Cap.09: Tras la pista de Selín y el enigma de las dos libretas.
Capítulo 9: Tras la pista
de Selín y el enigma de las dos libretas.
La cocretas y la
tele, tal como yo esperaba, me ayudaron a pensar una buena estrategia
para ligar aquella noche con Selín, ya que pusieron la de Sueños de
un Seductor y Bogart terminaba diciéndole al prota que fuera él
mismo y así conseguiría ligar con la Keaton, que ya son ganas pero,
como dice el dicho, sobre gustos no hay nada escrito. El caso es que
yo, siguiendo el consejo de Bogart, que para mí es Dios, decidí
también ser él mismo, en decir, ser Woody Allen disfrazado de
Janfri Bogart.
Me acicalé todo lo
que pude, me puse una vieja gabardina en desuso que en tiempos
remotos me había dado mucho juego, antes del invento de los
protectores magnéticos anti hurto, para mangar en los supermercados
gracias a los dos enormes bolsillones que tenía por la parte
interior, y un más viejo aún y descolorido sombrero de fieltro
negro de una sombrerería de postín del Paseo de Gracia de
Barcelona, que me tocó en el turbulento reparto de la herencia de
un tío abuelo, por cierto, muy aficionado a los espectáculos del
Paralelo, y al caer la noche me fui al Ubres de Leona a buscarla,
pero el destino, que da y quita a su antojo, había decidido hacerme
las cosas difíciles. Ese día Selín libraba, por lo que no había
ido a trabajar.
Conseguí que una
de las camareras, por más señas rusa, de ojos escandalosamente
azules y unos preciosos pezones, rosados como los amaneceres de la
Ilíada, me diera el número del móvil de Selín. Me lo escribió en
una preciosa tarjeta del Club en la que salía un alucinante dibujo
de una leona con alas, llena de tetas de mujer de las que manaban
chorros de leche que caían en unos vasos de tubo. Cuando salí a la
calle vi que había puesto el nombre de otra chica, una tal Celine,
volví a entrar y se lo dije, pero la rusa insistía en que ese era
el teléfono de Selín. Yo, entre que los ojos se me iban
inexorablemente hacia sus dos preciosos pezones y que el ruso lo
tengo un poco dejado, no entendía si me estaba vacilando o qué es
lo que pasaba. Al final me di cuenta de que se escribía Celine
aunque se pronunciara Selín. Al parecer era un nombre francés y los
franceses, como todo el mundo sabe, no escriben bien las cosas.
Busqué una cabina,
pero con eso de los móviles ya casi no quedan y es difícil
encontrar alguna y que funcione. Además las mayoría son solo un
teléfono en mitad de la calle con un ridículo cristalito alrededor
y los ruidos de los coches te impiden entenderte. Donde estén las
viejas cabinas en las que cabían hasta cuatro personas y en las que
te podías refugiar de la lluvia, enrollarte con una piba, liarte un
peta con los amigos o incluso montarte un guateque con el
radiocassette a toda tralla...Pero desgraciadamente hay cosas que se
van perdiendo inexorablemente con el puto progreso. Entonces, al
pasar por delante de una tienda de decomisos de la Ribera de
Curtidores, vi en el escaparate un anuncio que decía que por cero
euros me daban un teléfono móvil. Eché mis cuentas, comprobé que
esa cantidad estaba dentro de mi presupuesto y entré.
Me contaron no se
qué leches de compromisos de permanencia y consumos mínimos pero no
les hice caso. Escuchar a esa gente es peligroso, pueden liarte y
sacarte hasta los hígados. Firmé todo lo que me pusieron por
delante y salí con un flamante aparato que además de teléfono era
máquina de fotos, radio, emepetrés, agenda y yo qué sé cuantas
cosas más. Esa gente está gilipollas, no es posible que te den algo
tan chulo de balde. Así no me extraña que el capitalismo se
derrumbe.
Como no me había
enterado de cómo se manejaba el invento decidí leerme las
intrucciones ya que no sabía como llamar con él, y para ello me
metí en un MacDonalds y me pedí un Japimil que es lo que sale mejor
de precio, pero la dependienta, una dominicana guasona, me dijo en
tono de sorna:
-¿No querrá usted
mejol un Boulbon, señol Bogal?
Yo contesté, no
gracias, y poniéndome rojo recogí mi bandeja con la cajita de
cartón adornada con dibujos de la Sirenita tres y cuando me alejaba
buscando mesa la oí decir por el altavoz:
-¡Tócamela otra
vez Sam!- Y luego soltar una carcajada estridente e interminable
coreada por sus compañeras de mostrador y gran parte del público
que llenaba el local.
Hice como que no
oía y más corrido que una mona me subí al piso de arriba a
esconderme. Este incidente me revolvió las tripas. A pesar de ello
me tomé la hamburguesa y las patatas de luxe, que no es cosa de
tirar la comida, sobre todo si la has pagado tú, y me guardé el
petisuis y el regalo para montarlo en casa. Luego intenté leer las
instrucciones del teléfono pero me fue del todo punto imposible.
Estaban escritas en ese idioma inventado para no ser entendido, lleno
de palabras que no sabes a qué se refieren. Intenté acertar cual
era la tecla mágica que había que pulsar para poder llamar, pero no
lo conseguí, y como había oído en la tele que los chavales conocen
los móviles como si los hubieran parido, cogí la Cocacola y me
acerqué a una mesa donde había un grupo de ruidosos adolescentes.
-Perdonad chavales
¿Me podríais hacer un favor? –Les dije poniendo mi mejor sonrisa
para que no me atacaran mientras les mostraba el aparato. Entiéndeme,
quiero decir el móvil.
No pude decir más,
de repente una señora hecha un basilisco que no sé de donde coño
salió, se puso a insultarme y a llamarme cerdo, pederasta, hijoputa
y otras lindezas, dándome golpes con el bolso y agarrándome la mano
para quitarme el móvil, porque decía que estaba haciendo fotos a
los chicos para colgarlas en Internet. Yo intentaba decir que no era
cierto, pero todo el mundo se puso de su lado a gritarme y no había
forma de explicar nada. Se formó una movida de la hostia y en un
momento de descuido di un tirón y liberé mi mano, pero el teléfono
se me escapó y salió volando hasta chocar contra la estatua del
insigne prohombre Ronald Macdonalds saliéndosele las tripas, al
móvil, no al prohombre, que se desperdigaron por el suelo en
dirección a los cuatro puntos cardinales. A cuatro patas conseguí
recoger casi todos los cachos y salí de allí como alma que lleva el
diablo, antes de que llegara la autoridad competente repartiendo, que
ya se sabe que en cuanto se ponen en marcha ya no hay quien los pare
y al final siempre cobro yo.
Ya en casa monté
los trozos del aparato dejándome llevar por la intuición y contra
todo pronóstico volvió a la vida, y utilizando el viejo sistema de
ensayo-error conseguí llamar a Celine, pero saltó el contestador,
así que dejé uno de mis balbuceantes mensajes diciendo que era el
detective Járrison y que tenía un asunto confidencial que tratar
con ella. Cuando colgué pensé que había sido un idiota y que ella
no me llamaría. ¿Quién coño quiere hablar con un detective que se
llame Járrison de un asunto confidencial? Suena chungo que te cagas.
Lo que te dan ganas es de salir corriendo.
Tras mucho meditar
me escribí en un papel el mensaje que quería dejar en su
contestador y volví a llamar, pero esta vez lo cogió ella, lo que
me pilló desprevenido y como no estaba preparado para una
conversación fingí ser yo mismo una grabación, y con voz monocorde
leí el texto: “Hola. Soy Járrison. La persona a la que le hizo
usted el boca a boca ayer. Quisiera verla para para agradecerle el
haberme salvado la vida. Tendría mucho gusto en invitarla a comer o
beber si lo prefiere, o si me apura a ambas cosas a la vez. Llámeme.
A la espera de sus noticias aprovecho la ocasión para enviarla un
atento saludo. Stop.” Y colgué. Quedé medianamente satisfecho de
mi aplomo y de mi léxico correcto y sobrio. Lo de stop lo dije
porque era lo que se ponía en los telegramas y siempre me ha
parecido que queda muy bien, muy profesional. Pensé que ante un
mensaje tan bien estructurado ella no dudaría en quedar conmigo pues
denotaba que yo era una persona centrada, de fiar.
Al poco rato sonó
en el teléfono una música. Pensé que se había puesto en marcha la
radio o el emepetrés, pero vi que en la pantalla ponía “llamada
entrante”. Quise hablar pero me di cuenta de que no sabía como
descolgarlo. Apreté nerviosamente varias teclas al azar y salió un
mensaje que decía: “llamada rechazada”. Estaba desesperado con
el dichoso móvil. Volví a llamarla. Tras unos timbrazos
descolgaron. Se oían risas pero nadie contestaba.
- ¿Celine?-
Pregunté.
- Uí Sé Muá.-
Contestó con dulce y aguda voz de francesa imitando un antiguo
anuncio de la tele.
- Ah, pardonemuá,
ye ne se parler fransé tre bian.- Dije alardeando de mis dotes para
las lenguas.
- Pues a mí el
francés se me da de vicio. – Me contestó explotando a reír ella
y otras chicas que estaban con ella, yo diría que algo emporrás por
lo mucho que se descojonaban de cualquier cosa.
- Bueno, mire, yo
soy el...
- Sí, ya sé- me
cortó- el bello durmiente del otro día que me estás llamando y
dejándome mensajes todo el rato. ¿Se puede saber que coño quieres?
-Pues, esto, en fin-
mis fuerzas empezaron a flaquear y mi voz a tartamudear, estaba
perdiendo el control, pero de pronto se me hizo la luz- Es que tengo
algo que le pertenece y quisiera devolvérselo.
Era mentira, se
trataba de un viejo truco que aprendí en mis años mozos, solía
funcionar, y funcionó.
-¿Mío? ¿Y de que
se trata?- preguntó intrigada.
-Lo siento, no puedo
decírselo por teléfono- dije bajando la voz- es alto secreto.
Oye, el truco surtió
efecto. Quedamos en la boca de metro de Gran Vía esquina Montera.
Cuando colgué
rebusqué una camisa no muy sucia entre mis pertenencias y me cambié
de calzoncillos, la esperanza es lo último que se pierde, y yo
siempre que quedo con una mujer, aunque mis posibilidades de pillar
cacho sean infinitesimales, incluso cercanas al cero absoluto, me
cambio de calzoncillos por si acaso. Eso lo aprendí de mi abuela,
que siempre contaba que una vez un hijo suyo metió el pie por un
hueco de la rejilla del ascensor, éste le pilló, le llevaron al
hospital y al quitarle el zapato para ver el alcance del desastre
avergonzó a la familia porque llevaba los calcetines sucios y ella
le regañó diciéndole que siempre hay que llevar los calcetines
limpios por lo que pueda pasar. Al pobre chaval se le gangrenó la
herida y le amputaron un dedo del pie. Nunca tuve claro si el motivo
por el que hay que llevar limpios los calcetines es para evitar la
vergüenza o las amputaciones, pero yo, por si acaso, de lo que
siempre me he preocupado de llevar bien limpios, son los
calzoncillos. Y es que, aunque las posibilidades de que un ascensor
me pille la chorra son ciertamente menores que las de que me pille un
dedo del pie, pues no suelo mear en el hueco del ascensor, aunque no
puedo asegurar que no lo haya hecho alguna vez, dicha pieza, aún
careciendo de huesos, es infinitamente más valiosa.
Cuando salía,
hecho un pincel todo repeinado, recordé que tenía que llevar algo
que yo pudiera creer que era de ella para dárselo y justificar así
el truco que había usado para quedar. Un guante, un pañuelo, unas
bragas, qué se yo. Entonces tuve una feliz idea, llevaría la
libreta roja en la que había visto su cara antes de conocerla para
ver si podía aclararme el motivo de tan extraño fenómeno. Es que
soy un lince.
La calle Montera,
como comprobé en mis propias carnes, no es el mejor sitio para
quedar a esas horas, sobre todo si tienes, como yo, el inequívoco
aspecto de llevar mucho tiempo sin meterte entre pecho y espalda un
buen revolcón. Al poco rato de estar allí esperando ya estaba
rodeado por un montón de prostitutas ofreciéndome sus servicios a
cual más solícita e insistente. Parecían vendedores de coches.
Solo les faltaba darme la posibilidad de financiar el pago. Yo les
decía cosas como: "No gracias. Muy amable pero en este momento
no me interesa". Pero ellas erre que erre. Parece que con esto
de la crisis tenían escasez de demanda. En eso apareció Celine.
Casi no la reconocí. Iba vestida de punky, con una chupa de cuero
negro llena de cremalleras, unos leotardos de cuadros morados y rojos
y el pelo con mechones tiesos de colores. Cuando me vio vino hacia mí
y las putas se le echaron encima empujándola y gritándola porque
pensaban que iba a quitarles un cliente. Hubo forcejeos y empujones.
Ella intentó sacarme de allí. La agarraron del pelo, la
zarandearon, hubo gritos, insultos y cachetadas, y Celine se puso a
repartir hostias como panes y patadas voladoras con tal destreza y
puntería que me quedé flipando. Las putas se batieron en retirada
ante aquel torbellino a lo Bruce Lee. Luego me agarró del brazo y
nos fuimos Montera abajo camino de Sol. Yo iba boquiabierto, cada vez
estaba más enamorado de aquella mujer.
-¿Es que voy a
tener que estar siempre sacándote de apuros?- Me dijo riendo.- Anda
vamos a tomarnos una cañita para relajarnos.
Nos metimos en un
bar y nos sentamos en un rincón con dos cervezas y un platito con
unas pocas patatas cocidas cubiertas con abundante mayonesa, ajo y
perejil. Lo mejor de Madrid sin duda es lo cojonudos que son los
aperitivos que ponen de balde con las cañas. No hace falta sentarse
a comer, basta con ir de cañas para estar bien alimentado e
hidratado.
-Bueno, a ver que es
eso mío que tienes que darme.-Me dijo con su preciosa y cantarina
voz.
-Yo, esto, bueno-
empecé como habitualmente empiezo a hablar con una mujer- todo esto
es muy raro. Mira,- le dije sacando la libreta, tengo una extraña
libreta o agenda en la que a veces sale una foto tuya y...
No me dejó acabar,
nada más verla la agarró y dijo
-¡Coño, mi
libreta! ¿De donde la has sacado?
-¿Esta libreta es
tuya?
-Claro- me contestó-
mía de toda la vida. Se me caería ayer de la mochila.
-No puede ser- le
dije extrañado- esta libreta la encontré guardada con unos papeles
de hace cien años en unos archivos judiciales super secretos.
-Pues es igual que
la mía- dijo abriéndola y mirando las anotaciones.
-¡Ah, no! Pues no
es la mía.- Rebuscó en su mochila y sacó otra libreta idéntica-
La mía está aquí.
-¿Y tú de donde la
sacaste?-le pregunté.
Ella se puso triste
y me contó que esa libreta era de su madre, que era lo único que
tenía de ella, que su madre vivía en París y ella nació allí, y
siendo muy pequeña la dejó al cuidado de la dueña de un night club
de Colliure, un precioso pueblo de la Costa Brava francesa. Era una
aragonesa de armas tomar que se hacía llamar Margot, una bellísima
persona que quería a su madre con locura. La dejó con Margot para
unas semanas porque tenía que volver a París a resolver unos temas.
Al parecer estaba enferma y tenían que operarla, pero ya nunca
volvió. Ella era tan pequeña que no se acuerda casi de su madre. La
libreta llegó en un paquete por correo junto a una carta unos meses
después de que ella se fuera. En la carta le pedía a Margot que
cuidara de su hija. Que ella tardaría mucho en volver, pero que
algún día volvería. Y al final de la carta le decía que guardara
muy bien esa libreta y se la diera a su hija cuando fuera más mayor.
Que en ella estaba la historia de su vida y les serviría para
reencontrarse. Luego, al olor de la movida madrileña se vino para
acá con un grupo de poperos buscando fortuna y fama. Que nunca se
había separado de esa libreta, que era como su amuleto. Con los años
había ido dándose cuenta de que esa libreta era muy rara, que si la
acariciaba salían fotos, imágenes en movimiento, voces o cosas
escritas. A veces hablaba y parecía que escuchaba, e incluso que
contestaba.
Abrimos ambas
libretas, y aluciné, en donde en la primera página de la mía ponía
Ella con esas letras de oro líquido que al acariciarlas mostraba en
un recuadro la cara de Celine, en la suya ponía Aleksander, el
nombre del vampiro, o lo que sea, dueño de mi libreta, y al
acariciar ese nombre apareció la cara sonriente de uno de los tipos
que salían en las fotos de la peña con disfraces de carnaval que
había en el sumario, por lo que deduzco que era el propio
Aleksander.
Estaba claro que la
madre de Celine y Aleksander se conocían, y esas libretas estaban
como enlazadas.
-Tu madre no se
llamaría Ella por casualidad, no?- le pregunté sintiéndome
Sherlock Holmes.
-Pues sí, ¿cómo
lo sabes?
-Porque ésta es tu
madre- le contesté acariciando el nombre Ella escrito en la libreta
de Aleksander para que saliera el rostro del que me había enamorado.
Ella se quedó alucinada.
-¡Si soy yo!-dijo
abriendo mucho los ojos.
Y es que realmente
Ella era ella, quiero decir, Celine.
Entonces la imagen
de la libreta empezó a moverse y a decir cosas en francés. Resulta
que Celine chapurreaba el francés por haber vivido su primera
infancia en territorio gabacho.
-Parece una
grabación. Dice algo así como que entrene mi mente como ella me
enseñó.- me dijo
-¿Y qué te enseñó?
-Ni puta idea-
contestó.- Margot decía que mi madre era muy esotérica, muy
hippie, que hacía yoga y esas cosas. A lo mejor quiere decir que
haga meditación trascendental y esas movidas.
Nos miramos
extrañados. Todo era tan raro que no éramos capaces de entender
nada. Pensé que la única persona que podía deshacer aquel
galimatías era el profesor Lindsacar, para eso era sabio, pero por
más que le llamaba desde mi flamante teléfono móvil saltaba el
contestador. Usando el móvil me sentía como Napoleón Solo, agente
de la Cipol, usando artilugios futuristas. Pensé que el profesor no
cogía el teléfono por temor a que los de la Gestapo se lo tuvieran
pinchado. Así que forzando la voz para no ser reconocido le dejé un
mensaje diciendo que iba a ir ahora hacia su laboratorio para
contarle cosas importantes, y que quedábamos en el bar de la otra
vez. Tanto engolé mi voz que al final en lugar de despedirme terminé
dando una arcada.
-¿Que te pasa en la
garganta?- me dijo Celine cuando colgué- parece que te estabas
ahogando, no sobreactúes tanto que no se te entiende nada.
-Era para que no me
reconocieran los de la Gestapo.-contesté un poco avergonzado.
Ella me miró con
cara de pena meneando la cabeza como diciendo: tú estás de la olla.
Me vi por un
momento con mi gabardina vieja y mi sombrero y mi pobre autoestima me
dijo: ¡Ya te vale, pringao! Ante esa caída en picado de mi imagen e
intentando reconducir mis posibilidades con ella, haciendo de tripas
corazón le pregunté que si me acompañaba a ver al profesor, pero
para mi desgracia añadí para ctratar de convencerla que en su
laboratorio había un sofá-cama cojonudo, que podíamos pedirnos
unas pizzas y vernos unas pelis porno de su enorme colección. Creo
que en lugar de convencerla la asusté. Si es que soy tonto, por la
boca muere el pez, no me sé estar callado y me delato sin necesidad
de que me torturen para ello. Luego supe que no se había asustado,
que ella no se asusta fácilmente, sino que tenía otros planes con
unos amigos senegaleses en Lavapiés y claro, no había color.
Nos despedimos, y
antes de irme fui a mear y al entrar al servicio me pareció ver al
enano de la Telefónica fumando un enorme puro, subido en un
taburete, jugando en un pin-ball al fondo del bar. Cuando salí me
subí la solapa de la gabardina para que no me viera y miré por el
agujero del ojal, pero ya no estaba.
-Me estoy volviendo
paranoico perdido- pensé- y eso que hoy no he fumado nada.
Encasquetándome
el sombrero y con las gafas de sol puestas, a pesar de ser ya noche
cerrada, para no ser reconocido por el barman, me planté en el bar
de la otra vez a esperar al profesor Lindsacar. Curiosamente aquel
bar tenía un ambientazo nocturno muy diferente al que había la otra
tarde cuando estuve allí. Como si todos los gais del Vallecas se
hubieran puesto de acuerdo para hacer cruising por las noches en esa
zona y los portales y jardincitos y setos aledaños estaban llenos de
personal mirándose con descaro y haciéndose guiños cómplices.
Me
pedí un Pipermint, para no desentonar y poder pasar desapercibido y
me acodé en la barra a esperar, pero el profesor no aparecía.
Cuando
ya estaba decidido a irme porque me sentía un poco avergonzado de
rechazar tanta oferta de sexo desinteresado, entró un ciego gordo
con sombrero canotier, y una tripa como la madre que lo parió, horas
antes de parirlo. Tenía un bigote tipo morsa que le tapaba por
completo la boca y unas cejas a juego que parecían marañas de algas
resecas de las que traen los mejillones, que medio cubrían unas
enormes gafas negras. Calzaba además un lobanillo, del tamaño de un
tumor abandonado a su suerte, justo en el borde de la nariz, la cual
era talmente una berenjena arrugada y llena de venillas moradas. Por
la nariz lo reconocí, era el profesor hábilmente disfrazado de
ciego orondo decimonónico.
Me senté en la
misma mesa en que él se había sentado y susurrando le dije:
-¿Que
hay profesor? ¿Como estamos? Veo que se ha arreglado usted a
conciencia. ¿Podemos ir a algún lugar donde podamos hablar a solas?
Tengo algo que quiero enseñarle. ¿Vamos, a su casa?
-Venga!-
Contestó imitando a Cela en el anuncio de la guía de viajes, y
levantándose con dificultad cogió el bastón blanco e incluso se
agarró de mi brazo para que le hiciera de lazarillo.
-Este
hombre es un genio.-pensé- ¡Qué bien está haciendo su papel! Así
no le reconoce ni la Gestapo ni el mismísimo Sherlok Holmes.
Salimos
del bar y enfilamos calle abajo. Llegamos a un portal cercano y
mientras subíamos en el ascensor el profesor iba haciendo extraños
gestos con la cara.
-¿Que
pasa?- Le pregunté al fin un poco mosca pensando que me tenía
preparada alguna sorpresa.
-¡Nada,
nada!- dijo forzando de nuevo la voz mientras seguía sonriendo
raramente.
Entramos
en su casa. Olía a ambientador de pino y a incienso. Me extrañó no
ver por ningún lado cachibaches, aparatos y cosas de inventar,
estaba claro que todo lo tenía en el trastero reconvertido en
laboratorio. Seguramente llevaba doble vida para que los vecinos no
se coscaran de sus experimentos. Era un piso antiguo muy arregladito,
lleno de jarrones y pijadas varias, lo que llamaba especialmente la
atención después de haber visto como tenía el laboratorio. A mitad
del largo pasillo había un enorme cuadro de Franco con un crespón
negro y unas velitas encendidas.
-Jodó- pensé- qué
lejos lleva el hombre su doble vida.
-|Soy
yo, madre- dijo en alto al pasar junto a una puerta cerrada- no se
asuste, he venido con un amigo!- Al parecer el tipo vivía con su
madre, que a juzgar por la edad de él debía ser anciana de la
hostia, y a la que, para mi sorpresa, hablaba igualmente forzando la
voz y sin su extraño acento húngaro.
Entramos
en una habitación con una cama de esas antiguas de filigranas de
hierro galvanizado y un crucifijo del copón en la pared sobre el
cabecero con un Cristo en 3D hiperrealista chorreando sangre por los
cuatro costados. Se sentó sobre la cama que al instante gimió bajo
su peso con un chirrido de gato atropellado.
-Es
un poco escandalosa pero no importa, mi madre está más sorda que
una tapia. Además mejor que suene, así no se nos oirá a nosotros.
¿Tan
importante era lo que me quería contar?-pensé- ¡Cuantas
precauciones para que no nos oyeran!
-¡Bueno!,
¿ Porqué no se quita de una vez todo eso, que se le ve a usted
asfixiado de calor, y vamos al grano?- Le dije con ganas de que me
informara de sus descubrimientos y contarle yo los míos.
-Cuanta
impaciencia!- Dijo con esa voz forzada que ponía de señor gordo,
mientras se desabrochaba la camisa dejando a la luz pública una
barriga que era una exageración surrealista que parecía haber sido
pintada por el Bosco. Yo al verla me eché a reir.
-jJoder,
vaya barriga! ¡Le queda cojonuda!- le dije cogiéndola con las
manos- ¿Como se quita?
-jQue
guasón! Se quita dejando de comer, y eso no pienso hacerlo aunque me
maten- Me dijo riendo, y ante mi estupor va el tío y se baja los
pantalones dejando frente a mi una imagen que para mi desgracia no se
me borrará mientras viva.
Yo
di el lógico respingo. Aquello era extraño por demás. De pronto me
percaté de que aquella barriga no era postiza sino auténtica y que
aquel hombre no llevaba careta, era así de horrible por su propio
pie.
-iPero
profesor! ¿que coño le ha pasado? ¿Que se ha hecho usted?-
pregunté horrorizado pensando que el pobre hombre había sido
víctima de alguna reacción o efecto secundario de alguno de sus
experimentos que le había afectado al aspecto físico general y a la
voz.
-La
carne es bella!- Me contestó enigmático subiendo y bajando las
cejas en un rápido movimiento de esos que no sabes muy bien qué es
lo que significa pero que temes que no sea nada bueno. ¿Se habría
sometido a alguna operación quirúrgica para ponerse siliconas a
granel hasta en el carnet de identidad?
-No,
si ya sé que sobre gustos no hay nada escrito, pero le noto algo
cambiado.-
-Calla,
prenda, calla y déjate llevar que las apariencias engañan y dentro
de este cuerpo de bestia hay un corazón sensible.- Y en diciendo
estas y otras palabras de igual o similar calibre, y para mi espanto
supino, el tío va y se quita la última prenda que le quedaba, unos
calzoncillos color malva con la enigmática inscripción "todos
los caminos llevan a Broma", quedándose en consecuencia en
pelota picá, aunque hablando con propiedad se quedó desnudo de
tobillos para arriba, porque los calcetines negros no se los quitó,
y no me extraña porque el suelo estaba frío que te cagas. Así
pues, se plantó ante mi completamente semidesnudo, dejando expuestos
a la luz pública sus no muy agraciados atributos de género, los
unos escandalosamente colgantes y sonrosados y en extremo enhiesto y
firme cual pica en Flandes el otro, que al igual que edificio
apuntalado sujetaba a duras penas la enorme barriga vencida sin
remedio hacia adelante por su propio peso y volumen.
-Profesor!
¡No alcanzo a comprender cuales puedan ser sus intenciones al hacer
tal exhibición del todo punto inusual y deshonesta! -le dije
buscando las mejores y educadas palabras que pude- Pero me veo en la
obligación de rogarle que me evite la visión de este horrendo
espectáculo.
Pero
todo era inútil, aquella bestia era como una morsa salvaje, como un
dugong en celo, y sorpresivamente se abalanzó sobre mis tristes
carnes y me aprisionó en un abrazo mortal haciéndome caer boca
abajo, con él encima, sobre el edredón rosa que cubría la cama. Y
así, teniéndome preso de su mole inhumana, aplastado por aquel
tolenaje en erupción, noté con horror como comenzaba a realizar
lentos y rítmicos vaivenes que poco a poco se fueron convirtiendo en
convulsiones de una galerna del Cantábrico.
Dado
el cariz que estaba tomando el asunto, y gracias a mi provervial
sagacidad, empecé a sospechar que estaba siendo víctima de una
violación en toda regla, aunque, si bien ya estaba yo cautivo y
desarmado, el ejército nacional no había alcanzado aún sus últimos
objetivos.
De
poco servían las llamadas a la cordura que le hacia al muy sabio
profesor, salvo para que en un momento dado, y medio ahogado por el
esfuerzo, aquel león marino me dijera con voz entrecortada y
exhalando vapor de sus entrañas hirvientes:
-No
me llames profesor, no me gusta, llámame Katy.- Tras lo cual siguió
sudoroso y colorado su trabajosa tarea.
Aplastado
como estaba, casi respirar, sin poder mover ni brazos ni piernas, ya
me veía perdido por completo y sólo me restaba saber por cual de
mis conductos corporales iba a ser consumada la felonía, pero
afortunadamente yo todavía llevaba puestos los vaqueros, lo cual me
hizo recordar aquel anuncio antiguo que decía "Grins resisten
si tú resistes", y aunque mis vaqueros no eran Grins, sino de
alguna marca desconocida que pillé en la liquidación de Almacenes
Arias tras el incendio, me vine arriba y me puse a cantar el
Resistiré del Dúo Dinámico para darme fuerza, esperando que el
tejido de mis vaqueros ofreciera suficiente resistencia al avance del
ariete con el que aquél toro en celo pretendía doblegar mi virtud.
Estaba
claro que el experimento o lo que fuera que había trasmutado de tan
extraordinaria manera al pobre profesor le había también modificado
de forma radical su personalidad, convirtiéndole en una fiera de
lívido desbocado dispuesta a saciar sus apetitos carnales con quien
se le pusiera por medio sin reparar en norma de comportamiento social
ninguna.
.Más,
como todo el mundo dice cuando las cosas se arreglan a mitad, Dios
aprieta pero no ahoga, curiosa frase que ignora por completo los
cientos de millones de personas que tiene en su haber defenestrados,
pero en aquella ocasión así fue. Cuando ya notaba yo los
aldabonazos de la punta del iceberg llamando con su nok,nok,noking at
de jivens dor en zonas, si no extrictamente adecuadas, sí
peligrosamente cercanas ya al centro de la diana, que a esas alturas
había comprendido que no era otro, como no podía ser de otra
manera, que mi pobre conducto rectal, y oía claramente, cual
trompetas de Jericó, el crujir de los tejidos del himen de algodón
y viscosa al 50% que anunciaba la pronta perforación de mis últimos
bastiones defensivos, sonó un extraño zumbido electrónico,
talmente como un móvil lejano en modo vibración, y
simultáneamente, el dugong se quedó paralizado un instante, y como
si de las trompetas esta vez del juicio final se tratara, el ariete
que amenazaba mi fortaleza se desvaneció en la nada, y el hombre
comenzó a convulsionarse pero de manera harto distinta a la que me
tenía ya acostumbrado, Ya no se trataba movimientos cadenciosos y
rítmicos, sino de espasmos agónicos como de alguien que está
siendo ejecutado en la silla eléctrica. Luego llegó la calma y
empezó a emitir un extraño sonido largo y decreciente, algo así
como el de los frenos oxidados de una vieja locomotora que se fuera
quedando parada, soltando de cuando en cuando y cada vez más
espaciosas y tenues, sus blancas vaharadas bufantes.
Y
luego nadie, y luego nada.-Salvado por la campana-pensé. Aquél
elefante marino la había espichao, y nunca mejor dicho, había
estirado la pata, la había diñao. El zumbido electrónico aún
coleaba de cuando en cuando como un despertador eléctrico quedándose
sin pilas. Salía de su pecho, debía ser su marcapasos que había
petado. Poco a poco, y ayudado por la lubricación de los muchos
sudores que empapaban el cuerpo de la morsa y el mío propio, pude
irme deslizando bajo su enorme mole, hasta llegar al borde de la
cama, y como en un parto con forceps fui poco a poco liberando mi
persona hasta caer al suelo, donde al hacer recuento de daños pude
comprobar que no me faltaba ningún
miembro.
El
hombre yacía como montaña innoble de carne cobre la cama que se
había hundido por el centro. La escena era dantesca. ¡Imagínate el
papelón! Pensé que tenía que avisar a alguien para que se hiciera
cargo de la situación, no sé, la poli, los bomberos, el Samur, los
hombres de Jarrelson,...¿qué sé yo?
Recordé
que había una madre en algún sitio. Abrí la puerta de varias
habitaciones hasta que di con una que estaba en penumbra, y en la
cual, en una cama altísima había una anciana viendo una tele en
blanco y negro con un sonetone tamaño walki talki del ejército
americano en Vietnam, que me miraba sin inmutarse tras unos lupos de
calibre XXL que le hacían los ojos enormes como de rana estupefacta.
-Se..señora,
esto, ejem, tengo que darle una mala noticia, su... su hijo ha
estirao la pata.
-¿Como
dice?- dijo poniéndose la mano en la oreja para mejor oír.
-¡Que
su hijo ha petao muy malamente!- Le dije levantando la voz.
-¿Pero
quien es usted?
-¿Yo?
Pues un conocido de Sabor, su hijo.
-¿Sabor?
Yo no conozco a nadie que se llame así.
-¿Pero
no es usted la madre del profesor Sabor Lindsacar?
-Mire
usted, yo solamente tengo un hijo que se llama Ramoncín. Así que
haga el favor de salir de mi alcoba ipso facto o llamo a la
policía.-Y sin darme tiempo a nada más se puso a
gritar-¡Ramonciiiin, Ramoncíiiin!
Todo era inútil, aquella vieja loca había entrado en trance y ya no
hacía otra cosa que vocear el nombre de su hijo, que dicho sea de
paso, todo parecía indicar que no era el profesor Lindsacar
deformado por algún experimento a lo doctor Jekil y Mr. Hyde como yo
creía, sino un menda deforme de serie que respondía al nombre de
Ramoncín, al menos hasta entonces, porque el pobre hombre ya no
respondía ni a ése ni a ningún otro nombre por sugestivo que
fuera.
Me
asomé a la habitación donde había tenido lugar la tentativa de
sodomización unilateral no consensuada. El Ramoncín yacía total y,
según mi modesto y leal saber y entender, definitivamente
defenestrado, así que hice lo que procede en esos casos, salir por
patas de la escena del crimen dejando allí al fiambre a su libre
albedrío, porque estas cosas las carga el diablo y por mi
experiencia sé que al final siempre hay un pringao que carga con el
muerto, y mucho me temía que ese pringao fuera yo. La anciana seguía
gritando ya afónica perdida como posesa con la voz de la niña del
exorcista:
-jRamoncíiiiin!
¿Quieres venir? ¡Ha entrado un hombre en mi alcoba!- Y como el
interfecto no respondía, por motivos obvios, la anciana pasó a
mayores y empezó a llamarle usando un muy curioso diminutivo doble
sobre todo teniendo en cuenta el volumen y peso de dicho personaje.
-
¡Ramoncinitoooo! ¡Ramoncinitoooooo!
Salí
de aquella casa de locos, volé escaleras abajo, y como alma que
lleva el diablo enfilé hacia el metro, pero casualmente, en mi
descontrolada huida, pasé por delante del portal en cuyos sótanos
estaba el trastero donde tenía el profesor su laboratorio
clandestino, así que entré con la esperanza de encontrarle. La
puerta estaba abierta y todo el laboratorio destrozado como si
hubiera pasado por alli una manada de rinocerontes en celo buscando
guerra.
Recogí
algunas cosas que me parecían de más interés y cuando salía fui
atacado por una furibunda turbamulta de vecinos enloquecidos que al
grito de "¡pederasta, hijo de puta!", "¡éste
también está en el ajo!" y cosas similares. Parece ser que se
habían llevado detenido al profesor Lindsacar acusado de cosas de
pornografía infantil por Internet. Me acorralaron en un callejón y
me dieron tal somanta de palos que perdí la capacidad de mantenerme
en pie y de saber qué parte del mundo va arriba y qué parte va
abajo.
Fue
algo increíble, era la segunda vez que cobraba ese día por lo
mismo. Es que estaba el personal muy sensibilizado con el tema pues
no había día que no detuvieran a alguien por publicación de
pornografía infantil en internet, noticias que, curiosamente,
aprovechaban las televisiones para sacar imágenes, no lo
suficientemente borrosas, de jovencitas desnudas, supongo que para
captar audiencia. Si es que el que no corre vuela.
Sea
como fuere cobré lo que no está en los escritos. Ya me daba por
desahuciado de este mundo cuando afortunadamente los honrados
ciudadanos que, en la sincera creencia de estar haciendo justicia con
mi persona me estaban dando hostias de todos los colores, se cansaron
de zurrarme y decidieron irse a arreglar el mundo a otra parte,
dejándome tirado entre una montaña de envases, tetrabicks y
botellas de plástico que habian sido esparcidos por el suelo al
volcarse, debido al celo y vehemencia con el que hicieron su trabajo,
un contenedor amarillo de reciclaje. Quedé tan jodiamente jodido que
no podía
ni moverme, y por cierto, estando allí en el suelo tirado esperando
a que me volvieran los pulsos a sus lugares naturales, me entretuve
en observar como un grupo de pajarillos se ponían en la calzada y
esperaban a que viniera algún coche a ver quien aguantaba más
tiempo antes de echar a volar. No lo hacían porque estuvieran
comiendo miguitas ni bebiendo de los charquitos, no, lo hacían
simple y llanamente por el puro placer del riesgo.¡Psicopatologías
de la vida en la ciudad!. Este comportamiento es bastante común
entre los gorriones de Madrid, que parece que están un poco tocados
de la olla con tanto coche y tanto ruido, haciendo esas cosas no me
extrañaría que terminaran extinguiéndose. Pero lo que es más
jodío es lo que, según me contó mi amigo Emaús, han aprendido a
hacer unas cotorras asilvestradas de Argentina que empiezan a abundar
en Madrid, las cuales cuando se aburren se colocan en un semáforo
que hay en Bravo Murillo, junto al Museo Tiflológico de la ONCE, un
museo para ciegos a donde suele ir mi amigo cuando exponen esculturas
eróticas porque es un tío culto y con el carnet de ciego le dejan
tocar el género, y las muy hijas de puta, cuando está verde para
los vehículos y por lo tanto abierta la veda de atropellar peatones,
imitan a la perfección el trino cibernético que indica que éstos
pueden cruzar, con lo que los pobres invidentes que salen del museo,
convencidos de que es su turno se echan al ruedo para cruzar
tranquilamente la calle produciéndose constantes frenazos,
estrepitosos insultos y bocinazos, y algún que otro atropello, y
encima las muy cabronas cuando ven el lío que han montado se echan a
volar revoloteando y riendo como locas con esa risa escandalosa y
chirriante que gastan, mientras los ciegos intentan acabar con ellas
dando bastonazos al aire, y no son pocas las cotorras que han salido
malogradas del lance. Luego se quejarán de que las quieran
exterminar.
Bueno,
como te iba diciendo, pasó un buen rato hasta que pude ponerme medio
en pie y marcharme de allí buscando un lugar en que lamerme las
heridas, y como un toro con querencia por la puerta de chiqueros
cuando se siente a punto de doblar, aprovechando que estaba cerca del
Puente de Vallecas me personé en el bar donde curraba mi amigo el
Arsénico. Era un local conocido por el hermoso y muy acertado nombre
de "el Guarro de Vallecas", y en el que te ponían unas
fuentes de oreja frita que quitaban el sentido tanto por la calidad
del producto, si no es uno excesivamente exigente al respecto, como
por la abundancia del mismo. ¿Que dolor hay por grande que sea que
no se olvide con una buena montaña de oreja recién frita con su ajo
y su perejil, chorreando aceitillo y una enorme jarra de cerveza? Me
puse ciego perdido de comer y beber. Si las penas con pan son menos
con una de aquellas raciones y birra fresquita ni te cuento, casi
diría que se convierten en alegrías. Cuando hube llenado la panza y
me encontré repuesto de mis dolencias físicas me tocó convencerle
al Arsénico de que a los amiguetes no se les cobra, y no era un tío
fácil de convencer. Se puso cabezota erre que erre con que tenía
que pagar. Ya ves, manías que tienen algunos. Al final, como era la
hora de cerrar y el dueño del bar ya no estaba, llegamos a un
acuerdo satisfactorio para ambos consistente en que le dejaba mi
reloj como garantía de que le invitaría otro día a un doble
chesseburguer en el Macdonals de al lado. Lo que no sabía el pobre,
porque no tenía muchas luces, era que el reloj era de esos digitales
que te salen de regalo en el detergente y no valía dos duros mal
contaos.
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