobre ellos con la cajera, oímos ruidos inequívocos de personas
humanas deambulando por los alrededores. Nos quedamos de piedra
escondidos bajo el esponjoso edredón callados como putas. Yo
intentaba buscar una buena excusa que exponer con convicción a los
guardias de seguridad, pero no encontraba ninguna. Después de lo del
armario si nos pillaban allí de nuevo en plena faena y fuera del
horario comercial mucho me temía que no iba haber dios que pudiera
explicarlo. De ésta seguro que acabábamos enchironaos o algo peor,
porque ¿quién te dice que los tipos, al vernos tan promiscuos, no
se lían la manta a la cabeza y nos sodomizan por turnos? Éstas y
otras ideas por el estilo me asaltaban mientras los ruidos iban en
aumento. Apagamos el oleaje y nos abrazamos acojonados aguantando la
respiración. Finalmente unas voces sonaron talmente al pie de la
cama.
-¿Es ésta, Cari?
-Si, mi amor, pero
parece muy deshecha, ¿no?
-¡Bah! Más
deshecha la vamos a dejar nosotros.
Notamos que
alguien se sentaba en el borde de la cama y luego ruidos de ropas
cayendo, silencios y tiernos mugiditos de besos. Me asomé por el
embozo y a pesar de la oscuridad reinante, mis pupilas enormemente
dilatadas vete tu a saber por qué, me permitieron ver perfectamente
a una joven de muy buen ver y completamente desnuda que morreaba sin
desmayo con un joven, también desnudo y de buen ver, todo hay que
decirlo. Y puestos a ver, al ser iluminados por los faros de un
camión que pasaba camino de la imperial ciudad, pude ver la silueta de ambos en la cual
se recortaba con milimétrica precisión la espada toledana del
caballero en posición de presenten armas y voto a bríos que no vi
en mi larga vida una Tizona de tamaña grandeza, a todas luces
desproporcionada para la talla su portador, algo menguado de osamenta
y enjuto de carnes.
Tras unos breves
ejercicios de precalentamiento se nos metieron ambos en nuestro mismo
lecho y bajo el mismo techo de edredón de seda rosa que nos cubría,
no sin antes haber puesto en marcha el oleaje automático del colchón
marino en posición galerna del Cantábrico diría yo, ya que aquello
empezó a moverse como un pesquero de Lequeitio al borde del
naufragio mientras sonaban a toda castaña los estridentes acordes
de una versión heavy metal del Maitechumía cantada por Kortatu,
acompañados de vez en cuando por horrísonos truenos y relámpagos.
A río revuelto, ganancia de pecadores, pensé yo, y ni corto ni
perezoso me uní a su fiesta, y lo mismo hizo mi feliz acompañante,
y aquella pareja de pipiolos no se dio cuenta de que la cama estaba
habitada por más cuerpos que los suyos propiamente dichos, y si
encontraban en su apasionado combate corporal más piernas, brazos y
otros miembros que los que les correspondían, más lo atribuían a
las maravillas de la marihuana de la Vera que se habían fumado que a
cualquier otra circunstancia. Duró bastante aquella orgía
cuadrafónica, pero sea porque aquel colchón no estaba preparado
para tanta peña revolcándose sobre él a ese endiablado ritmo o por
lo que coño fuera, en un momento dado empezaron a salir surtidores
de agua por los cuatro costados y la galerna fue amainando hasta que
los motores que debía haber bajo la cama empezaron a dar chispazos,
a echar humo y a oler a cables quemados. Cuando todo una acabado se
oyo susurrar a la chica:
-Cari, creo no
estamos solos- A lo que el tal Cari, evidentemente ya enterado de la
cuestión pero que estaba haciéndose el longuis y aprovechándola
como el que más, le contestó
-No te preocupes,
cariño, cuatro ojos ven mejor que dos.
-Ya- dijo mi amada
sin poderse contener la risa- pero aquí no hay cuatro, sino ocho
ojos, y eso sin contar los cuatro apócrifos.
Nos echamos a reír
sin poder parar durante un rato intentando explicarles cuáles eran
los ojos apócrifos, y luego, roto ya el hielo entre nosotros y
puestas las cartas boca arriba, nos cambiamos a una cama redonda
tradicional que parecía una mesa de jugar al pócker, con una colcha
de fieltro verde y in foco arriba y cuatro almohadones cada uno con
un as de la baraja francesa, y allí nos pusimos manos a la obra para
rematar las faenas que habían quedado a medias, y alcanzados con
éxito por nuestras huestes los últimos objetivos compartimos el
paquete de Winston como buenos hermanos, porque aunque yo no fumo
tabaco, el pitillo fin de fiesta es como la pipa de la paz, es de
mala educación rechazarlo y sobre todo es de tontos no aprovecharlo
si te lo vas a fumar en una cama entre dos mujeres de bandera como
aquéllas.
Iluminados por
las tenues luces rojas de las caladas, hicimos las presentaciones de
rigor. No íbamos a quedar como unos groseros, al fin y al cabo si te
has metido entre pecho y espalda un revolcón como aquél qué menos
que soltar alguna parrafadita y tal. No sé, decir como te llamas y
esas cosas.
-Bueno, chavales,
ya veo que tenéis buen gusto. Habíais elegido la misma cama que
nosotros, la mejor.- Dijo mi cada vez más adorada amiga.
-Hombre, si
hubiéramos sabido que estaba ocupada habríamos esperado un poco a
que terminaran ustedes.- Contestó la chica como excusándose.
-¡Pero que va,
tía! Si ha sido cojonudo. Bueno, presentémonos, yo me llamo Celine
y aquí mi partenaire circunstancial se llama Járrison.
-¡Hostia! ¿Entonces tú
eres la famosa Celine? -Le pregunté- Llevo todo el día llamándote.
-Pero Jarri, ¿tú
estás de la olla o qué?- me contestó.
-Ah, ¿Pero
ustedes tampoco se conocían?- intervino extrañada la chica- Lo
nuestro también es una cita a ciegas.
-A ciegas es como
va este loco por la vida. Con un ojo casi no ve y con el otro lo ve
todo al revés- dijo ella señalándome el ojo hinchado.
-No te rías,
llevo un par de días perdido. Sólo sé que desperté en una
lavadora y que todo el rato me quieren secuestrar.
-¿En una
lavadora? No me jodas. Pero tú estás como una puta regadera.- me
dijo.
Entonces le
confesé a Celine que no me acordaba de ella ni sabía quién era yo
ni nada de nada, pero que había encontrado extraña libreta roja
donde venía su nombre y su teléfono y le había estado llamando. Se
la enseñé y dijo sacando de su mochila otra libreta igual:
- Esto es un
dellaví, ya nos las habíamos enseñado antes y habíamos hablado de
ellas largo y tendido.- y bajando la voz y abriendo mucho los ojos,
añadió- Es posible que hallamos descubierto una falla en Matrix. Es
más, es posible que seas Neo.
Luego,
dirigiéndose a nuestros compañeros de cama les dijo:
A ver si no es la
hostia de raro todo esto. El sábado por la tarde me lo encontré
deambulando por el barrio como un zombie con la mirada perdida y los
pelos churruscaos, todavía humeantes, sin ser capaz de explicar qué
coño le había pasado. Se agarró a mi brazo y me llevó a la deriva
dando vueltas por el barrio hasta que su vecina de la puerta de al
lado, que salía de comprar huevos de un chino, se paró a saludarle.
Yo le dije que no se encontraba muy bien y que debería irse a casa a
descansar pero que yo no sabía donde vivía y él al parecer
tampoco. Entonces ella nos acompañó a su casa, nos abrió con la
llave de debajo del felpudo, y dijo que le pasaría unos buevos
rellenos con mayonesa que son mano de santo para todos los males
porque les pone perejil que coge del que la gente deja bajo la imagen
de San Pancracio que tienen en el chino. Lo duché, le lavé la
cabeza y le corte los pelos quemados, le ordené un poco la casa que
estaba como si hubiera pasado un tornado furioso, y luego nos pasó
su vecina una fuente con, no exagero, por lo menos dos docenas de
esos buevos rellenos, como los llama ella, nadando en mayonesa, que
estaban de vicio. Y no veáis como se los comía aquí el angelito.
Le ponía la cuchara delante de la boca con un buevo y se lo tragaba
entero, sin masticar. Así que yo, pensando que esa era la forma de
comerlos, y siguiendo las enseñanzas de mi madre adoptiva que
siempre decía allá donde fueres haz lo que vieres, hice lo mismo, y
mano a mano nos los zampamos todos. ¿Y no me jodas que no te
acuerdas de lo que paso después?- me preguntó.
-Pues ni puta
idea, la verdad.
-Joder, pues que
no sé que hostias le habría echado tu vecina a los dichosos buevos
que nos pusimos como motos. Yo creo que lo que guardaban los chinos
esos junto a la estatua de San Pancracio no debía ser perejil. A lo
mejor era burundanga o vete tu a saber qué mierda de hierba afrodisíaca oriental. El caso es que nos dio un calentón que te cagas, y
efectivamente al final nos cagamos, pero antes nos dimos unos
revolcones por el suelo como si no hubiera un mañana, y cuando
estábamos consumando como conejos, y en el horizonte sonaban
tambores cercanos de un orgasmo simultáneo que se acercaba con paso
firme de elefante, apareció tu puta vecina con un albornoz rosa del
Play Boy dispuesta a unirse a la fiesta, y del bajón, lo que nos dio
simultáneo fue un apretón incontrolable.
Tu vecina la muy
ladina, se ofreció a llevarte a su baño para que yo usara el tuyo,
y en mala hora lo hice, tu baño está hecho una puta mierda con
todas las letras, tío, aunque la verdad es que en esas
circunstancias una no le hace ascos a nada. Cuando salí llamé a la
casa de la vecina y la hijaputa me abrió con la cadenita echada y me
dijo que estabas dormidito como un príncipe y que no te despertara.
Así que me fui y no supe más de ti hasta hoy.
-¿Entonces no
sabes por qué terminó en una lavadora?- Preguntaron ávidos de
respuestas nuestros compañeros de cama.
- Pues la verdad
es que no.- Dijo Celine.- pero algo raro tuvo que pasar, porque eso
no es normal.
-Eso digo yo-
intervine- yo no es que esté muy centrado, y he acabado fiestas sin
acordarme de cómo, tirado en cuartos de baño con la cabeza dentro
de un barreño, en trastiendas de bares, en parques, en calabozos de
cuartelillos de la Guardia Civil... Pero dentro de lavadoras es la
primera vez que me pasa.
-Bueno. - Cortó
Celine- Vayamos a lo positivo, ¿habéis traído cena?
-Esto, si...
algunas cosillas.- Dijo la chica
¡Joder, algunas
cosillas! Venían con una nevera portátil llena de las más
exquisitas viandas. Fiambres, patatas fritas, ganchitos al queso,
aceitunas rellenas, ¡Qué sé yo! ¡Hasta tortilla de patatas
llevaban, y con cebolla!. Y de beber ni te cuento. Menudos pajaritos
estaban hechos. Allí había champán para parar un tren, y hielitos,
y una botella de Bailis.
-Pues nada, ahora
nos vamos a cenar todos juntitos, hacemos revoltijo de lo que traemos
cada uno como buenos hermanos, ¿vale?
¡No era nadie
Celine negociando! Estaba claro que salíamos ganando, pero también
era cierto que nos lo habíamos currado, y en el negocio sexual
habíamos aportado nuestra experiencia y sabiduría, lo que había
contribuido a conducirlo a buen puerto. No siempre se consigue un un
pócker de ases, es decir, un orgasmo cuádruple simultáneo.
Nos levantamos y fuimos al comedor estilo isabelino donde habíamos dejado nuestras cosas, todavía medio envueltos
en sábanas, porque no sé, parece como que no te apetece vestirte
después de haberte echado un polvete como Dios manda, así como que
prolongas la sensación de que aún estás metido en harina, que la
cosa aún no ha acabado, que la noche de amor desenfrenado continúa.
Pero, a qué no sabes que hizo la chavala aquella? Es cosa de
alucinar, tú, sacó un par de batines de seda que llevaba en la
bolsa y ambos se vinieron a cenar hechos unos pimpollos. Si es que el
que no se lo monta de fábula es porque no quiere.
Cuando
llegamos al comedor, cual no sería nuestra sorpresa al ver un tipo,
con aspecto de vagabundo pero impecablemente vestido, que estaba
terminando de trasegarse nuestras provisiones, con dos candelabros
encendidos, como quien no quiere la cosa. Y cuando nos vio, el muy
sinvergüenza aun tuvo el coraje de invitarnos a sentarnos a nuestra
propia mesa.
-Buenas noches,
damas y caballeros, siéntense, llegan ustedes a tiempo de degustar
los restos de esta estupenda cena.
-Pero, bueno, que
hace usted? ¡Esa cena era la nuestra!- Le dijo Celine.
-Perdone, señora,
pero en el mundo de los out law- contestó pronunciando perfectamente
el inglés- no existe el derecho de propiedad- Y la verdad al menos en que al menos en esa ocasión el tipo tenía más razón
que un santo.
Afortunadamente
nuestros partenaires llevaban comida para todos, aunque a juzgar por
lo que tragaba el chico estoy seguro que habría sido capaz de
comérselo todo él sólo y repetir postre, que dicen de los gordos,
pero no veas como come la gente esmirriada. Y hablando de postre,
traían unas estupendas copas de chocolate con nata, bueno, nata o lo
que sea, algo blanco que lo recubre. Ya sabes, de esas que venden en
los Lidl y sitios así por ventipocos céntimos, que no sé de que
coño estarán hechas, pero están cojonudas.
-¡Hostia,-dije al
verlas poner sobre la mesa,- copas de chocolate, con lo que me
gustan! ¡Y habéis traído un pack de seis, que guay!
Al oírme el
vagabundo me miró extrañado. Se puso las gafas y me dijo:
-¡Coño, señor
Járrison, supongo!
-¿Me conoce?- Le
pregunté.
-Nos ha jodido,
recorrimos juntos las catacumbas de Las Salesas, robamos los archivos
del Supremo y me rescató usted de la cárcel hace poco. ¡Cómo para
olvidarme!
-¿Entonces usted
es el Chepas?- Preguntó Celine.
-El mismo que
viste y calza- contestó él.
-Vaya casualidad.
Yo soy Celine, Járrison me habló de usted, pero ahora está
amnésico y no se acuerda de nada.
-Lo siento, señor
Chepas, es verdad, no recuerdo nada.- de dije disculpándome.
-No se preocupe.
Eso vamos a arreglarlo que estamos en mitad de una guerra y no
podemos permitirnos el lujo de perder combatientes.- dijo
levantándose y rebuscando en una librería que había junto al
comedor.
-¿Pero esos
libros son de verdad?- le pregunté - yo creía que eran de pega.
-Las mejores
bibliotecas están en las exposiciones de muebles. Van pasando de
mueble a mueble sin que nadie se los lleve ni los tire nunca. Yo
tengo cientos de libros guardados en sitios como éste.- contaba
mientras seguía buscando- Eso sí, me los desordenan cada vez que
redecoran el local, y me toca buscarlos y volver a ordenarlos.
-¡Aquí está!-
exclamó sacando un viejo libro de lomo de piel - "Froid, yo me
tiré a tu madre", el mejor libro de psiquiatría que se ha
escrito jamás.- dijo enarbolándolo mientras volvía a la mesa.
Luego estuvo hojeándolo un poco, como buscando algo y al final me
dijo
-OK, esto está
chupao. Señor Járrison, túmbese en ese diván y relájese, que
esto se lo arreglo yo en dos patás.
-¿Pero está
seguro que sabe usted de ésto?- objeté un poco reacio a poner mi
cerebro en manos de curanderos charlatanes.
-Por supuesto,
Señor Járrison, sepa usted que he asistido de oyente durante años
a miles de sesiones de psicoanálisis de uno de los mejores
psicoanalistas de Madrid y no hay mejor escuela que ésa.- Luego,
tendiéndome la mano me miró a los ojos fijamente y sonriéndome me
dijo tuteándome y con una voz extraña, profunda y cálida:
-¿Confías en
mí?- Y oye, te lo juro que de pronto me sentí como si fuera la
princesa Yashmine y él fuera Aladín, y sin dudarlo agarré su mano.
Entonces me dijo:
-Cierra los ojos y
salta- Y yo los cerré y juntos saltamos al vacío de mi mente y
empecé a correr por callejones estrechos llenos de recuerdos que
pasaban de forma atropellada, cortados, mezclados, repetidos... Y yo
oía de cuando en cuando su voz dándome órdenes e indicaciones,
como cuando estás pasando la ITV oyes la del operario que está bajo
el coche meneándotelo mientras te va dando instrucciones sobre lo
que debes hacer y tú lo haces sin rechistar.
-Piensa en ésto,
piensa en aquello, para, rebobina, borra eso, ordenar por fechas,
ordenar por nombres, ordenar por importancia, etc. Y yo venga de
hacer esas cosas. Notaba mi cabeza cada vez más caliente y su voz
cada vez cercana, hasta que al doblar una esquina lo vi saliendo de
la lampara maravillosa. Era el Chepas pintado de azul cantando "soy
el genio de la lampara preciosa, mira que cosa, mira que cosa".
Y lo reconocí, y me acordé de él, del Chepas que conocía y de
todo lo que con él había pasado, y todo lo que me había contado, y
de pronto vi al chepas saliendo de la cárcel con un menda cantando
"el moro muza sale de su tumba y en calzoncillos baila una
rumba", era el profesor Lindsacar y me acordé también de él,
y de todas sus movidas, y de cada historia que recordaba enlazaba con
otras personas que salían en la misma y con sus propias historias en
un crecimiento exponencial tipo pandemia incontrolada, y un
torbellino de gente conocida empezó a bailar una ronda a gran
velocidad alrededor de mí cantando "los del corro de la patata
nos comeremos tu ensalada y a los que comen los señores con
naranjitas y limones, achupé, achupé, sentadita me quedé". Y
me desperté sentado en una silla giratoria de oficina dando vueltas
como un loco totalmente mareado mientras el Chepas con cara de loco
me empujaba más y más deprisa a cada vuelta y me decía a gritos:
- ¡No abra los
ojos, por lo que más quiera, no abra los ojooooos!-
Yo me agarraba a
los reposabrazos como un desesperado, cerré los ojos y el mareo fue
tan brutal que al instante poté hasta la primera leche que mamé,
espurriándolo todo alrededor gracias a la fuerza centrífuga,
mientras oía confusos gritos e improperios. Luego me encontré mucho
mejor, como liberado del tapón que me impedía llegar al baúl de
mis recuerdos. Tan limpio y expedito estaba ahora el camino hacia mi
disco duro que me llegaron incluso los recuerdos del día en que mamé
esa primera leche que acababa de echar. Y vi a mi madre acercándome
el pecho a la boca y no sé por qué, pero grité como poseído:
"!Froid, hijo de puta, me he tirado a tu madre!", tras lo
cual caí en un profundo y vivificante sueño.
Cuando desperté
estaban todos zampándose la cena.
-¡Hey, cabrones,
ya os vale, dejadme algo!- Les grité levantándome.
-Hombre, el bello
durmiente ha vuelto a la vida.
Me senté a la
mesa a cenar y los vi a todos cubiertos de restos de cosas raras,
como huevos duros y buñuelos, y preferí no preguntar. Estaba claro
que algunas de las cosas que recordaba no las había soñado.
-¿Qué tal se
encuentra?- me preguntó el Chepas.
-De puta madre-
dije poniéndome las botas a comer de todo con tal ansia que la chica
dijo riéndose:
-Ahora es cuando
se pone a dar gritos y a retorcerse y le sale del pecho un jodido
alien.- Y por un momento me acojoné pensando que el experimento del
Chepas hubiera podido salir mal y pasarme algo así.
-Chepas, no me
habrá metido usted nada raro dentro, ¿no?- le dije.
-Tranquilo,
bastante morralla tenía usted dentro como para meter nada más.-
contestó irónico.
Y la verdad es
que volvía a ser yo. No sé que coño me habría hecho, pero había
recuperado todo mi almacén de recuerdos intacto, incluso ahora lo
tenía todo más nítido y ordenado que antes. Y el resto de mis
facultades mentales volvieron a su ser, lo cual es una pena, porque
ya puestos habría estado bien que hubieran mejorado, pero tampoco
hay que pedir peras al olmo, que de donde no hay no se puede sacar.
Al parecer,
según me dijo el Chepas en la entrañable y larga sobremesa de la
cena, se me había producido un solapamiento de búfferes de memoria
virtual y en consecuencia se me había bloqueado el router que
reparte los tiempos de acceso para cada función cerebral. En fin,
una putada que si no la arreglas te funde el disco duro neuronal de
forma irreversible total, y por eso lo que me había hecho es
reiniciarme la CPU, vamos, lo que siempre se ha llamado hacer borrón
y cuenta nueva.
No sé si todo
esto era muy científico o solamente eran divagaciones enloquecidas
del Chepas, producto del encegotamiento producido por el canuto
kilométrico de aquella fantástica marihuana con denominación de
origen que habían traído nuestros jóvenes compañeros de cama,
pero la verdad es que la cosa había funcionado. A lo mejor fue como
el rollete de los milagros y tal, que basta que te creas que te vas a
curar y vas y te curas por convicción propia. Cosas de las
enfermedades psicosomáticas y eso. El caso es que, como cuando
encuentras el hilo del ovillo y vas tirando de él, a mí se me venía
a la cabeza toda aquella historia alucinante de Alexander, Ella y su
sarcófago, en la que estaba metido y se la iba contando a mis
concenáculos, los cuales se descojonaban y alucinaban a partes
iguales. Es que a mí el canutamen me da parlanchina.
A medida que
avanzaba la noche todos fueron cayendo, y al final quedamos el Chepas
y yo mano a mano, con la bolsita de hierbas de la comarca en medio
venga de liar porros.
-Lo mejor para
recuperarse tras un reinicio cerebral- me decía con una voz cada vez
más grave- es la marihuana, y te lo digo yo, que he fumado praderas
y sé de lo que hablo.
Y la verdad es
que no hay nada que tranquilice más que ponerse en manos de un
experto. Da mucha confianza.
Ah, por cierto, y en aquel momento recordé cómo coño había llegado a terminar dentro de aquella puta lavadora.
Ah, por cierto, y en aquel momento recordé cómo coño había llegado a terminar dentro de aquella puta lavadora.

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